Twitterature, obras maestras en veinte tweets o menos

Twitterature, obras maestras en veinte tweets o menos

“Obras maestras en veinte tweets o menos” es lo que promete el libro Twitterature, que dos chamos de 19 años, Alexander Aciman y Emmet L. Rensin, han logrado venderle a Penguin Books y que, siguiendo la línea de las estrategias de mercadeo hollywoodenses con que las grandes editoriales promueven ahora sus libros, se está anunciando con un coming soon.

Twitterature mezcla, según afirman con gran pompa sus autores, los dos elementos que definen el alma del hombre contemporáneo: la literatura y… Twitter, la red social en la que todo pensamiento, toda información e incluso toda historia debe caber en 140 caracteres. Claro que esta limitación es insuficiente para la mayoría de las obras maestras, así que Aciman y Rensin proponen los mencionados resúmenes de veinte tweets o menos o, lo que es lo mismo, 2.800 caracteres o menos.

Después de todo, sin importar cuán grandes sean los clásicos, ¿quién tiene tiempo para leer esos libracos? Siguen siendo innegablemente importantes –y en esto están de acuerdo nuestros profesores–, pero Twitter es la nota, lo joven, el todo. Remedio y contrapeso perfecto a esos esotéricos textos que siguen siendo tan vitales para nosotros –y para nuestras calificaciones.

Antes de que se horroricen, recuerden los resúmenes en los libros de literatura, las ediciones resumidas e ilustradas, las memofichas, incluso las píldoras literarias en SMS. No son la obra, son guías y nada más y en ese sentido hacen su trabajo. Independientemente de la validez de deshidratar la literatura, yo suscribo la idea de un amigo de que una buena obra literaria tiene como una de sus principales características que todo su argumento puede resumirse en una frase. O veinte tweets, según el caso.

Dos notas técnicas. La primera es que después de estar algún tiempo reacio, instalé en mi Firefox la extensión TwitterFox y ahora estoy twitteando con absoluta comodidad (pronto estará twitteando, también, Letralia). La segunda, siguiendo con esta nota twitterliteraria, es que mi amigo Luis Alejandro Ordóñez lleva algún tiempo publicando en tweets su novela Gatubellísima. A seguirlo.

24/06/2009

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El gran final de Jerome Bixby

“The man from Earth”, de Richard SchenkmanEl afiche de esta película es un engaño. Un absoluto engaño. A ver, ¿qué denota una imagen en la que un hombre parece recién llegado de una teletransportación como las del Enterprise, parado en el horizonte del planeta Tierra de tal manera que da la impresión de ser un gigante o un dios? Lo primero que uno piensa es que se trata de una película de ciencia ficción. No está equivocado quien lo crea.

The man from Earth es, en efecto, una película de ciencia ficción. El engaño del afiche es que no hay teletransportaciones ni el tipo es un gigante o un dios, por mucho que la imagen inspire tales suposiciones. No hay ni siquiera un miserable efecto especial. Ni un rayito. Ah, tampoco le dio trabajo al departamento de maquillaje, pues no hay extraterrestres ni seres de otras extranjerías.

Se trata simplemente de un tipo que en la sala de su casa le cuenta una historia a sus amigos. En eso se va la hora y media que dura la película. A veces se ven los exteriores de la casa, pero casi no hay otro escenario que la sala, en la que interactúan ocho personajes que lo único que hacen es hablar. Sin embargo, no me cabe duda de que esta película de ciencia ficción, pues sí que lo es, será recordada por siempre como una de las mejores del género.

El tipo que cuenta la historia es, redundancia por delante, un profesor de historia. Los otros son sus colegas, que se enteran de que después de diez años de vivir en el pueblo, ha decidido mudarse y no precisamente a otro vecindario. Extrañados por la intempestiva decisión, especialmente porque no se tomó la molestia de informarles, se presentan en su casa. Durante la improvisada despedida, por supuesto, le preguntan los motivos de su partida (y alguno llega a sugerir motivos nada dignos). Insisten, hasta que el hombre accede. Entonces les cuenta que se va porque es inmortal, lleva más de catorce mil años vivo y cada diez años tiene que mudarse por un mínimo sentido de la prudencia: ese es más o menos el tiempo que tardan quienes lo conocen, en cada sitio donde vive, en darse cuenta de que no ha envejecido.

