Sin Viagra
Este es un cuento viejo, pero no quería dejar de contarlo por aquí. En una nota anterior dije que la Capilla del Hombre era uno de los sitios que quería visitar cuando viajé a Ecuador en septiembre. Otro de esos sitios era, precisamente, la línea del ecuador. Si vas a Ecuador y no visitas el ecuador eres gallina negra.
El lugar es llamado “la Mitad del Mundo”, claro. En 1979 levantaron este monumento colosal, de treinta metros de altura, dentro del cual hay un museo que ofrece una visión resumida de las diversas etnias que habitan el Ecuador desde siempre. La esfera que se ve en la parte superior es una representación del globo terráqueo, puesto de lado para que su ecuador coincida con el ecuador real. La foto no tiene precio, me la tomó Domingo Martínez Castilla cuando visitamos el lugar:

Sin embargo la cosa no deja de tener su ribete tragicómico. Ese monumento está allí porque tras la primera misión geodésica, en el siglo XVIII, se estableció que ese era el sitio por donde pasaba la línea del ecuador. Pero hace poco más de dos años vino la tecnología a estropear la cosa: el GPS permitió determinar, en 2005, que la medición original estaba errada por 250 metros, y en la verdadera Mitad del Mundo se ha construido un pequeño parque privado donde te cobran hasta por toser, pero uno paga con gusto. Los primeros beneficiados del error geográfico fueron los taxistas, que ahora te llevan a ambos sitios por algunos dolarillos de más.
Domingo y yo nos pusimos medio suspicaces cuando el taxista nos habló de la diferencia de precio, especialmente porque Domingo ya había visitado el monumento original en un viaje anterior hace años. Percibiendo nuestra desconfianza, el taxista decidió despertarnos la curiosidad: en la verdadera Mitad del Mundo “van a ver los experimentos”, nos dijo. Y bueno, así fue como nos convenció. Por fortuna.
Al llegar vimos unas llamas, y Domingo que prácticamente creció entre esos animales iba a pasar como si nada. Yo, en cambio, me detuve un buen rato a tomarle fotos a esos seres de miradas expresivas. Luego nos recibió una de las guías, Mayra, esta pequeña belleza de rasgos indígenas que se ve aquí a la izquierda. Mientras pronunciaba su muy bien aprendido discurso de bienvenida reparé en lo que decía su franela (que pongo en detalle aquí abajo) y muerto de risa le pregunté qué significaba aquello. Me respondió que lo entendería al final de la visita.

Y bueno, así fue. En el pequeño museo te muestran cómo vivían los antiguos pobladores de Ecuador con réplicas de sus viviendas tradicionales. De hecho una de las viviendas es, según Mayra, auténtica, aunque con las necesarias refacciones para que el tiempo no termine de comérsela. Y para que sientas la experiencia te dejan probar tu puntería soplando una cerbatana contra un cactus. Pero lo realmente interesante estaba al final, sobre la línea del ecuador. Dos fotos sobre dos líneas del ecuador el mismo día, vaya.

Los “experimentos” a los que aludía el taxista eran procedimientos simples para demostrar el efecto del magnetismo terrestre en tan particular sitio. Un reloj de sol de dos caras, por ejemplo, que cambia la cara por donde dice la hora cada vez que llega un solsticio. Un paseo con los ojos cerrados y los brazos extendidos, sobre la línea del ecuador, donde puedes sentir cómo el magnetismo de la Tierra te hala a ambos lados, amenazando con hacerte caer. Una batea a la que le quitan el tapón para demostrar que el agua no hace remolinos cuando se vacía sobre la línea del ecuador, y te demuestran cómo cambia la situación cuando vacían la batea un metro al norte o un metro al sur. Por cierto que allí vimos a una familia venezolana, y me di cuenta del extraño efecto que produce escuchar el propio acento después de pasar varios días entre gentes que hablan de forma distinta.
Y, finalmente, la explicación de la franela de la guía: sobre la línea del ecuador tienen un pedestal de cemento con un clavo en el centro. Te dan un huevo y con algo de paciencia, puedes parar el huevo sobre el clavo. Yo lo hice. Y sin Viagra (aún):

Luego Domingo hizo el intento, pero no pudo. Cosas de la edad, dijo.

Mi exitoso intento me hizo acreedor de un certificado en el que dice: “Jorge Gómez llegó al Museo Solar y puso sus pies sobre la línea máxima de la latitud 0º0′0″ y equilibró un huevo en el centro magnético del planeta Tierra calculado con satélite GPS”. Como para que no haya dudas, abajo firman dos testigos, que en este caso fueron Domingo y Mayra:

Como colofón dejo aquí el video del agua sin remolinos. “Increíble”, se me escucha decir al final. Que lo disfruten.

Una vieja conseja que vengo escuchando desde que tengo uso de razón dice que dinero llama dinero. Me pregunto si la misma regla podrá aplicarse a otros ámbitos. Por ejemplo, entre machos vernáculos es conocido aquello de que cuando estás solo nadie te mira, pero basta que consigas pareja y tienes que quitártelas a sombrerazos. ¿Y la locura? Si alguien se vuelve loco, ¿todos se vuelven locos?







