Coelho Coca-Cola
La prohibición de El Zahir, de Paulo Coelho, por parte del Servicio de Inteligencia de Irán, me hace pensar una vez más en el profundo desprecio que se tuvo con el término inteligencia cuando se empezó a aplicar a los servicios de inteligencia.
Pongamos las cosas en claro: no me atraen los libros de Coelho, pero si un libro suyo es prohibido yo me pongo a pensar en lo que quiso decir John Donne (seguido más tarde por Hemingway) cuando escribió aquello sobre campanas. Me parece absurdo que a estas alturas no haya una sola persona sensata, en esa especie de nebulosa a la que llamamos autoridad, que diga algo como: “Pero, ¿están locos? ¿Cómo vamos a estar prohibiendo libros?”.
Claro que me queda la duda —Topocho comentaba la semana pasada sobre la pertinencia de la paranoia— de si se trata de una estrategia publicitaria. El que Coelho venda millones y millones de libros no debería detenerlo a la hora de inventar una manera de vender más aun, como esas compañías gigantescas, tipo Microsoft o Coca-Cola, que uno no imagina para qué hacen publicidad si todo el mundo usa Güindous y toma Coca-Cola.









