El precedente Piglia

Jurisprudencia será, de ahora en más, un término nada prudente en la casa de Ricardo Piglia. Destaca Juan Carlos el efecto positivo que, al menos en Argentina, tendrá la condena a Piglia y a Planeta para los escritores que, en el futuro, se sientan o, mejor, se sepan estafados por el fallo de un concurso. Y adelanta JC una propuesta que se oye hace años por todos lados:

Que sean los lectores los que den los premios, que dejemos en nuestra lengua de necesitar el “imprimatur” de las voces autorizadas (académicos, editores, agentes, críticos) para que podamos ver publicados los libros que queremos leer.

07/03/2005

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El emperador está desnudo

¿Quién es Pollock y quién es Marla?

Cuentan las malas lenguas que, una noche, Jackson Pollock llegó ebrio a su casa y tropezó un frasco de pintura, derramándolo sobre el piso. En la mañana, todavía con el sopor de la resaca, juzgó interesantes las formas que hacían las manchas de pintura y dispuso un lienzo sobre el cual, literalmente, derramó todos los frascos con que contaba en ese momento.

Mi non sancta lengua añade que en ese momento Pollock decidió urdir la artimaña que le salvaría del olvido (apenas acababa de transcurrir algo más de una década desde que Borges publicara su Historia universal de la infamia y, dentro de ella, el relato “El impostor inverosímil Tom Castro”). Vistió de teorías su pintura, declaró, a quien quisiera oírlo, que sus obras eran el resultado de un profundo trance de libertad creativa y de alguna manera se consiguió a su “negro Bogle”: un crítico que respaldara sus trazos. No por nada diría en 1947, en plena eclosión de su fama, que pintar en el piso le hacía sentirse parte de su pintura: yo aventuro que era un sarcasmo con el que se burlaba de quienes halagaban —y compraban— sus obras.

Marla Olmstead no pudo haber llegado ebria a su casa cuando pintó su primer cuadro: tenía dos años de edad. Eso fue hace media vida, porque ahora tiene cuatro años. Según sus padres, pinta como Pollock, y la verdad es que si uno anda desprevenido no sabe cuál de las dos imágenes que acompañan esta nota corresponde a Marla y cuál al viejo Jackson. Lo desmesurado de todo esto es que los cuadros de la niña se están vendiendo —reporta Art News Blog— en 15.000 dólares, y no en 8.000 como indica esta nota de La Razón, quizás basada en datos desactualizados o distintos a los de ANB.

60 minutos quiso saber si la cosa era cierta e instaló una cámara en la casa de los Olmstead, pero la niña se sintió cohibida y en cinco horas sólo hizo lo que uno esperaría que haga una niña de cuatro años. El atribulado papá Olmstead ya publicó en el sitio web de Marla su intención de filmarla en privado para desmentir a 60 minutos.

Marla no sabe escribir, pero firma los cuadros con su nombre. Es sólo una de las cómicas aristas de un hecho que pone en evidencia, una vez más, cuán estúpido es el emperador para no darse cuenta de que lo han timado, y de que anda por las calles mostrando el dudoso esplendor de sus atributos. Conmigo se ríe el autor de la nota en La Razón:

Hace unas semanas, las noticias de la cadena Antena 3 daban cuenta también de la altísima cotización que están alcanzando los cuadros pintados por un mono en Japón. Aquí no hay engaño. Tal vez el truco de las firmas —auténticas— del mundo del arte esté en la mera especulación, tan transparente que sólo vemos los árboles, pero ningún bosque.

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