Todos somos Pachecos

Benito Taibo

El orgullo siempre sonríe. Benito Taibo, que el lunes dirigió el encuentro de nuestro Rafael Cadenas con los jóvenes, ayer fue espectador del encuentro similar protagonizado por José Emilio Pacheco. Éste ya era una de las figuras centrales de la Feria de Guadalajara antes de que se anunciara la buena nueva de que es el ganador del Cervantes de este año. Ahora, bueno, ahora todos somos Pachecos, como dice en la franela de Taibo.

02/12/2009

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Pacheco y los piratas

Xavier Velasco y José Emilio Pacheco

Así como anteayer el poeta Rafael Cadenas habló con los jóvenes en la Feria de Guadalajara, ayer —con moderación de Xavier Velasco— le tocó el turno a José Emilio Pacheco, quien luce comodísimo en eso de ser Premio Cervantes. El tema central del encuentro fue su novela Las batallas en el desierto, pero el escritor también se permitió hablar un poco sobre digitalización y piratería. Así lo menciona la nota de la FIL:

Cuando se le preguntó si estaría de acuerdo en que sus libros se digitalizaran, habló de que su actitud es ambigua y hasta contradictoria. Para ejemplificar, habló de que “noventa por ciento de los ejemplares [que circulan de Las batallas en el desierto] son piratas”, lo que produce pérdidas a toda la cadena de la industria editorial. Pero, agregó, “también estoy agradecido con los señores piratas”.

El ciclo “Mil jóvenes con…”, que abarcó sólo los encuentros con Cadenas y Pacheco, es parte del contingente de actividades que la Feria de Guadalajara ha preparado este año para uno de sus públicos más importantes, los jóvenes, y que incluye desde el dilatado ciclo “Ecos de la FIL” hasta la publicación del ringtone oficial de la feria (zip, 622 Kb).

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Sergio Olguín contra el desierto

Sergio Olguín recibe el premio Tusquets Editores de Novela de manos de Beatriz de Moura

Ayer fue entregado en la Feria de Guadalajara el Tusquets Editores de Novela, un premio difícil que había sido declarado desierto en dos de sus cuatro anteriores ediciones, la última de ellas el año pasado, y que en esta ocasión recayó sobre el argentino Sergio Olguín. El Tusquets repitió jurado, con el vehemente Juan Marsé a la cabeza, acompañado por Almudena Grandes, Jorge Edwards, Élmer Mendoza y, en representación de la editorial, Beatriz de Moura, quien aparece en la foto entregando a Olguín la estatuilla diseñada por Joaquín Camps. Por la sonrisa de Olguín, es de suponer que el cheque de 30.000 euros fuertes ya estaba en su bolsillo.

Olguín, un bonaerense de 42 años, se une en la accidentada plantilla de ganadores del Tusquets al colombiano Evelio Rosero (Los ejércitos, 2006) y al mexicano Élmer Mendoza (Balas de plata, 2007). Fundó y dirigió por nueve años, hasta 1999, la revista V de Vian, y fue fundador de la revista de crítica cinematográfica El Amante. La nota de la FIL resume parte de la rueda de prensa en la que se entregó ayer el premio:

Olguín, quien se hizo acreedor a treinta mil euros y una estatuilla de bronce diseñada por Joaquín Camps, explicó que Oscura monótona sangre es, precisamente, “una novela oscura, una novela negra” que, agregó en tono de broma, “busca ser un plagio absoluto a Simenon”. Sobre la relación de sus trabajos periodístico y literario, indicó: “Soy una persona que no se conforma con un solo oficio”. En el libro, de acuerdo con el acta del jurado, se narra la historia de “un hombre ejemplar hecho a sí mismo, dispuesto, no obstante, a traspasar todos los límites por una relación inconfesable”.

Oscura monótona sangre es el título de la novela ganadora, que obtuvo el favor del jurado —por mayoría, como se indica en el veredicto— gracias a “la sabia estructura y la magnífica resolución de una trama de obsesión y doble moral, de pasión y conflicto social”:

Camino de su empresa en las afueras de Buenos Aires, a Julio Andrada le gustar tomar todas las mañanas, si va solo, la avenida Amancio Alcorta, porque se adentra por barrios humildes que le recuerdan su procedencia, y, sobre todo, le devuelven la medida exacta de su éxito y su ascenso social. Un día, en una comida azarosa, Julio no puede evitar oír la conversación y las bromas de unos camioneros sobre el mercado sexual en uno de los barrios próximos a su trayecto habitual. Como dirá él mismo, ese día será el principio del fin. Guiado casi por una pulsión incógnita, Andrada se sorprenderá a sí mismo acudiendo al atardecer en coche, y contratando los servicios de Daiana, una adolescente que le provocará un borbotón incontenible de deseo. El vecino y empresario modélico, presidente de su comunidad, preocupado por la buena imagen de su familia, organiza con aplomo y fría inteligencia su doble vida. Pero poco a poco la situación precisa de decisiones rápidas, y de comportamientos cada vez más resolutivos y comprometidos.

