Caso 1
Un amigo me escribe desde París para decirme que envió un poema a un concurso español y que, oh sorpresa, “ganó”. Su poema fue seleccionado para integrar una antología al lado de grandes poetas del ámbito de habla hispana. Le pregunto: ¿te cobraron por participar en la antología? Sí, me cobraron una cifra mínima para estar al lado de grandes poetas del ámbito de habla hispana. Enhorabuena, has sido engañado pero al menos a buen precio.
Caso 2
Vicente Ulive-Schnell, potente embajador cultural en París (vaya que hoy estamos afrancesados) de esta sufrida nación de comearepas, me advierte que un concurso anunciado en el boletín de concursos de Letralia era realmente una farsa para atrapar incautos como el amigo del caso 1. Las bases del concurso llegaron a mis manos desde Argentina. La persona que me las envió me aseguró que el concurso era organizado por un centro de jubilados. Mi cuadriculado tiempo me impidió investigar más profundamente, lo que me habría permitido darme cuenta de que el correo asociado al concurso es el mismo de un conocido grupo de farsantes editoriales (el mismo del caso 3). En el texto de las bases que me llegó, no se mencionaba la edición posterior de una “antología cooperativa”, farsa de náusea donde las haya; pero en las que se consiguen en el resto de Internet asociadas a ese correo claro que sí se menciona. A Vicente quisieron cobrarle 80 euros para aparecer en la fulana “antología”. Me dice el Vic: “Obvio que no pagaré, primero porque no tengo la plata y segundo porque mi cuento es suficientemente bueno como para ganar concursos sin pagar absolutamente nada”. Esa, Vic, es la actitud correcta.
Caso 3
En una nota mía reciente, aparece este comentario del escritor español Raúl Lilloy, quien denuncia las mañas habituales de la editorial Nuevo Ser. Es el mismo concurso del caso anterior (lo sé por la redacción de ambas cartas de respuesta), aunque Vic no recordaba el nombre de la editorial. Raúl, también en la actitud correcta, les escribió llamándolos charlatanes (muy educado, pues yo los habría llamado estafadores). La “editorial” le contesta de una manera que ya nos permite ver con quién estamos tratando: “Bueno llevale tu ‘obra de arte’ a Hachette a ver si te publican”. Qué malandros, ¿no?
Colofón
Somos escritores y nuestro oficio es uno de los más costosos. Nos negamos a actividades más productivas porque las neuronas no nos funcionan bien en otra cosa que en la literatura. Podríamos ser banqueros, médicos, abogados o —inclusive— estafadores, y nos decidimos por la literatura porque es lo único que nos llena. Aparte de dejar la vida en esto, ¿tenemos que pagarle a un sinvergüenza cuando “ganamos” en un concurso?