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Internet tiene la edad suficiente para que nos sea posible reconocer muchas de las maneras como está incidiendo en la conducta humana, pero también para darnos cuenta de las dificultades que se le presentan a mucha gente en la asimilación de las características particulares del medio.
Una de estas características es la ubicuidad de la información. Cuando escribo esto, sé que estoy ante una audiencia potencial de millones de personas independientemente del lugar donde resida cada una de ellas. Basta que alguien introduzca en un buscador un término que se encuentre entre estas líneas y recibiría entre sus resultados un enlace a esto que está ante tus ojos.
La ubicuidad mata a la secuencialidad. En Internet no es necesario que la información esté organizada de manera secuencial, pues con la ayuda de las herramientas de búsqueda toda información es accesible desde cualquiera de sus partes (entendiendo que sus “partes” pueden ser frases o palabras). Pero entender esto cuesta un poco, especialmente para quienes pasaron más de la mitad de sus vidas enfrentados al estilo secuencial que nos impone el mundo real.
Esta dificultad se refleja, en la literatura, de diversas maneras. Una de ellas es la idea de “página anterior” y “página siguiente” en ciertas publicaciones literarias en Internet. Inclusive puede verse en las primeras ediciones de Letralia, hace ya casi 9 años, donde cada página indicaba al final cuál era la anterior y cuál la siguiente. Esto es una concepción clásica que nos queda como un residuo del mundo real, y aunque en la práctica no ocasione problemas es posible que trabajen con más libertad, y tengan más éxito, los editores que se olvidan de los conceptos anterior y siguiente. En el gran libro horizontal que es Internet, nada antecede a nada. Todo, simplemente, está allí.
Lo que sí es, a mi manera de ver, una distorsión, es la repetición de contenidos. Si aceptamos como un hecho que todo contenido en Internet es ubicuo, pierde sentido la costumbre de publicar el mismo contenido en más de un sitio. Situándonos en el ámbito literario se traduce de esta forma: cuando un escritor publica un poema, un relato o un ensayo en una revista literaria, es innecesario publicarlo de nuevo en otra revista.
En el mundo real sería quizás un indicio de éxito el que publicaran mis cuentos —aunque fueran siempre los mismos— en revistas españolas, mexicanas y venezolanas. Pero en Internet, donde toda información se vuelve ubicua al momento de ser publicada, la reiteración de contenidos es, al menos, una descortesía. Equivale a esos tipos que creen que ser escritores les convierte en seres extraordinarios y donde quiera te asaltan con el incómodo sonsonete: “soy escritor, soy escritor, soy escritor…” y zas, te leen el mismo poema que le han leído a todos —inclusive a ti mismo— en ocasiones anteriores.
Trataré de explicarme: cuando leo en Internet un poema que me gusta, abro Google y busco otros textos escritos por el mismo autor. Y no pocas veces me produce un dejo de insatisfacción descubrir que sí, el autor ha publicado en diez revistas distintas, pero en todas el mismo material. Esto empobrece mi experiencia literaria porque me impide conocer otros textos del autor y hacerme una idea general de cómo escribe. Nadie puede decir que conoce a Kafka por haber leído sólo La metamorfosis. Aparte, por supuesto, del hecho evidente de que no hay muchos kafkas por ahí.