La novela finalista de esta edición ha sido Cuadrante Las Planas, del bilbaíno de 44 años Willy Uribe —quien recibe 10.000 euros—, la historia de un hijo de emigrantes vascos que vive en “un lugar perdido en los desiertos de Suramérica” y que de pronto se ve forzado a regresar a la tierra de sus mayores.

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9 dólares costó escribir Fahrenheit 451

Ray Bradbury

Otro encuentro interesante ayer en Guadalajara fue la videoconferencia que desde Los Angeles protagonizó Ray Bradbury a partir de las 5 de la tarde, con la moderación de su biógrafo, Sam Weller. El escritor habló allí de ciencia, ficción y ciencia ficción, y hasta se permitió una pequeña nota de optimismo y buen humor:

Bradbury recordó que tiene 89 años “y treinta libros más por escribir”. Luego presumió su medalla de Caballero de las Artes y las Letras de Francia y, con humor y alzando la presea, dijo: “Te ordeno que me ames y me permitas vivir por siempre”.

Pero lo mejor fue su historia de cómo escribió Fahrenheit 451 en una versión primitiva de los actuales cibercafés. Así lo cuenta La Jornada:

—Para quienes no la conocen, ¿podría hablar un poco de la historia de cuando escribió Fahrenheit 451?

—Había estado casado durante un año, tenía poco dinero, vivíamos en un lugar muy pequeño. Deambulé por la biblioteca de la UCLA, bajé al sótano y busqué. Había 12 máquinas de escribir por 10 centavos podías rentar estas máquinas.

“Me fui a mi casa, tomé una bolsa de monedas, me la llevé a la biblioteca y ponía moneda tras moneda. En nueve días gasté nueve dólares, nueve días escribiendo la primera versión de Fahrenheit. Qué tal, ¿eh?, nueve días para la primera versión”.

—Pero, ¿por qué la escribió, qué lo motivó?

—Quise escribir algo para advertir a las personas sobre proteger las bibliotecas, los libros. Yo no estudié en la universidad porque era muy cara, así que toda mi formación la hice en las bibliotecas públicas.

01/12/2009

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Para qué sirve Rafael Cadenas

Rafael Cadenas se encuentra con los jóvenes en la Feria de Guadalajara

No es fácil imaginar el desconcierto permanente en que debe estar Rafael Cadenas por estos días. Está en el mayor evento cultural del mundo de habla hispana desempeñando el papel del escritor famoso sobre el que llueven homenajes y atenciones, algo a lo que siempre ha rehuido. Ayer, después de atender siete entrevistas, participó en el esperado encuentro con los jóvenes que asisten a la Feria de Guadalajara en el ciclo “Mil jóvenes con…”, que esta tarde por cierto será con el flamante ganador del Cervantes, José Emilio Pacheco.

El encuentro entre Cadenas y los jóvenes fue moderado por Benito Taibo. La nota de la FIL es tan parca como el homenajeado:

El venezolano detalló que la poesía no da respuestas; la filosofía, sí. Esta última disciplina es una de sus grandes tentaciones, pero nunca se ha dado a la tarea de estudiarla formalmente. Pocas fueron las afirmaciones que hizo Cadenas ante los muchachos, una de ellas fue la siguiente: “Leeré seis poemas muy breves para que ustedes se den cuenta de lo fácil que es escribir poesía”.

La cosa tuvo incluso su lado gracioso:

“¿Para qué escribe?”, esta vez el que preguntó fue Benito Taibo. “¿Qué?”, respondió Cadenas. “¿Que para qué escribe?”. “Ah, pensé que me preguntaste que para qué sirvo”, y con eso dio por concluida esa pregunta.

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Escritores que funcionan como escritores

César AiraCésar Aira publica una novela breve cada seis meses, lo que lo califica como un escritor “prolífico”, término que detesta. En esta entrevista se burla del tópico del escritor pausado, el que se mantiene presente en la prensa como una forma de conservar el estatus de escritor:

Hay muchas personas que, cuando dicen en su juventud “yo quiero ser escritor”, en realidad lo que quieren es funcionar socialmente como escritores, eso es lo que les gusta. Tener el carné como para poder opinar, ir a congresos, tener una figura social profesional. Y encuentran que el problema que plantea eso es que tienen que escribir, cosa que no les gusta. Entonces escriben un libro cada diez años, con un gran esfuerzo, o recopilan artículos de manera que mantienen en vigencia su carné de escritor. Por eso muchas veces he dicho, cuando me preguntan por esto, que no me gustan los escritores que no escriben. Porque veo que hay escritores que funcionan como escritores y que en realidad no son escritores de vocación. Y en mi caso, que he publicado tantos libros, pequeñitos pero tantos, hay como un rechazo contra mí por ser muy prolífico. Un amigo me decía, cuando le dije que venía a México a participar en cosas públicas: “Llevá un revólver, y cuando empieces a hablar, ponelo sobre la mesa y decí: la primera vez que se pronuncie la palabra ‘prolífico’, me pego un tiro. Así los vas a tener controlados”. Porque prolífico ahora se ha vuelto un término despectivo. Si es prolífico, no puede ser bueno. Pero eso viene justamente de todos esos escritores que no escriben y que se defienden así.

