Dos predicciones

Primera predicción: mañana, todos los rincones de la blogosfera se verán inundados de posts sobre el día del trabajador, los mártires de Chicago y temas conexos.

Segunda predicción: mañana, todos los rincones de la casa de mi amiga Carmen Alida, en Maracay, se verán inundados de una magnífica vibra durante un almuerzo que ella ha organizado para algunos de sus amigos escritores, entre los que me honra estar.

He dicho.

— Hassam Kasim.

30/04/2005

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Are you talking to me?

Are you talking to me

(Pequeño terreno en Turmero, Aragua.
Fotografía tomada el 24 de abril)

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Shangri-La

El rey de Shambhala sale a reinventar la civilización (arte tibetano)En los años 30, James Hilton describió, en su novela Lost horizon, el Shangri-La, un lugar paradisíaco perdido en el Himalaya. Hilton basaba su historia parcialmente en el mito del Shambhala, una ciudad mítica desde la cual, según el budismo, saldrá un rey a reinventar la civilización después de que ésta sea destruida por un virus, una bomba o una iguana atómica, usted elija.

Más allá de la referencia geográfica, Shangri-La es la racionalización de nuestra perenne búsqueda como especie. Anhelamos la felicidad, entendiendo ésta como concepto filosófico y no como happy end; Shangri-La no es, entonces, un lugar, sino una especie de hito anímico al que podríamos acceder a diario si nos lo permitiéramos, tan imbuidos como estamos en nuestros rollos cotidianos.

Sin embargo somos entes sociales, y como tal no dejamos de reconstruir en el ámbito de lo tangible lo que prefigura nuestra mente en su magia interior. Suele ocurrir, entonces, que sin planificación previa un punto en la geografía se convierte en el Shangri-La de mucha gente.

En 1915, Isadora Duncan se fue con João do Rio a una playa situada en el fin del mundo donde la impulsiva reina bailó desnuda bajo la luna. Ella siguió su camino, pero dos años después, Do Rio cambió el concreto de Rio do Janeiro por la playa en que vio bailar a la Duncan: Ipanema.

Menos de quince años después, los Jobim, una pareja empobrecida por los vaivenes de la economía, decidió mudarse a los alrededores de la playa, donde los alquileres eran —aún— muy bajos. Llevaban consigo a su hijo Tom, un pequeño rapaz de un año de edad, destinado a convertirse en el inventor, casi treinta años después y junto con su vecino João Gilberto, de un ritmo que marcaría al mundo con la sangre cálida de su muy marino balanceo: el bossa nova.

El Shangri-La de Ipanema tenía un bar, cómo no: el Veloso. Cuenta Sergio Kiernan —en este artículo memorable en el que habla del libro Ela é carioca, del periodista Ruy Castro— que allí se reunieron, además de Tom y João, los miembros de una de las más exquisitas cofradías de bohemios que ha conocido la historia:

También bebían y hablaban en aquella mesa Cacá Diegues, la bellísima Leila Diniz —que casi va presa por aparecer en la playa en bikini con seis meses de embarazo—, los escritores Ferreira Gullar, Fernando Sabino y Clarice Lispector, un jovencito llamado Chico Buarque de Hollanda, y la plana mayor de la revista O Pasquim (con los dibujantes Ziraldo y Jaguar a la cabeza), que prácticamente inventó el humorismo politizado en Brasil y que tenía sus oficinas en la mesa de la esquina.

También por casualidad, siguiendo los pasos del traductor al francés de El oscuro pájaro de la noche, fue como se instaló José Donoso en el pueblo español de Calaceite, en Teruel. Transcurrían los años 70 y la literatura atravesaba el hito conocido como el boom, que hoy tantos critican quizás por lo mucho que se le debe.

Una vez que Donoso conoció Calaceite, se le hizo muy difícil salir de allí. Eventualmente terminaría rindiéndose: tras escribir Casa de campo inspirado en el pueblo, se convirtió en propietario de tres antiguos caserones del siglo XV en los que hizo sus huéspedes a los autores hispanoamericanos que tanto daban que hablar entonces.

La historia es contada hoy en día en Tinta y piedra, de Emilio Ruiz Barrachina, quien además es director y ha realizado un documental en formato DVD que acompaña al libro:

El “pionero” en instalarse en Calaceite fue el escritor José Donoso en la década de los 70. Su presencia en el pueblo turolense animó a otros muchos a hacer lo mismo. Nombres como Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards, Gabriel García Márquez, Alfredo Bryce Echenique o Carlos Fuentes siguieron sus pasos. (…) Allí los escritores latinoamericanos se aislaban buscando un “síndrome de pureza tras haber visto la inmundicia del mundo editorial”.

Las cosas no han cambiado mucho. El mundo editorial sigue con su dosis de inmundicia y Calaceite ha seguido sirviendo de Shangri-La para artistas de todo el mundo. Allí vivieron el escritor chileno Mauricio Wacquez, el pintor Albert Rafols Casamada y el editor Gustavo Gili. El pueblo es además el sitio en el que nacieron Terenci y Anna María Moix.

