Internet, el tiempo y Hogmanay
Hace unos años, Roberto Hernández Montoya me decía que su mayor placer en Internet era asumir el verbo navegar como quien lo hace a la deriva: dejarse llevar por los pedazos de información que saltan a cada paso, haciendo click en los enlaces sin un plan preconcebido, y en el proceso nutrirse de cuanta cosa aparezca. Estábamos de acuerdo en eso, aunque hoy yo agrego: mi mayor placer en Internet es tener tiempo para navegar a la deriva.
Navegar por trabajo no es del todo placentero. Uno se carga de aperos, zarpa en la dirección que indica la brújula del momento (alguna ilustración para un artículo, una fuente tipográfica para un cliente…), pesca lo que tiene que pescar y regresa, todo muy utilitario, perdiéndose uno los ocasos y los bancos de peces y hasta el fresco de la brisa.
En fin, el tiempo nunca es benigno, es a la vez un constructor de recuerdos y un boletín sobre la degradación de nuestro organismo en su camino indetenible hacia la muerte. Y aun así uno se rebela y se muestra optimista ante el futuro y se prepara para celebrar con los suyos el inicio de un nuevo año.
Entre nosotros la celebración es por lo general un evento de recogimiento familiar. Uno espera la medianoche del 31 de diciembre escuchando en la emisora local los clásicos de ocasión: Faltan cinco pá’las doce o Las uvas del tiempo, y ya después de eso los abrazos y libaciones, y poco más. La nuestra es una versión sumamente edulcorada de las fiestas en honor a Saturno —el mismísimo Cronos de los griegos que, volviendo al tema, representa al tiempo— en las que los antiguos se entregaban al desenfreno. Nada que ver con el Hogmanay escocés, en el que todos salen a la calle y se entregan a una fiesta que puede durar tres días y que, de hecho, ya comenzó.
Salud a todos. Y, a la manera escocesa, ¡feliz Hogmanay!

El 17 de marzo de 1904 fue expedida la patente de invención del 







