JorgeLetralia es ahora JorgeLetralia.com

Hace 6 años y dos días empezó a caminar este blog. En estos seis años hemos visto caer decenas de servicios similares y levantarse decenas de otros; hemos asistido al nacimiento y auge de las redes sociales y de la comunicación infinitesimal.

TeclasEn su momento escogí Blogsome para publicar mi blog porque ofrecía las mejores prestaciones para el medio, y en virtud de su maleabilidad lo seguiría recomendando si no fuera porque el servicio cerró las puertas a nuevas cuentas. Pero en estas cosas lo mejor es contar con un dominio propio, armado con WordPress y con la posibilidad de agregar todas las herramientas que uno desee, y tenía pendiente esta asignatura principalmente por falta de tiempo.

El paso de JorgeLetralia a JorgeLetralia.com no ha sido sencillo; por eso no pude anunciarlo el día exacto del sexto aniversario del blog. No quería empezar desde cero, sino seguir publicando en el nuevo dominio como si los seis años hubieran transcurrido allí. Esto implicaba ciertas tareas de base de datos para las que no estoy preparado, por lo que me ha sido de gran ayuda la mano de mi amigo Gilberto Mehtar, quien a propósito publicó en inglés un post didáctico sobre el tema a raíz de esta experiencia.

Esta nota, la número 1.153, es la última que aparecerá en la versión en Blogsome, pues el nuevo-viejo blog ya está disponible para todos ustedes en JorgeLetralia.com. Bienvenidos, nuevamente.

29/12/2010

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Manuel Caballero nos ha dejado

Manuel CaballeroHoy ha muerto el escritor e historiador venezolano Manuel Caballero, una de las más profundas voces críticas de la Venezuela contemporánea. Su imprevista partida —acababa de pasar por una operación que se complicó y le produjo una infección—, de la que me enteré antes por Milagros Socorro y después por El Nacional, nos deja con un invaluable legado de más de cincuenta títulos e innumerables artículos en los que analizó hasta el hartazgo el tema que lo obsesionaba: la historia de Venezuela, las bases de lo que somos hoy, la explicación de nuestras encrucijadas.

Un viejo samurái, capaz de luchar hasta el final y para quien el único honor es morir en la contienda, Caballero trasciende de su partida física en su último artículo, publicado hoy en El Universal, y en el que vuelve como siempre sobre el tema. “La Independencia como mitología” rastrea los orígenes del endiosamiento de los próceres:

La mitología de la guerra de independencia en la Venezuela republicana posterior a 1830 y hasta nuestros días tiene caracteres menos políticos que fundacionales: los guerreros de la independencia, Bolívar en primer lugar, no crearon una nación ni un Estado, sino una cultura; no son guerreros victoriosos, sino nuestros primeros padres; no son hombres prestigiosos por sus hechos de armas y sus ideas, y ni siquiera son mitos, sino semidioses (y en el caso de Bolívar, un solo Dios).

El 28 de julio de 2005, en ocasión de su incorporación a la Academia Nacional de la Historia, Caballero pronunció el discurso “Contra la abolición de la historia” [PDF, 165 Kb] —que es también el título de uno de sus libros—, en el que denuncia la mala maña de interpretar de forma acomodaticia, aislándolas de su contexto original, las palabras de los personajes históricos; describe los mecanismos por los cuales se falsea la historia y advierte que el objetivo de tales artificios es, ni más ni menos, abolir la historia para sustituirla por la leyenda y el mito, y, de paso, suprimir la participación del colectivo en la relación de los hechos que han construido nuestro presente. Y cierra don Manuel con la atinadísima identificación de la responsabilidad de los historiadores:

…nuestra responsabilidad primera, que es la de ayudar a los pueblos a confiar en su propia fuerza antes que en la de un padre protector vestido si posible de uniforme; a recuperar la memoria, esto es, la historia. En una palabra, a llegar a la madurez.

Para Manuel Caballero no habrá despedidas oficiales —tampoco le hubiera gustado mucho la idea. De hecho, es de prever que los medios oficiales —los que hablen de su partida— lo llenen de exabruptos por su posición crítica ante el poder. Y parece cosa de paradoja, pero estoy seguro de que esto le habría satisfecho.

12/12/2010

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Vargas Llosa y el asco de Estocolmo

Mario Vargas Llosa en la biblioteca de Rinkeby

Mario Vargas Llosa fue el jueves a la biblioteca de Rinkeby, donde los chicos de la localidad le hicieron un homenaje con poemas y canciones y hasta le dedicaron un cuento, como dice este cable de EFE:

Primero, los estudiantes le dieron la bienvenida en diversos idiomas, entre ellos el español, el turco, el griego, el polaco y el somalí, y tras el desfile de un coro de niñas que, con velas encendidas, entonaban canciones navideñas en honor de Santa Lucía, un grupo de alumnos leyó un cuento en el que uno de los protagonistas se llamaba Mario.