Supongo que es la búsqueda de la felicidad lo que hace que ciertas personas construyan sus versiones particulares de Shangri-La en donde mejor les parece. Quizás para que sea una buena cosa debe ocurrir por casualidad; un Shangri-La premeditado no es más que otra forma de caos. Lejos estamos del brave new world de Huxley, en que los científicos y los artistas son tolerados por el Estado en islas donde sólo viven otros científicos y artistas, la gente “más interesante que cabe encontrar en el mundo”; por lo pronto, se sugiere guardar paciencia y discreción mientras se avanza en el camino, pues con un poco de suerte Shangri-La nos dará la bienvenida.

29/04/2005

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La guerra de los libros: Google contra Europa

La guerra de los librosGoogle ha terminado convirtiéndose en una máquina hiperactiva cuyos pasos cuesta un poco seguirlos. Tras revolucionar el segmento de los buscadores con qué-sé-yo cuántos gadgets arácnidos para conseguir cualquier cosa que esté disponible en Internet, hoy en día uno puede sacar cuentas, traducir textos, averiguar quién enlaza a un dominio, ver dónde puede uno tomarse un café, tener dos gigas para recibir cualquier cosa por e-mail o crear un blog, todo eso y más, con Google.

Además de todo eso, Google ha probado que puede provocar una guerra. Es, al menos, lo que sugiere la manera como han reaccionado los chivos de diecinueve bibliotecas nacionales de Europa, preocupados por el avance que para la expansión de la lengua inglesa implica la publicación en Internet de quince millones de libros —todos en inglés— por parte de Google. La iniciativa europea consiste en que las bibliotecas nacionales de Francia, España y otros diecisiete países (ya la de Francia había hecho un anuncio sobre esto en marzo), unirán sus esfuerzos —y sus euros, claro— para poner al alcance del público un contingente de libros que, y aquí estoy conjeturando, supere la oferta de Google. Sería la primera vez que una guerra rinda beneficios a todos los bandos en contienda.

Y es que ganamos mucho quienes pensamos que nunca es suficiente el conocimiento disponible en Internet, pero también gana el mercado editorial. En ese maremágnum de treinta millones de libros (sigo conjeturando que Europa al menos deberá igualar la oferta de Google), se espera que haya un respetable porcentaje de obras que no son del dominio público. Esto es, que para leerlas hay que pagar; en estos casos, Google Print proporciona —además de la información solicitada por el usuario— enlaces a las librerías donde puede adquirirse el libro. Es de esperarse que la macrobiblioteca virtual europea tenga la misma funcionalidad.

Hace poco más de un mes Fernando Polo recordaba la idea de Amazon (Search inside the book) y criticaba la operatividad de iniciativas de digitalización de libros que ya funcionan en Europa, como Gallica y la Biblioteca Virtual Cervantes. En cualquier caso, ante el advenimiento de semejante maquinaria para vender libros (coming soon: Google terminará, como Amazon, sirviendo de plataforma para vender de todo), pueden irse a dormir los propulsores de utopías que piensan que con su firma detendrán la conversión de la cultura en “mero elemento de consumo”.

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Con piel de despecho

Decía el doctor Lecter que la razón de ser de las cicatrices es recordarnos que el pasado existe. Otro tanto podría decir esta aprendiz de maga que desde su muy bien escrito blog drena, casi a diario y ante los ojos atentos de sus asiduos lectores —yo entre ellos desde ayer—, sus propias cicatrices. Recomendado para mujeres que siguen apreciando el tiempo de estar vivos a pesar de, y para hombres que juran conocerlas por haber salido con un par de ellas.

28/04/2005

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Los libros de Pat Binder

Ecoglifos, de Pat Binder

Pat Binder nació en Buenos Aires en 1960 y vive en Berlín desde 1996. Su primera exposición individual fue “Manipulaciones y absurdos” y se realizó en 1985. Desde entonces ha hecho cualquier cantidad de cosas —estudió en Vancouver, expuso en Bremen, vivió en Londres—, entre las que se incluye instalaciones artísticas con botellas, aceite, radiografías y… libros. La instalación de arriba se llama Ecoglifos y data de 1992. En la presentación, Pat recuerda que según Borges

el libro es la herramienta humana más sorprendente, ya que, mientras otros son medios de extensión de las funciones manuales o de los órganos de sentido, el libro es una extensión de la memoria y de la fantasía.

27/04/2005

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Lo que creía Augusto

Augusto Roa BastosA veces me siento muy incómodo por la situación, pero trato de que me afecten las cosas positivas. Tenemos una opción: el optimismo, o desafortunadamente, el pesimismo. No creo en la humanidad per se, ni en sus productos, pero si las leyes de la vida pueden continuar rigiendo los fenómenos humanos, hay razón para el optimismo. Lo que ocurre actualmente con la humanidad, parece negar ese hecho, pero yo prefiero llevar las cosas hasta el límite en la esperanza de descubrir la verdad. Si no cabe la esperanza, para nada, para el optimismo, la respuesta más honesta es el suicidio. Sólo creo que estoy vivo. Creo que la única forma de vivir es establecer un sentido de responsabilidad. Lo menos que podemos hacer es contribuir.

Augusto Roa Bastos murió hace apenas unas horas.

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