Por supuesto, los colegas se lo toman en broma, y pasan toda la película del escepticismo a la sorpresa manteniéndolo a uno pegado a la pantalla mientras intenta, junto con ellos, averiguar si la cosa es en serio o no. Lo demás es carpintería. Que el tipo se llame John Oldman puede inducir a más de uno a pensar que se trata de una especie de chiste. Los colegas le preguntan a quién ha conocido y él cuenta historias sobre grandes y pequeños personajes, sobre cambios sociales, sobre cómo era la Tierra hace catorce mil años, sobre el tiempo, la memoria y el olvido. Hay también un par de revelaciones asombrosas que escandalizan a más de uno de los colegas y un gran final que, por supuesto, no les contaré. El caso es que así, sin un solo phaser, sin un solo hombrecito verde, The man from Earth se le queda a uno rebotando de las paredes del cráneo como la gran historia de ciencia ficción que ningún George Lucas podría contar ni con todos sus animalitos y colorines.

Jerome BixbyLuego está la otra historia, igual de interesante. Me refiero a cómo llegó a la pantalla este cuento del tipo que lleva catorce mil años vivo. La idea es de uno de los patriarcas del género: Jerome Bixby, un autor conocido principalmente por sus guiones de Star Trek y The Twilight Zone, pero que también publicó una novela, Day of the Dove, escribió cuentos y fungió de editor de importantes publicaciones de ciencia ficción. Ya en 1969 había dado al público una suerte de derivación del guión original, en la forma del capítulo Requiem for Methuselah de Star Trek, en el que el capitán Kirk, el señor Spock y el doctor McCoy se tropiezan con un hombre que dice haber vivido seis mil años.

La leyenda cuenta que escribió un primer guión de The man from Earth a principios de los 60, pero como se le puso difícil convertirlo en película, pasó el tiempo perfeccionándolo hasta su versión definitiva, que habría terminado en su lecho de muerte en 1998. Esta es la versión que ha llegado hasta nosotros en la forma de esta película de 2007, coproducida por el hijo de don Jerome, Emerson Bixby, y dirigida por un desconocidísimo Richard Schenkman, un tipo que hasta entonces había hecho aquel bodrio en el que Vanessa Williams interpreta una versión farandulera de Ebenezer Scrooge, dos películas de Playboy y poca cosa más.

Convertida en pocos meses en película de culto, gracias principalmente a su difusión en Internet, The man from Earth es el triunfo, el gran final de Jerome Bixby.

14/06/2009

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Chamos escritores

Isaac Gómez Villaé

El de la foto es Isaac Gómez Villaé, un chamo venezolano de nueve años de edad que mañana estará presentando en Maturín su primer libro: Quiero contar. Isaac está escribiendo desde los cinco años, a los seis fue subcampeón de ajedrez en su escuela y le gustan los cuentos de misterio, aunque su libro no pertenece al género. Quiero contar incluye cuatro relatos, una crónica y una canción, y aparece en la colección de narrativa “Luisa Teresa Sosa” de la Imprenta Regional de Monagas. Los textos están dirigidos a los niños y tienen moraleja. La presentación será mañana en la Librería del Sur del Centro Comercial Plaza Guarapiche, en la capital monaguense, a partir de las 11 de la mañana.

Se está haciendo muy frecuente la aparición de libros publicados por niños. En parte porque ahora son más accesibles las vías de publicación, pues niños escritores siempre ha habido. Las letras suelen despertar en la sangre muy temprano, cuando el descubrimiento de la lectura hace su aparición y empiezan a hacerse insuficientes las historias que uno lee.

Luana Nogueira GalvaoEs el caso, por ejemplo, de Luana Nogueira Galvao, la niña española de once años que sale en la foto firmando ejemplares como todo escritor que se precie, y cuyo libro Garsen, el bosque mágico, fue presentado en su escuela, el Colegio Público de la Urbanización Parque Las Castillas, en Torrejón del Rey (Guadalajara, España), el pasado 23 de abril. Luana, quien además ilustró su libro, declaró a la prensa local con palabras de joven sabia: “Si te gusta leer, te gustará escribir”. Ya la precoz autora empezó a escribir su segundo libro. A raíz de esta experiencia, su padre, Jesús Nogueira, anda empeñado en la creación de una plataforma para fomentar el desarrollo literario y artístico de niños y jóvenes e influir en el proceso educativo en España.