Rinkeby es un barrio pobre de Estocolmo, una suerte de gueto al que van a parar los inmigrantes, que lo conforman en algo así como 90%. Es el barrio de los expatriados, los que salen de sus países huyendo de las guerras o de la extrema pobreza y por azares del destino llegaron un día a la fría y organizada Suecia. Incluso los cuatro suecos que viven allí son los de peor fortuna, expatriados dentro de su patria.

Ese proceso de poblamiento ha convertido a Rinkeby en un crisol de culturas e idiomas. Diecinueve lenguas conviven en esta Babel del frío. Y no es un invento de la modernidad: ya en el siglo XIV hay registros documentales de la existencia de Rinkeby (Estocolmo fue fundada a mediados del siglo XIII), aunque el desarrollo actual con edificios cuadrados, desprovistos de toda floritura arquitectónica —pero provistos, por otro lado, de centenares de antenas parabólicas con las que sus habitantes ven la televisión de los países que dejaron atrás—, fue inaugurado en 1971.

Rinkeby es el asco de Estocolmo, la ruina suburbana a la que todo sueco de bien evita entrar. Me contaba Marisol Aliaga en 2006 que los suecos, por algo parecido a la elegancia, evitan manifestar abiertamente su desprecio por los extranjeros —los extranjeros pobres, quiero decir—, a quienes llaman “cabecitas negras”. Pero Rinkeby les da tanto asco que, si te sientas en uno de esos lindos restaurantes a orillas del mar Báltico y pronuncias la palabra Rinkeby, te mirarán de arriba abajo y se alejarán como si fueras un apestado.

Así que no es difícil inferir el tamaño del esfuerzo que implica meter al ganador de un premio Nobel en la biblioteca de un sector al que ni los taxistas quieren ir —te cobran 400 coronas a ver si desistes de semejante destino. Allá fue Vargas Llosa a hablar, claro, de libros, y definió la lectura como la más entretenida ocupación, algo con lo que los chicos no estuvieron muy de acuerdo:

George, por ejemplo, ve bastante más entretenido el fútbol. Y para demostrarlo enseña una carpeta tapizada con el rostro y el nombre de Messi, que todavía no es premio Nobel. A su alrededor, hay “quórum” y, como siempre que hay “quórum” entre adolescentes independientemente de su nacionalidad, gritan. Gritan a poco que el periodista se moleste en preguntar. ¿Entre el fútbol y la literatura, con qué os quedáis? Todos como un solo hombre: “el fútbol”.

Y es que en el barrio de los pobres todos los chicos juegan fútbol. Es el idioma común, el punto de consenso que ni la ONU podría encontrar. De Rinkeby han salido destacados futbolistas como Moses Nsubuga o Martin Mutumba, descendientes de africanos como bien lo indican sus nombres. Cuando estuve allí, varios niños que pasaban su tarde jugando fútbol me rodearon pidiéndome en inglés, sueco y en otros idiomas que les tomara una foto en plan de equipo profesional. Cada uno se identificó alegremente con algún futbolista internacional.

Ahora veo la foto de arriba, en que Vargas Llosa se deja llevar del brazo por un chamo de Rinkeby, y no puedo dejar de pensar que, cuatro años más tarde, alguno de estos chicos de la foto de abajo pudo haber presenciado la visita del Nobel.

Niños en Rinkeby

De hecho, dos de la foto de abajo se parecen mucho a los dos que resaltan a la izquierda, en la foto de arriba. Si quieren pueden abrir la foto a mayor resolución y hacer el ejercicio de intentar reconocerlos.

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Holocausto boom

Carmen Balcells y Mario Vargas Llosa

No cabe duda de que la historia es una creación humana, como la ficción. Tome usted cualquier personaje o hecho histórico, investigue un poco y encontrará, a partes iguales, gente que lo glorifica y gente que lo rechaza. Ya que la realidad que conocemos depende principalmente de la percepción humana, es fácil recabar pruebas de la existencia o la inexistencia de lo que uno quiera.

Negacionismo es el nombre que hemos dado a la tendencia a negar hechos históricos comúnmente aceptados. El caso más notorio, quizás, es el del exterminio judío por parte de los nazis: incluso con el peligro legal que conlleva su negación, hay quien dice que no hubo cámaras de gas, campos de concentración ni holocausto, o que si los hubo, Hitler nunca se enteró.

