El cazapremios

Manuel TerrínEste es Manuel Terrín, quizás el hombre que ha ganado más concursos literarios en el mundo. Empezó en 1970 y hasta la fecha ha ganado 1.530 (no les extrañe que la cifra sea mayor al momento en que lean esto). Empezó como escritor autodidacta, “fijándose de los ejemplos” como Jorge Manrique, y es académico de la Real Vélez de Guevara de Écija y de la Real y Pontificia de Lérida. Terrín descree de la novela como género y afirma que es imposible vivir de los concursos.

Hay veces en las que sólo te dan un trofeo o un diploma. Las cuantías grandes son para los libros, pero ya no tengo ganas de escribirlos. Cuando lo hacía, llegué a ganar algún concurso de 50.000 pesetas.

El “cazapremios”, como alguien le ha llamado alguna vez, es sin embargo un perfecto desconocido. La fama parece no importarle; de hecho, a estas alturas es probable que lo único que le interese sea acumular suficientes premios para mantener su campeonato mundial por mucho tiempo. Es justamente esa dualidad de enconado ganador y enconado desconocido lo que en su momento llamó la atención al mismísimo Juan José Millás:

Manuel Terrín ha necesitado ganar mil premios para ser un autor insignificante. De hecho, la fama de la que goza estos días no se debe a su condición de escritor, sino a la de desconocido. Ese premio al que acaba usted de presentarse podría ser su tumba.

27/12/2007

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El yipao

Los productores agrícolas de Armenia, en el eje cafetero de Colombia, tienen la pintoresca costumbre de desfilar con sus jeeps Willys, los únicos que pueden aventurarse en las montañas de la zona. El yipao, que es como llaman a este desfile que celebran en octubre —durante las festividades por el aniversario de la ciudad—, es bastante peculiar: cada propietario carga sobre el vehículo tantos peroles como pueda. Escaparates, camas, cocinas, sillas, sillones, cargamentos de frutas y hortalizas, animales y hasta personas son encaramados sobre la parte trasera del jeep, y el peso hace que se levante haciendo caballito como si fuera una bicicleta. A menudo la policía debe apartar al público para evitar catástrofes, aunque los asistentes se divierten bastante cuando uno de los vehículos se sale de la ruta amenazando con pasarles por encima. Hasta el último día del Festival de la Palabra estuvo la perpleja Carmen Boullosa preguntándose las motivaciones de tan particular celebración.

04/12/2007

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El desprecio

Hugo Chávez admitiendo la derrota en cadena nacionalYa iba a acostarme cuando escuché el escándalo en la calle. No sabía qué había pasado con el referéndum porque hace tiempo que acostumbro apagar el celular por las noches y no estaba viendo las noticias; algunos tenemos la mala suerte de tener que trabajar ciertos domingos. Encendí la pantalla que había apagado minutos antes y leí incrédulo que Chávez había perdido.

Luego lo vi en la televisión admitiendo la derrota. Mi memoria lo quiere recordar desencajado. Buscando las palabras con las cuales decir algo que no quería decir. En algún momento se le pierde una palabra; oculta el rostro hacia su brazo izquierdo hasta que la consigue en algún inadvertido rincón, en el piso. Intenta mantener el triunfalismo, advierte a sus opositores que deben aprender a administrar la victoria. Una victoria pírrica, dice. “Yo victoria pírrica no hubiera querido”, esgrime por todo pataleo.

Hace algunos días escribí aquí sobre lo que no me gustaba de la propuesta de reforma constitucional. Cuando fui a votar actué en consecuencia, y debo confesar que lo hice sin muchas ganas. No por esa tesis del fraude electoral en que se ha perdido tanto tiempo en este país, sino porque quitarle la razón al chavismo es dársela a una gente que tampoco me inspira la menor confianza. Al final uno va y vota de acuerdo a su conciencia.

Durante un recorrido por los medios afectos al gobierno leo —entre los incontables lamentos— los análisis primigenios de la derrota. Salvo algunas apreciaciones desapasionadas, el opinario progubernamental cree, y al parecer sinceramente, que el pueblo ha sido engañado por la oposición, que el gobierno no divulgó con suficiencia la propuesta de reforma, que faltó tiempo para discutir los artículos que se pretendía cambiar.

Y es que el animal político nos desprecia: cree sinceramente que el pueblo es una entidad infantil a la que hay que guiar por el camino correcto. Según él, nosotros no somos capaces de tomar decisiones, pues éstas siempre son influidas por engaños o factores externos. La culpa siempre tiene que recaer sobre el otro, claro.

Ahora que los resultados están sobre la mesa, el animal político asegura, escupiéndonos al rostro, que el 40% del electorado que no acudió a las urnas fue el peso en el ala que lo arrastró a la derrota. Es el mismo razonamiento que en el pasado esgrimió la oposición para explicar sus repetidos fracasos. El animal político, de uno u otro signo, olvida que unas elecciones son como una encuesta en macro. Una encuesta que se hace entre 1.500 personas da una idea del comportamiento del colectivo en su totalidad. ¿Por qué habría de ser diferente un proceso electoral en el que han votado más de 9 millones de personas? Con una abstención del 20, del 5 o del 90% los resultados habrían sido los mismos.

El animal político nos desprecia y lo hace sin estilo, exagerando las muestras de respeto con las que te hace creer que le importas. Te dice que te ama cuando en realidad ama el estatus y la buena vida que en algún momento, de alguna u otra manera, tú le proporcionarás. El animal político es despreciable en la medida en que nos desprecia. Mala hora para el optimismo es la hora presente, cuando los razonamientos usados por el gobierno para justificar su derrota, son exactamente los mismos que ayer esgrimiera la oposición.

03/12/2007

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