Alba Mamani-MacedoEl tercer caso que quiero comentar es el de Alba Mamani-Macedo, la hija de mi amigo el poeta Porfirio Mamani-Macedo. Alba, quien tiene diez años, publicó el año pasado su libro Hija del sol, una colección de hermosos poemas en prosa donde le canta a las hijas de la naturaleza: la hija del sol, la de la luna, la de la noche, la del fuego, la del ecuador… El año pasado, Porfirio presentó dos libros suyos en Lima, pero su mayor orgullo fue que su hija hizo también la presentación de este, su primer libro. Una selección de sus textos será publicada en Letralia la semana próxima, convirtiendo a Alba en la letraliana más joven que haya aparecido hasta ahora en nuestras páginas.

12/06/2009

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Worst-sellers

Worst-sellersAh, el mercado editorial. De Cervantes para acá no hay quimera más buscada que la del best-seller, ese libro que le aporta millones al editor y, con suerte, al autor. Pero la existencia de tal quimera hace posible también la peor pesadilla: el libro que no se vende y que termina siendo destruido por la editorial para ser negociado como papel reciclado (¡brrrr!).

Con mucha imaginación y quizás algo de humor negro, las editoriales españolas Artemisa, Baile del Sol, Errata Naturae, Escalera y Salto de página han organizado para mañana un encuentro en el que presentarán sus worst-sellers: los libros menos vendidos de sus respectivos catálogos. Los títulos que comparten tan dudoso honor son La mujer por la ventana, de Silda Cordoliani (Escalera, 2008); Plop, de Rafael Pinedo (Salto de Página, 2008); Viaje al ojo de un caballo, de Carlos Jiménez Arribas (Artemisa, 2007); El destripador, de Robert Desnos (Errata Naturae, 2008), y La reina de América, de Jorge Majfud (Baile del Sol, 2002).

Dice la nota que ha distribuido Artemisa:

Cada uno de estos cinco títulos esconde una interesante historia más allá de sus páginas, un trayecto metaliterario que empieza cuando el autor concibe su obra y que, por pocos que sean los lectores (o compradores) a los que ésta llega como último escalón del proceso creativo, no termina jamás. Las causas técnicas del escaso registro de ventas pueden ser muchas: el género literario de la obra, la procedencia de los autores, el diseño de los libros, el poder promocional de los editores, el momento de su publicación, la imposibilidad de contar con el autor para promocionar el libro, el desconocimiento del autor por parte del público, la distribución, una cierta displicencia del mercado español hacia la literatura actual que nos llega desde Latinoamérica y que, a juicio de muchos, es la mejor cantera literaria que existe hoy en nuestra lengua. Sin embargo, el valor añadido radicará seguro en el riesgo que muchos editores vocacionales estuvieron (y están) dispuestos a correr a pesar de los pesares.

Una idea interesante que probablemente termine levantando las ventas de estos títulos. La cosa es mañana a la 1 de la tarde, o a las 13 como dicen allá, en el Pabellón del Círculo de Lectores de la Feria del Libro de Madrid. Estarán presentes los editores Pablo Mazo, de Salto de Página; Irene Antón, de Errata Naturae; Talía Luis Casado, de Escalera; Ángeles Alonso, de Baile del Sol, y en representación de Artemisa, Carlos Jiménez Arribas, quien con la frente en alto hablará sobre su worst-seller. Eva Orúe, de Divertinajes, fungirá de moderadora.

10/06/2009

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1984: la opresión invisible

Adaptación cinematográfica de “1984”, de George Orwell, realizada por Michael Radford

En el siglo XX se masifica a nivel mundial el acceso a la información. De pronto los viejos medios impresos se ven compartiendo asientos con los novedosísimos medios audiovisuales, que a la experiencia de la transmisión de los datos aportan el valor agregado de la inmediatez y de la ubicuidad. Como si despertara de un largo sueño en el que no recordara haberse internado, la humanidad abre sus sentidos a un nuevo y luminoso mundo que hasta entonces sólo existe en los dudosos predios de la imaginación.

La percepción del hombre respecto a su entorno sufre un cambio rotundo. Si el medio impreso habla de una realidad, en el medio audiovisual la realidad habla por sí misma. De creer en la existencia de gobiernos y ciudades y personas que desgranan sus días al otro lado del mundo, el ser humano pasa a conocer de primera mano lo que ocurre en esos lugares, valiéndose para ello de medios que le dan la ilusión de encontrarse en el lugar de los acontecimientos —aunque éstos hayan ocurrido días o semanas atrás. El impacto es abrumador.