Y, claro, si se puede negar un genocidio, con mucha facilidad puede negarse una construcción cultural como el boom. Un fenómeno particular, si se piensa que no existe otra eclosión de autores de una región que haya superado la simple incidencia en el mercado para arribar a la categoría de hecho cultural, dejando profundos efectos en la literatura universal. No hay un boom africano o asiático; el auge de la literatura nórdica es reciente y probablemente pasajero; incluso las reacciones contrarias al boom suelen ser identificadas con nombres extraídos de algo que con toda propiedad puede llamarse cultura boom.

Creo que la mayor fortuna del boom fue la juventud de muchos de sus exponentes, que les permitió precisamente eso de ir más allá del mero éxito de ventas. Conforme fueron madurando, su participación en la definición de la cultura contemporánea fue haciéndose más crucial, sus voces llegaron más lejos y se convirtieron en influencias. No es cualquier cosa que medio siglo más tarde todavía uno de ellos reciba un Premio Nobel de Literatura.

En todo caso, la diferencia entre el holocausto y el boom estriba en que el primero fue un crimen, por lo que el interés de negarlo está ligado a otros intereses más concretos —políticos, económicos, generalmente presentados con una pantalla ideológica. Del segundo, en cambio, hay todo un contingente de evidencias tangibles que aúlla tratando de llamar la atención. Y no me refiero a los libros publicados ni a los premios ganados, sino al vasto archivo que guarda bajo sus faldas la superagente Carmen Balcells, un personaje fundamental en la configuración del boom, la mamá grande que también tuvo la fortuna de su juventud en aquel entonces, y ahora puede asistir a la entrega del Premio Nobel a Mario Vargas Llosa, uno de sus descubrimientos de hace medio siglo.

Pero Balcells morirá algún día, aunque su longevidad se empeñe en negarlo. Tiene ochenta años y empieza a hacer maletas. Una de sus principales preocupaciones es el destino que tendrá toda la evidencia documental del boom: manuscritos originales, diarios, textos inéditos, incluso el registro de las negociaciones que la convirtieron a ella en la agente referencial de la literatura de habla hispana, y a sus clientes en referencias reverenciales de la literatura universal. Lo comentan hoy en El País:

Cuando el Estado llegue a un acuerdo con Balcells —acuerdo que parece próximo— se abrirán algunos interrogantes. Primero, el precio. “Será muy rentable para todos”, aseguran en [el Ministerio de] Cultura. Después el lugar. ¿Dónde quedará depositado? En principio, el espacio más evidente es la Biblioteca Nacional. Pero también podría representar un germen perfecto para el futuro proyecto del Archivo del Autor, un gran complejo donde queden varios legados de escritores, pensadores e intelectuales españoles e iberoamericanos. La crisis no ha dejado pasar dicha idea de un mero esbozo, pero es un plan que estaba en la mente del actual Gobierno y de estudiosos como Anna Caballé, autora de un buen puñado de biografías sobre personajes clave de las letras españolas, como Francisco Umbral o Carmen Laforet.

No estaría mal comenzar ese archivo con los papeles de Balcells. Esta negociadora pionera, astuta, férrea y legendaria cambió el panorama de la literatura contemporánea para siempre y fue clave para entender fenómenos como el boom latinoamericano. Todos coinciden en que Balcells fue la primera en luchar frente a las editoriales por la dignidad reconocida del trabajo de los autores. Los secretos de esos métodos y muchas de las claves de las carreras que ella ha manejado han quedado registrados en esos documentos.

Esta podría ser la negociación más importante de la carrera de Balcells: introducir su legado en la historia, antes de que llegue la muerte y lo convierta en pasto de especulaciones o, peor, de disputas legales.

07/12/2010

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El Extraño

El ExtrañoEl Extraño era un tipo callado, demasiado callado para mi gusto. Nunca nos dábamos cuenta de que había entrado al salón aunque lo tuviéramos al lado. Yo estaba convencido de que su sigilo no era por timidez, sino por arrogancia. En las contadas ocasiones en que le dirigimos la palabra nos respondió mirándonos directamente a los ojos, y pese a que han pasado más de dos décadas puedo recordar con claridad que no pestañeaba. Es decir: no era tímido, no. Era un arrogante, sólo eso.

