El gallo pollo
Llegué anoche a San Cristóbal, cerca de la frontera entre Venezuela y Colombia. Participaré, mañana y el miércoles, en las segundas Jornadas de Literatura de San Juan de Colón, a donde llevo una pequeña ponencia titulada “Quiero ser un escritor famoso” que luego publicaré por aquí.
Me vine dos días antes para aprovechar la importante cola ofrecida por Cruz Yayes, un sexólogo amigo con el que hablé de sexo, literatura, política y otros temas a lo largo de catorce horas de viaje. Sí, catorce. Es que nos deteníamos en todos lados. Por ahí tengo unas magníficas fotos del Santuario de la Virgen de Coromoto, en Guanare.
Una de nuestras paradas fue en un restaurante de carretera donde almorzamos con una jugosa carne en vara. Mientras almorzaba, miré hacia arriba y encontré, en una repisa, los gallos de pelea disecados que muestro en esta foto.
La cosa coincidió con un sueño que Cruz había tenido la noche anterior, en el que alguien le regalaba dos pollos muy pequeños. El gallo es un animal simbólico; anuncia el amanecer, pelea hasta morir, tiene un harem. Dos gallos aún pollos, dos gallos pollos, son el anuncio de una nueva etapa.
Eso, al menos, dijo Cruz, el gallo pollo, mientras yo saboreaba la carne.









