Los 39 amigos

Rodrigo Blanco CalderónDa un gran gusto ver a tantos amigos en la lista de los 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años escogidos como los más destacados del momento, y quienes asistirán a Bogotá a un encuentro el próximo mes de agosto. Rodrigo Blanco Calderón y Slavko Zupcic, quienes representarán a nuestro siempre confuso reino de las arepas, son ciertamente dos nombres de amplio reconocimiento.

Rodrigo, el de la foto, es el más reciente ganador del concurso anual del diario El Nacional y finalista del Premio Municipal de Literatura de Caracas 2006 con su colección de cinco cuentos Una larga fila de hombres, mientras que Slavko ha ganado, entre otros, la Bienal José Rafael Pocaterra en 1988 y el Premio Municipal Ciudad de Valencia en 1991, además de haber quedado finalista del Herralde en 2001. Hace poco publicamos en Letralia su cuento “Días de suerte”. La lista incluye a otros tres letralianos, a quienes envío mis felicitaciones: el colombiano John Jairo Junieles, el panameño Carlos Wynter Melo y la puertorriqueña Yolanda Arroyo Pizarro.

Como recordarán, la escogencia de estos 39 autores fue hecha por Piedad Bonnet, Oscar Collazos y Héctor Abad Faciolince de entre más de 150 nombres propuestos por los internautas latinoamericanos. Destacan los nombres de Jorge Volpi, ganador del Biblioteca Breve y el Grinzane Cavour; y los escritores-blogueros Santiago Roncagliolo, ganador del Alfaguara, e Iván Thays, ganador del premio Príncipe Klauss de Holanda y finalista del premio Rómulo Gallegos. Colombia será anfitrión y además estará representado por la mayor nómina, con seis autores: Antonio García, Pilar Quintana, Ricardo Silva, Antonio Ungar, Juan Gabriel Vásquez y el letraliano Junieles.

30/04/2007

Guardado en Siendo un escritor
Ya hay una nota acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

Libélulas e invisibilidades

Libélula

Qué gran regalo me ha hecho en el Día del Libro mi amiga Nat. Con unos poemas inéditos que le envié hace unos días para el blog colectivo que ella coordina, Antaria y Poesía, ha publicado un poemario-libélula que me ha emocionado mucho, y que sería un gusto ustedes vayan a leerlo.

Días atrás los polifacéticos hermanos Chang también me hicieron un presente: en su última aventura comercial, una armería, pusieron entre ametralladoras, granadas y otras armas cargadas de futuro, mi relato (recién horneado) “El hombre invisible”. Ahí tienen, pues.

24/04/2007

Guardado en Libros
Ya hay 11 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

El gallo pollo

Llegué anoche a San Cristóbal, cerca de la frontera entre Venezuela y Colombia. Participaré, mañana y el miércoles, en las segundas Jornadas de Literatura de San Juan de Colón, a donde llevo una pequeña ponencia titulada “Quiero ser un escritor famoso” que luego publicaré por aquí.

Me vine dos días antes para aprovechar la importante cola ofrecida por Cruz Yayes, un sexólogo amigo con el que hablé de sexo, literatura, política y otros temas a lo largo de catorce horas de viaje. Sí, catorce. Es que nos deteníamos en todos lados. Por ahí tengo unas magníficas fotos del Santuario de la Virgen de Coromoto, en Guanare.

Una de nuestras paradas fue en un restaurante de carretera donde almorzamos con una jugosa carne en vara. Mientras almorzaba, miré hacia arriba y encontré, en una repisa, los gallos de pelea disecados que muestro en esta foto.

El gallo pollo

La cosa coincidió con un sueño que Cruz había tenido la noche anterior, en el que alguien le regalaba dos pollos muy pequeños. El gallo es un animal simbólico; anuncia el amanecer, pelea hasta morir, tiene un harem. Dos gallos aún pollos, dos gallos pollos, son el anuncio de una nueva etapa.

Eso, al menos, dijo Cruz, el gallo pollo, mientras yo saboreaba la carne.

16/04/2007

Guardado en Cromos
Ya hay 8 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

De cómo perdí mi alma

Jaque mate

Amaba a María. Era un amor turbulento y cruel que ambientó con una esplendorosa luz negra algunos meses de mi vida hace ya más de quince años, mientras recorríamos con agotador frenesí el bulevar de Sabana Grande, la avenida Urdaneta y otros ámbitos de una Caracas de ensueño que algunos ilusos nos negamos a olvidar.

Nunca supe si me amó —en realidad nunca supe nada sobre ella—, pero una noche me mostró las cartas que me escribía en su cuaderno, que nunca más me daría a leer y que glosaban un amor sanguíneo, por diversas circunstancias condenado a un término abrupto del que ambos estábamos secretamente conscientes. Cuando leía las cartas, sentía en mis manos el redoble de su corazón absurdo y las lágrimas del final que ya se anunciaba.

Después de guardar el cuaderno, me preguntó de forma inesperada si sabía jugar ajedrez. Claro que sé, le dije, gracias a un tablero que mi papá me regaló cuando cumplí siete años, y con el que me enseñó ganándome y dejándose ganar las tardes de domingo. Vamos a jugar, me invitó, y caminamos hasta una de las mesas de Sabana Grande donde por unas monedas te dejaban usar un tablero.

Con toda elegancia me dejó usar las blancas para que abriera la partida. Justo antes de mover mi primer peón, tomó mi mano y me preguntó qué apostaríamos. No apuesto, no tengo dinero, le respondí. Jorge, no seas tonto, no se apuesta sólo dinero. Entonces me hizo su oferta: si perdía, sería mi esclava sexual durante toda mi vida. Bastaría que la llamara y ella acudiría de inmediato. Mis ojos adolescentes se entrecerraron con una sonrisa y acepté. Si gano, continuó, al morir tu alma será mi esclava. Encandilado por la posibilidad de ganarle, también acepté.

Empezamos a jugar y por unos veinte minutos me abalancé sobre sus piezas, impulsado por la lascivia. A medida que me indigestaba de peones, imaginaba una vida entera satisfaciendo mis deseos con mi propia esclava y sonreía mientras la miraba titubear antes de mover cada pieza. Todo estuvo bien hasta que, en algún momento, ella hizo un par de jugadas que me sentenciaron a un limpio jaque mate del que me tomó un buen rato reponerme.

Hace años esta historia me producía temor. Mi final con María llegaría poco después con el mismo brío de tumulto con que se había desarrollado nuestro breve romance y jamás volví a verla. Con el tiempo, el temor fue sustituido, primero, por la curiosidad ante la idea de encontrarla esperándome cuando me toque avanzar más allá del umbral de la muerte; después, por la sospecha de que la memoria de aquella partida es ya una evidencia de mi condición de esclavo.

Nunca volví a apostar.

14/04/2007

Guardado en Ex libris
Ya hay 13 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 
•