Es obvio que le decíamos El Extraño por sus silenciosas maneras. Pero había algo más, como siempre. El Extraño tenía un corte de cabello perfecto, uniforme. Sus camisas parecían finas láminas acrílicas que le daban forma a su cuerpo. Sus zapatos siempre parecían nuevos. Escribía unas letras perfectas con un lapicero importado y perfecto. Sus anteojos nunca padecieron una de esas molestas manchas de sudor y grasa que dificultan la visión en los días calurosos. Además, no le bastaba con saberse la vida de Jorge Manrique, sino que recitaba las coplas a la muerte de su padre con la fluidez y la confianza de quien canta el Ávila de Ilan Chester.

Era esa época dorada en que uno podía perder el tiempo sin sentirse culpable. Salíamos de la Católica y nos íbamos a comer banana splits en el Crema Paraíso mientras filosofábamos alegremente sobre el amor, la amistad y otras vainas que ocupan la mente cuando no se ha alcanzado aún esa fatídica edad de los veinte años. Para ver una película igual nos valía meternos en el Multicine de Chacaíto que en alguna sospechosa quinta del Este en la que una no menos sospechosa organización benéfica mantenía un cineclub de esos de televisor y betamax. Uno podía estar a las 4 de la tarde copiando páginas enteras en la biblioteca y a las 5 —después de atravesar media Caracas— hacer la cola en la taquilla del Aula Magna para vacilarse a Soledad Bravo. Y, por supuesto, El Extraño nunca estuvo allí.

La verdad es que me inquietaba un poco. ¿Por qué El Extraño era tan extraño? ¿Qué odiosa vida podía llevar para ser tan arrogante? Nada sabíamos de su vida privada, y los pocos temerarios que llegaron a preguntarle algo se encontraron con evasivas más o menos tajantes, del tipo “No suelo hablar de esas cosas”. En realidad no solía hablar de casi nada, y uno podía notar su desgano cuando algún profesor le hacía una pregunta que se suponía debía responder en voz alta. Incluso cuando era obvio que conocía tan bien la respuesta que hubiera podido dar él la clase.

Una noche nos topamos en el Metro. Fue un momento incómodo, si se piensa que en aquellos años uno podía entrar al Metro en La Hoyada a las 7 de la noche y hasta había puestos desocupados. Yo iba para Chacaíto a encontrarme con una novia que tenía, a la que juré amor eterno y de la que ahora no recuerdo ni el nombre. Estaba sentado frente a mí, haciendo como que miraba para otro lado. Pero por supuesto El Extraño también tenía un impecable (y quizás hasta afectado) sentido de la cortesía, así que pronto dejó de fingir, me miró y me saludó con un ambiguo movimiento de cabeza.

Nos quedamos un rato así sentados, sin decirnos nada. En el largo minuto y medio en que el Metro recorre el trayecto entre Colegio de Ingenieros y Plaza Venezuela noté que, a través de los cristales perfectamente limpios de sus anteojos perfectos, me miraba sin pudor. No hay nada más incómodo que la mirada de un tipo que no te cae bien. Para matar el tiempo le pregunté de dónde venía y, desde luego, me respondió que acababa de salir de la biblioteca. Otros diez segundos en silencio. Le dije que iba a Chacaíto, más para comprobar que no nos bajábamos en la misma estación que porque sintiera que el dato pudiera interesarle. Sólo dijo “Ah” e hizo un gesto afirmativo casi imperceptible (aunque bien pudo ser efecto del movimiento del vagón).

Entonces me sorprendió preguntándome si era verdad que yo escribía. No podía ser menos parco que él y le respondí un “Sí” rápido y certero que cayó al piso del vagón como un yunque. Volvimos a quedarnos callados otro rato hasta que el Metro cerró sus puertas en Sabana Grande. Tenía la intención de bajarme dramáticamente en Chacaíto sin despedirme, pero más pudo la curiosidad y le pregunté si él también escribía. Creo que nunca me había dirigido una frase tan larga. “Sí, un poco”, me dijo, “aunque debo confesar que sufro de ese conocido terror a la página en blanco”.

Salí del Metro sorprendido, preguntándome varias veces: ¿una frase hecha, eso era todo lo que tenías? El Extraño podía haber admitido que a su mente enciclopédica le costaba contraer el delirio de la creación, lo cual habría resultado hasta elegante; pero no, prefirió acogerse a una plantilla, una falacia consagrada precisamente por quienes desconocen el misterio del acto creador.

