Bastedades sublimes

Volviendo a lo del encuentro, el jueves en la tarde tuvo lugar una mesa en la que, habiendo programados cuatro ponentes, dos de ellos tuvieron problemas para llegar. Quedaron, así, Clea Rojas y Carmen Díaz Orozco. A Clea la conocía por correo electrónico desde hace unos años; a Carmen la conocí la semana pasada. Ambas hablaron de temas en los que estaba involucrado lo coloquial, esta habla nuestra tan salpicada de tacos y otras sutilezas, haciendo literatura por todo lo alto.
Clea se ocupó justamente de la irrupción, en la obra de Briceño Guerrero, del humor más basto; toda una nota verla con su estilacho repitiendo las guarrerías con las que el viejo evade la mala cosa que es escribir un ladrillo. Carmen, por su parte, habló de la “ciudad flatulenta” en que es convertida Maracaibo en la novela Corrector de estilo, de Milton Quero Arévalo, tema que generó una discusión sobre la descripción de los olores en la literatura venezolana. El trío lo completa (a la izquierda en la foto) Vanessa Márquez, que en esa ocasión estuvo como moderadora, pero la tarde anterior había hablado del pornoerotismo en El pájaro insaciable, de Rubén Monasterios.
Fue la mesa más entretenida de las que presencié, y ojo, hay encuentros literarios que dan sueño, pero este de Mérida no es en lo absoluto uno de ellos. Hubo entre el público y las ponentes una total empatía producto, atribuyo, de los contrastes abordados: las palabras soeces, el refranero popular, la fealdad, como marcos de lo humanamente sublime. De la literatura, pues.


José Manuel Caballero Bonald se ha metido en 







