Octavio Paz y sus dichosas letras de oro

El Palacio Legislativo de San Lázaro es la sede de la Cámara de Diputados de México. Allí hay un muro, el de la foto, en el que los políticos mexicanos estilan fijar letreros dorados con los nombres de personajes históricos mexicanos y héroes de la independencia.
El año pasado, dos diputados mexicanos propusieron agregar allí el nombre de Octavio Paz, pero la iniciativa fue rechazada por sus colegas bajo el argumento de que el Premio Nobel 1990 “no colaboró para la construcción del Estado mexicano”, una de las condiciones necesarias para que un personaje reciba semejante homenaje.
En su momento Marie José Paz, la viuda del poeta, deploró el criterio de la Cámara Baja diciendo que “sería una bobada si no fuera grotesco” y añadiendo que “por algo se habla de crisis de representatividad política”.
Ahora dos iniciativas similares rondan el ambiente. Una es el bautizo de una de las salas del Senado de México con el nombre del autor de El laberinto de la soledad. La otra es una respuesta más directa: la inscripción de su nombre, en letras de oro como la iniciativa original, en el Muro de Honor de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal mexicano. El político que presentó, apenas anteayer, esta última propuesta, no se ahorró retórica para sacarle en cara a los diputados su mezquindad:
¿A dónde queda nuestra labor como representantes populares si no somos capaces de generar sinergias en torno a un proyecto de esta naturaleza, cuando se trata de un hombre que contribuyó sobremanera al desarrollo cultural de un país como el nuestro?
Es obvio: tras el infortunado rechazo de los diputados a la idea de homenajear a Octavio Paz, que seguramente habría sido vista con beneplácito por tirios, troyanos y otras faunas, se abre el compás para que cualquiera retome la cosa. Es algo así como decirle a los diputados: ustedes, cuerda de bandidos, nunca llegarán a ser tan patriotas ni tan generosos ni tan buenagente como nosotros. Al final el pretendido homenaje a Octavio Paz será un homenaje que los políticos se harán a sí mismos.
No sé si seré muy quisquilloso, pero creo que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es algo que los políticos difícilmente alcanzarán: leerlo.