Lo imaginé arañando letras una y otra vez, en la búsqueda vana del verso perfecto, del cuento redondo; lo imaginé leyendo sus garabatos, que se resistían tozudamente a adoptar las formas de la genialidad que su erudición de mnemotecnia admiraba tanto; lo imaginé desechando páginas que sabía imperfectas, páginas que no le satisfacían porque desentonaban con su perfección de escultura de hielo. Lo imaginé, finalmente, dando vueltas por la habitación, buscando una respuesta prefabricada para quien en el futuro le preguntara si escribía; arrogante como era, debió convencerse de que en el vago concepto del “terror a la página en blanco” tenía su respuesta perfecta.

Esa noche aprendí que la arrogancia suele estar casada con la ridiculez y que no es más que una impostura, un escondrijo donde sepultar los vacíos antes de que se hagan evidentes a los otros. Pero fue un aprendizaje rápido, pues a unos pasos me esperaba mi amor eterno —ese cuyo nombre ya olvidé— con sus besos francos y su nada arrogante sonrisa capaz de espantar todos los terrores del mundo.

14/11/2010

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Nuestro hombre en Frankfurt

Héctor TorresHéctor Torres partió el lunes rumbo a Frankfurt para asistir, claro, a la Feria del Libro más importante del mundo. Desde allá empezó a twittear anoche todo cuanto pudo para mantenernos al tanto de la inauguración. Gracias a él nos enteramos de que fue la alocución de Griselda Gambaro —la autora argentina que saludó a los asistentes en nombre de su país, a la sazón el invitado de honor de la cita— la más ovacionada de la noche. Pero además, Héctor estará esta semana haciendo crónica sobre todo lo que se mueva a su alrededor:

Aunque los discursos eran más o menos predecibles, si algo generó una fuerte impresión es que ese oficio al que se dedica Günter Grass es una de las industrias más poderosas de un país con un nada desdeñable músculo industrial. Por Argentina, país invitado de honor, habló la escritora Grisela Gambaro, y la presidente Cristina Fernández. Los argentinos que nos acompañaban, mientras comentábamos sobre los estragos del jet lag, comentaban no sin sorna: “Con Cristina uno nunca se aburre”. Y, en efecto, que afirmara durante su discurso ante el grupo de diplomáticos y políticos alemanes presentes, que ella no es neutral, y que para neutrales estaban los suizos, para luego decir: “Vamos, señores, lo de los suizos es un chiste”, moviendo sus manos para subrayar la obviedad de un chiste que no les produjo risas, es una gráfica muestra de lo que ellos quisieron decir.

Los Despachos desde Frankfurt se están publicando diariamente, desde ayer, en el portal Prodavinci. Con la prosa y la visión clara de Héctor, será una ventana abierta para todos los que estamos de este lado.

06/10/2010

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La paradoja del acortador t.co de Twitter

Twitter está anunciando vía correo electrónico un par de toques que mejoran el servicio, específicamente en el área de la seguridad. El primero está vigente desde el 31 de agosto y es el empleo de la tecnología OAuth para la interacción entre tu cuenta y las aplicaciones twitteras que utilizas.

El segundo toque es el más importante a mi juicio. Al ser Twitter una plataforma cuya razón de ser es la economía de caracteres, su aparición ha dado lugar a una candente revitalización de los servicios de redireccionamiento, lo que comúnmente conocemos como acortadores de URLs. Supongo que saben de qué hablo: hay direcciones de sitios en Internet cuya longitud hace difícil, y en muchos casos imposible, incluirlas en un tweet. Entonces la pasas por uno de estos acortadores, y obtienes algo del tipo http://bit.ly/bYq1l0 (la dirección lleva simplemente a la portada de este blog). Buenos ejemplos de estos servicios son bit.ly o el venezolano li.co.ve, pero hay centenares de ellos desperdigados por toda la red.

Pues bien, Twitter está por activar para todo el mundo el acortador de URLs t.co, que no sólo acorta las direcciones, sino que además revisa las URLs acortadas en busca de malware (en cuyo caso te impide avanzar y te advierte del peligro), aplica mecanismos de personalización de las URLs mostradas, ofrece una alternativa para que el usuario vea a dónde se dirige antes de hacer clic en una de estas URLs y, por si fuera poco, registra cada clic que se haga sobre estos enlaces, lo que en el futuro conllevará a una mejor administración del servicio. En pocas palabras, será un potente acortador con gran valor agregado que hasta ahora sólo había sido aplicado —con resultados muy diversos— por algunas aplicaciones externas.

Por eso no deja de ser una graciosa paradoja que en la versión en español de la página del acortador, que aún está en fase de preparación —pues todas las aplicaciones que interactúen con Twitter deberán hacer algunos cambios—, haya un error de sintaxis precisamente en el lugar donde debería escribirse una contracción:

t.co, el acortador de URLs de Twitter

22/09/2010

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