Juan Rulfo™

Los RulfoLos de la foto son Juan Carlos (izquierda) y Juan Francisco Rulfo, los hijos de —adivinaron— Juan Rulfo. Desde diciembre pasado, Juan Francisco gestiona el registro del nombre de su padre en el Instituto Mexicano de Propiedad Intelectual, tal como lo reseña esta nota de Milenio.

Juan Francisco Rulfo comenzó el trámite de registro ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial el viernes 2 de diciembre pasado, apenas dos días antes de que concluyera la XIX Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Con el número de expediente 754163, la solicitud fue revisada el 20 de diciembre de 2005 por la Subdirección de Examen del IMPI. El último aviso fue emitido el 31 de enero pasado. En él se advierte, a secas, que “en su oportunidad se acordará lo procedente”.

Como se sabe, los herederos de Rulfo se molestaron por unas declaraciones de Tomás Segovia, a la sazón el más reciente ganador del premio Rulfo. Hoy, según esta otra nota, se decide el futuro del premio. Por supuesto, la idea de gestionar este registro consiste en garantizarle a la Fundación Rulfo plenos derechos sobre lo que, en lo sucesivo, se relacione con el uso del nombre del autor de Pedro Páramo.

15/02/2006

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Doscientas mil canciones que nunca escucharás

Pescando incautosFraudes hay en todos lados, y a veces uno se sorprende de cuánto se parecen sus autores. Es el caso de los song-poems, una industria discográfica paralela que graba canciones originales de cualquier hijo de vecino, asegurándole que el tema tiene madera para convertirse en un superéxito que se escuchará en todas las emisoras de costa a costa de Estados Unidos. Por supuesto, el servicio apenas le costará unas monedas al esperanzado autor.

Pues bien: no importa cómo sea el poema, pronto recibirá como respuesta anunciando que tiene enormes posibilidades, y que por una módica cantidad (que oscila entre 200 y 400 euros y que afirman, sólo cubre una pequeña parte del coste de la aventura), se encargarán de ponerle música, grabarla en un estudio y promocionarla convenientemente. Huelga decir que estas empresas, depredadoras de las ilusiones de estos poetas frustrados, componen la música y graban las canciones como churros, envían la cinta de casete o el CD a su autor, y se desentienden de ella. Se estima que alrededor de doscientas mil canciones se han grabado bajo este singular modelo de negocio en su siglo de existencia, y ninguna ha logrado convertirse en un éxito.

¿Verdad que este modus operandi se parece mucho a otro que ya conocemos por estos lares? No me canso de decírselo a los amigos: si quieren invertir dinero en la construcción de su carrera literaria (o en general en cualquier arte), inviértanlo comprando una mejor computadora, pagándose un viaje que les traiga mil experiencias extraordinarias, emborrachándose hasta llegar a la más sórdida instancia subhumana. Ah, compren también algunos libros. Cualquier cosa, excepto ir detrás de editores fraudulentos que viven de engatusar incautos.

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