Mucha sustancia en una sola entrevista, en la que destacan los comentarios del autor sobre sus manías para escribir:

Cuando mis hijos eran chicos, vivíamos en un departamento muy pequeño, me acostumbré a ir a un café y sentarme y escribir ahí. Buenos Aires es una ciudad, bendita sea, que tiene muchos cafés muy acogedores donde uno puede quedarse tranquilamente. En mi caso, nunca mucho. Media hora, una hora, en que me siento a mitad de la mañana. Mis hijos crecieron, se fueron a vivir solos, pero la costumbre mía quedó. Así que todas las mañanas, a media mañana, me voy a un café y hago mi sesión del día: escribir una paginita, porque voy escribiendo muy despacito. A veces he pensado si lo mío no se parece más al dibujo que a la escritura, en el sentido de que soy muy fetichista de lapiceras, tintas, papeles buenos, cuadernos muy exquisitos, y escribo tan despacito y pensándolo tanto. Todo lo mío tiene un componente visual muy grande. Siempre estoy pensando que se vea bien lo que estoy escribiendo, que al final de cuentas me parece que estoy haciendo un dibujo cada día.

28/11/2009

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Gamoneda y ese hecho existencial que es la poesía

Antonio Gamoneda

Ana María Hernández entrevistó a Antonio Gamoneda durante su reciente visita a Venezuela. Una entrevista breve pero gustosa, a corazón abierto, con algunas señas interesantes sobre la relación del poeta con su poesía y con el mundo exterior, específicamente con el mundillo literario, al que se siente ajeno pues se considera nada más “un poeta provinciano”. Habla de cómo su obra se transformó al llegar la democracia a España, tras un período de baja producción personal que incubaba, sin él saberlo, el germen de esa transformación.

—¿Qué es ese pensamiento poético?

—Lo entiendo como el lenguaje interior que, en mi caso, registró una rítmica distinta, una manera de dirigirme hacia una semántica desconocida, una significación que antes era más deliberada aunque no puro automatismo. Y eso, más toda la vida de esos 15 años, dieron como resultado un giro en el lenguaje poético fuerte.

—¿Hubo síntomas?

—Ocurre que la poesía no me interesa como palabra ornamentada. Me interesa más como un hecho existencial, con el mismo peso de realidad y vida que pueden tener otros aspectos. Los años habían pasado, la existencia me había cargado de sentidos y de contenidos nuevos y eso, más algo intuitivo, habían cambiado todo.

Tiene además la entrevista algunas chispas de franqueza. Gamoneda dice desconocer toda la poesía venezolana o latinoamericana (”Sí era buen amigo de Eugenio Montejo”, acota) y se queja del factor mercantil implícito en la cultura. Termina lamentando que ahora no puede dedicarle a la poesía, a ese hecho existencial, el tiempo que quisiera.

—¿Qué lee actualmente?

—Hace tres años que no leo un libro entero. O estoy viajando o a las 3 de la mañana estoy preparando una conferencia. Es exagerado, pero es así. Tengo una carpeta con papeles garabateados que no sé si son algo o nada. He terminado de escribir hace medio año un libro de memorias de infancia. Proyectos tengo, pero no son más que eso.

Los más acuciosos recordarán en estas palabras aquel breve ejercicio de imaginación escrito por Bioy Casares: “El caso de los viejitos voladores”. Un tipo investiga la aparición recurrente de ciertos ancianos en los vuelos internacionales, y descubre que se trata de “las glorias de nuestra literatura”, famosísimos escritores que viajan de un lado a otro para recibir premios, malqueridos por los jóvenes precisamente porque acaparan todos los premios y porque les impiden una mayor presencia en los medios. Una breve entrevista a uno de estos ancianos revela que ellos tampoco están a gusto con eso de ser “glorias de nuestra literatura”.

—La situación debe de ser muy dolorosa para los jóvenes.

—Dolorosa, ¿por qué? Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando vanidosamente. Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos. Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la oportunidad, llevarían en nuestra ausencia sus colaboraciones a los periódicos y por malas que sean tendrían siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran. Eso no es todo. Con estos premios el trabajo se nos atrasa y no llevamos en fecha el libro al editor. Otro claro que el joven despabilado puede aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía guardo en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor no hablar, para que la impaciencia no los carcoma.

—A mí puede decirme cualquier cosa.

—Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco o seis premios. Si continúan con este ritmo ¿usted cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo que no. ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado? Creo que no me quedan fuerzas para aguantar otro premio.

21/11/2009

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