¿Triunfó de nuevo el vil egoísmo?
Cuando era niño, algo en el Himno Nacional de Venezuela me molestaba además de la obligación de oírlo inmóvil como un robot. El profesor de música nos dijo un día que para interpretar mejor la letra era preciso leerla como si nunca antes lo hubiéramos hecho. Así empecé a darme cabezazos contra la primera estrofa:
¡Abajo cadenas!
gritaba el Señor
y el pobre en su choza
libertad pidió
A este santo nombre
tembló de pavor
el vil egoísmo
que otra vez triunfó.
Tras aplicar el sistema del profesor, me di cuenta de que el Himno entrañaba en esos dos versos una contradicción con su espíritu libertario. ¿Fue que el vil egoísmo triunfó de nuevo pese a que estaba tembleque de pavor? ¿Y entonces? ¿No y que teníamos un sublime aliento inspirado desde el Empíreo? ¿Cómo fue que el vil egoísmo nos volvió a embromar?
Esas preguntas las hice durante años, y ningún profesor me daba una respuesta satisfactoria. También eran muy malos mintiendo, porque sin mucho esfuerzo me daba cuenta de que estaban inventando una respuesta para salir del paso. La respuesta más común: sí, el vil egoísmo volvió a triunfar, pero sólo para que Bolívar y su ejército libertador lo fulminaran por completo. ¿Nunca oíste hablar de la Segunda y la Tercera República?
La solución al acertijo me la dio años después otro profesor, un viejo patriarca que le había dado clases a mi papá. En la época en que fue escrita la canción patriótica Gloria al bravo pueblo, la expresión otra vez era entendida literalmente como una vez distinta a la actual. Ya que el verbo triunfar está en pasado, esa otra vez no equivale a nuevamente, sino a una vez anterior. El autor pudo escribir el vil egoísmo / que otrora triunfó pero se decidió por otra vez. Quizás le pareció más poético, o más bonito, o quién sabe qué; el hecho es que en aquellos años la expresión no daba lugar a dudas: el vil egoísmo triunfó en otra oportunidad, pero ahora, ahora, tiembla de pavor.
Una nota más. Es curioso ver cómo de tanto en tanto aparece algún despistado pidiendo que se elimine o se sustituya esa frase que en apariencia le concede el triunfo al vil egoísmo. Lubrio lo reseñaba de pasada en enero, y uno de los lectores dejó en este comentario la explicación correcta. El problema, claro, con los despistados, es que más pronto que tarde se cuela uno en alguna instancia de poder y propicia cambios insensatos.