En forma paralela, y seguramente como parte de un mismo proceso, el Estado adquiere las dimensiones que hoy conocemos, convirtiéndose en el regidor de los destinos de los ciudadanos incluso en las sociedades liberales que pregonan la escasa o nula intervención del Estado en los asuntos privados. Ha nacido la noción de sistema aplicada a las sociedades: el ciudadano es un dócil engranaje enterrado en lo más profundo de una maquinaria cuyos operarios apenas se ocupan de mover palancas, activar interruptores y, claro, desechar los engranajes que no sirven.

El efecto en la literatura no tarda en aparecer. Franz Kafka escribe sobre hombres que pasan toda su vida intentando entrar en la ley; Jack London dibuja el extremo del capitalismo en El Talón de Hierro; Yevgeni Zamiatin imagina una sociedad sin otro pronombre personal que Nosotros; Aldous Huxley plantea en Un mundo feliz una suerte de “distopía utópica” en que la clonación y otros adelantos científicos permiten hacer felices a los hombres, incluso a los descontentos.

George OrwellEs este el tiempo de Eric Arthur Blair, conocido por el mundo como George Orwell. Diez años, los transcurridos entre 1936 y 1946, dan forma a la obra de quien se revelaría como uno de los autores determinantes del siglo XX. En 1936 Orwell realiza la investigación que al año siguiente se convertirá en El camino a Wigan Pier, un reportaje sobre las condiciones de vida de los desposeídos británicos. A finales de ese año viaja a España a luchar en la guerra civil a favor de la República, y unos meses más tarde es herido en el cuello por lo que debe asilarse en Marruecos.

Recuperado, pasa buena parte de la Segunda Guerra Mundial escribiendo, para la BBC, programas propagandísticos a favor de los Aliados. En 1943 renuncia y empieza a escribir para el periódico contestatario The Observer y para la revista izquierdista Tribune. En 1945 muere su esposa, Eileen O’Shaughnessy; enfebrecido, se vuelca sobre el trabajo. El editor de The Observer, David Astor, le ofrece pasar una temporada en su finca Barnhill, en la isla escocesa de Jura, a donde parte Orwell en mayo de 1946. Allí pasará dos años sumergido en la “horrible, exhaustiva lucha” de escribir el que será su último libro y, a la sazón, su obra maestra.

Ya en 1945 Orwell es un periodista solicitado y, ahora, un novelista de éxito. Ha publicado Rebelión en la granja, su conocida metáfora sobre una revolución popular que termina convirtiéndose en Estado totalitario. Pero con El último hombre en Europa va un paso más allá: describe cómo ese Estado totalitario se internaliza en la psique del ciudadano para garantizar la aceptación, y más: la absoluta sumisión. Ya está muy enfermo; su tuberculosis ha empeorado tras pasar en la rudimentaria granja de Barnhill el peor invierno de la historia de Gran Bretaña, el de 1946-47, pero el 4 de diciembre de 1948 entrega el manuscrito al sello Secker & Warburg, con el que había publicado Rebelión en la granja. Sus editores le cambian el título a El último hombre en Europa por el más sugestivo e intrigante Mil novecientos ochenta y cuatro y la publican el 8 de junio de 1949.

Edición original de “1984”, de George Orwell, publicada por Secker & Warburg en 1949En 1984 Londres es apenas una ciudad de la Franja Aérea 1, la tercera provincia más poblada del superestado de Oceanía, compuesto por América, el Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y el continente africano bajo el río Congo. La sociedad se congrega alrededor de la adoración y el respeto al Partido y a su máximo líder, el Big Brother, el Hermano Mayor, una representación a la vez física y mítica del poder —mal traducido como Gran Hermano incluso en respetadísimas ediciones en español.

Las leyes ya no existen. Bajo los principios del Ingsoc —el Socialismo Inglés—, el Estado se ha convertido en el imperio de la sumisión, taponando para ello toda oposición posible mediante la manipulación ideológica, la tecnología invasiva, la desinformación, la tortura, la represión policial e, incluso, la transferencia de facultades represivas al ciudadano, que es instruido a apreciar como un derecho el denunciar a quienes considere hayan cometido algún delito.

