Carta al niño Jesús
Sr.
NIÑO JESÚS
(Santísima Trinidad,
a la derecha del Padre)
Su Despacho.—
Estimado Señor:
Comprendo que su tiempo —en estos tiempos— está limitado por la inconmensurable responsabilidad que le corresponde en virtud de sus actividades laborales, incrementadas por esta época, cuando su cumpleaños lo obliga —paradójicamente— a mostrarse más generoso que de costumbre.
La presente es para plantearle una inquietud que atosiga mi persona tiempo ha. Es referente a una serie de solicitudes de obsequios que se vienen formulando al ciudadano San Nicolás, también llamado Santa Claus y sin cédula u otro documento identificatorio conocido. Tales solicitudes se han venido entregando al apartado del mencionado, restándole a su persona (la de usted, quiero decir) prestigio y figuración.
Mi preocupación proviene de que, habiendo nacido usted cuatro siglos antes que el señor en cuestión, y siendo usted el patrón de la Iglesia, junto a su amantísimo padre, mientras que este caballero fue no más que un simple obispo, la atención de sus clientes (los de usted, quiero decir) se está desviando hacia ese señor de edad avanzada que —de paso— tiene por costumbre usar ropajes de un color rojo encendido y meterse por las noches, a través de las chimeneas y con una risa estruendosa, en las casas de quienes por una u otra razón han decidido prescindir de sus servicios (los de usted, quiero decir), sustituyéndole por los del citado, quien, para colmo, y no es que tenga nada en contra suya (la de él, quiero decir), utiliza los techos de las casas para estacionar su vehículo, extraña mezcla de tradicional trineo norteño y nave de propulsión, que en los hogares más desafortunados deja su marca inconfundible —el excremento de los venados que arrastran el vehículo por los cielos—, amén del reguero de hollín que ocasiona el citado en sus chimeneas (las de ellos, quiero decir) al bajar por ellas para hacer entrega de los pedidos de los suscritos.
Este sistema de distribución, que cuenta, además, con la asesoría de estrategas y mercadotécnicos de nacionalidad estadounidense —quienes diseñaron el traje y el prodigio tecnológico en el que se desplaza—, ha mermado en estos lares latinos el sencillo pero eficaz servicio suyo (el de usted, quiero decir), lo cual acarrea una constante frustración para los clientes de esta zona, puesto que nuestras viviendas en su mayoría no tienen chimeneas ni nada parecido, por lo cual —al menos es eso lo que alega el distribuidor en cuestión— muchos se quedan sin el ansiado obsequio de navidad. Esta frustración no es nada, comparado con el disgusto que tenemos quienes seguimos fieles al servicio que usted mantiene vigente desde hace veinte siglos y en el que hemos suscrito a nuestros hijos, pues al bajar la demanda para usted, indudablemente descienden el presupuesto con el que cuenta su sistema, la calidad de las unidades y su propio prestigio (el de usted, quiero decir).
He querido acotarle la situación, la cual estoy seguro usted ya ha notado, porque me interesa sobremanera que usted, con el apoyo de la autoridad moral de su padre, tome cartas en el asunto y haga ubicarse en su lugar al mencionado, cuya labor, de paso, es admirable, pero en el norte, donde la particular idiosincrasia habitacional permite sin mayores riesgos sociales estos desmanes.
Aunque no ha sido mi intención sustraer mucho de su tiempo, espero, en la dirección anotada al dorso del sobre, su respuesta, o en su defecto una contestación en hechos, lo cual sería más que suficiente para el fin deseado. Agradeciendo la atención que de la presente tenga a bien (usted, quiero decir) otorgar, se despide atentamente,
Jorge Gómez Jiménez
P.D. Mi hermanita quiere una muñeca y un vestido blanco para el estreno.









