Adiós a las armas
Si Grass estuvo en las SS, Hemingway no podía ser menos y estaba en la OSS. Poco más de un mes ha pasado desde que todo el mundo le cayó encima al alemán por haber pertenecido al terrible cuerpo de combate nazi, y ahora el periodista —también alemán, por cierto— Rainer Schmitz, en el libro ¿Que le ocurrió a la calavera de Schiller? Todo aquello que usted no sabía sobre literatura, una recopilación de curiosidades sobre escritores, ha resucitado unas cartas del autor de Adiós a las armas en las que éste confiesa, entre otras cosas, haber matado a 122 alemanes.
“Todo muy agradable y divertido. Muchos muertos, botín alemán, tantos tiroteos y toda clase de combates”, le escribe don Ernesto a su esposa Mary Welsh, en 1944. Y en otra carta, que envió en 1949 a su editor, Charles Scribner, no desdeña alguna truculencia:
Una vez maté a un kraut de los SS particularmente descarado. Cuando le advertí que lo mataría si no abandonaba sus propósitos de fuga, el tipo me respondió: “Tú no me matarás. Porque tienes miedo de hacerlo y porque perteneces a una raza de bastardos degenerados. Y además, sería una violación de la Convención de Ginebra”. “Te equivocas, hermano”, le dije. Y disparé tres veces, apuntando a su estómago. Cuando cayó, le disparé a la cabeza. El cerebro le salió por la boca o por la nariz, creo.
Quizás la historia no levante tanto revuelo como la de Grass, en principio porque el cerebro de Hemingway hace tiempo que se le salió, aunque dudo que por la boca, y porque el mismo Schmitz se encarga de suavizar la cosa atribuyendo las supuestas confesiones al deseo del escritor por “alimentar el mito de su machismo”.