Para mantener a la sociedad cohesionada y dócil, el Estado propaga constantemente noticias horrendas sobre la acción perversa de sus supuestos enemigos. Los enemigos del Estado son dos. Uno de ellos es Emmanuel Goldstein, uno de los héroes originales del Partido, quien traiciona al Hermano Mayor y se involucra en actividades contrarrevolucionarias, sin duda pagado por potencias extranjeras. El pueblo se congrega regularmente para expresar su rechazo hacia Goldstein a través de la institución de los Dos Minutos de Odio, mítines sin otro líder que una enorme pantalla ante la que el pueblo abuchea y rechifla mientras aparecen imágenes del traidor:

Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crímenes contra el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían directamente de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando.

Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en algún sitio de la propia Oceanía.

(…) Pero lo extraño era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que apenas pasaba día —y cada día ocurría esto mil veces— sin que sus teorías fueran refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas, en los periódicos y en los libros… a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos a dejarse engañar por él.

El otro enemigo es un Estado con el que Oceanía sostiene una guerra desde hace muchos años. A veces es Eurasia y otras veces Estasia; cuando se está en guerra con uno se está en paz con el otro, pero nadie admite que haya habido algún cambio pues, por un lado, el ciudadano apela a la herramienta del doblepensar, que no es otra cosa que asumir como realidad cualquier cosa que el Estado exija aunque sea una absoluta patraña, y por otro, el Ministerio de la Verdad —donde trabaja Winston Smith, el protagonista de la novela— sustituye diligentemente con nueva información todo rastro documental que atestigüe la existencia de una situación anterior distinta a la actual:

El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. “El que controla el pasado”, decía el slogan del Partido, “controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”. Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban “control de la realidad”. Pero en neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar.

John Hurt como Winston Smith en “1984”, de Michael RadfordEl orden en este Estado omnipotente es impuesto por la Policía del Pensamiento, el cuerpo represivo por excelencia, cuyas abrumadoras dimensiones abarcan desde simples delatores hasta la siniestra y refinada tortura psicológica. El control que mediante este cuerpo ejerce el Estado es absoluto y anula incluso la privacidad, pues el ciudadano puede ser vigilado en todo momento —incluso durante el sueño— para garantizar que se mantenga fiel al Estado, lo que incluye la minuciosa auscultación de su mirada, de sus gestos, de su respiración.

En uno de los pasajes más terribles de la novela, Tom Parsons, vecino de Smith, es apresado, supuestamente por haber murmurado “¡Abajo el Hermano Mayor!” mientras dormía. Lo denuncia su hija, quien a los siete años ya forma parte de una competente brigada de espías. Pero Parsons está feliz, pues ha internalizado que cualquier delito contra el Estado debe ser castigado, incluso si el culpable es él mismo, incluso si la culpa es dudosa:

Me he pasado la vida trabajando tan contento, cumpliendo con mi deber lo mejor que podía y, ya ves, resulta que tenía un mal pensamiento oculto en la cabeza. ¡Y yo sin saberlo! (…). No se le puede pedir más lealtad política a una niña de siete años, ¿no te parece? No le guardo ningún rencor. La verdad es que estoy orgulloso de ella, pues lo que hizo demuestra que la he educado muy bien.

Tal proceso de internalización es común a todos los ciudadanos, hasta el punto de que los que se encuentran en situación de rebeldía deben fingir que aceptan como lo único moralmente admisible la “verdad” establecida por el Estado. La opresión existe, pero es negada; cualquier recuerdo de hechos contra la dignidad humana es conscientemente suprimido por el ciudadano. Así, la opresión adquiere su forma más perfecta: la invisibilidad. “El mejor truco del Diablo es hacernos creer que no existe”, diría Baudelaire en 1864 (y repetiría Verbal Kint en 1995).

John Hurt como Winston Smith y Suzanne Hamilton como Julia en “1984”, de Michael RadfordSmith tendrá ocasión de probar en carne propia los mecanismos de persuasión, persecución y tortura del Estado. El control férreo de las actividades de los ciudadanos abarca también la intimidad. El sexo está prohibido, e incluso los matrimonios se han habituado a verlo como algo repugnante. Existe una “Liga Anti-Sex”, garante de que los ciudadanos no cometan el delito de la promiscuidad. Una de sus integrantes, Julia, una especie de “rebelde sexual”, contacta a Smith y, eventualmente, se envuelven en una relación a escondidas que terminará con la detención y “reeducación”, mediante la tortura, de ambos.

Tiempo después, Smith y Julia se encuentran por casualidad en un parque. Ya nadie los vigila; el Estado sabe que la “reeducación” es definitiva. “Lo que te ocurre aquí es para siempre”, le ha dicho O’Brien, el torturador, a Smith. Julia tiene una cicatriz que va de la frente a la sien; Smith también está desfigurado y los ojos le lagrimean de forma permanente. Apenas se dan tiempo para confesarse que se traicionaron mutuamente mientras eran torturados. Se separan y nunca vuelven a verse.

En la escena final, Smith está en un restaurante, ante un tablero de ajedrez, suprimiendo en silencio cualquier recuerdo inconveniente, “falsos recuerdos”. Ante él una pantalla emite noticias sobre las gloriosas victorias del ejército contra los enemigos del Estado. La cara del Hermano Mayor parece mirarlo desde un cartel en la pared, sobre la leyenda “El Hermano Mayor te vigila”.

Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella oculta bajo el bigote negro. ¡Qué cruel e inútil incomprensión! ¡Qué tozudez la suya exilándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Hermano Mayor.

Al situar las acciones en el futuro —un futuro que para nosotros ya es pasado, claro—, 1984 se ganó en muchos ámbitos el mote de novela de anticipación. Orwell, sin embargo, siempre la definió como una sátira del control del Estado, específicamente en las sociedades comunistas. En Recordando la Guerra Civil Española, un extenso artículo publicado en 1943, Orwell cuenta lo que pudo ser uno de los detonantes de su obra maestra:

Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. Vi informar sobre grandiosas batallas cuando apenas se había producido una refriega, y silencio absoluto cuando habían caído cientos de hombres. Vi que se calificaba de cobardes y traidores a soldados que habían combatido con valentía, mientras que a otros que no habían visto disparar un fusil en su vida se los tenía por héroes de victorias inexistentes; y en Londres, vi periódicos que repetían estas mentiras e intelectuales entusiastas que articulaban superestructuras sentimentales sobre acontecimientos que jamás habían tenido lugar.

Si hoy en día sentimos un breve estremecimiento cuando comparamos con la situación actual el Estado de 1984, es porque sabemos, aunque lo neguemos de manera consciente, que el sistema nos oprime de maneras igual de perversas. El Estado omnipotente de la novela tiene su representación contemporánea y real en el conjunto de fuerzas compuesto por gobiernos, ejércitos y cuerpos policiales, medios de comunicación. Todos articulando solapadamente los mismos mecanismos invisibles de la opresión plasmada en 1984, desde la manipulación ideológica hasta la desinformación pasando por la transferencia de facultades represivas al ciudadano en la forma de fanatismos inducidos. Creemos no saberlo, incluso creemos negarlo, pero nunca como ahora son reales las tres consignas del Partido del Hermano Mayor: “La guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza”.

08/06/2009

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Premio Rómulo Gallegos: estos son los finalistas

XVI Premio Internacional de Novela Rómulo GallegosAunque no será hasta mañana a las 10:30 cuando, durante una rueda de prensa en la Sala Arturo Uslar Pietri del Celarg, en Caracas, se conozca el nombre del ganador del XVI Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, el diligente equipo de prensa de la institución ya anunció a los medios las siete novelas finalistas, primera señal de vida que se permiten cada año los miembros del jurado.

De las 274 novelas que participaron en esta edición, quedaron como finalistas La ceiba de la memoria, de Roberto Burgos Cantor (Colombia), El profeta imperfecto, de Fernando Butazzoni (Uruguay); El país de la canela, de William Ospina (Colombia); Bolívar. Delirio y epopeya, de Víctor Paz Otero (Colombia); Tratado del amor clandestino, de Francisco Proaño (Ecuador); Los ojos del huracán, de Berta Serra Manzanares (España) y La historia que me escribe, de Fernando Trías de Bes (España).

De las novelas mencionadas, al menos una viene enmantillada: La ceiba de la memoria, de Burgos Cantor, que acaba de recibir el premio de narrativa “José María Arguedas”, en el marco de los premios literarios de la Casa de las Américas.

Este año la novela ganadora del Romulón será escogida por los jueces Humberto Mata y Enrique Hernández D’Jesús, de Venezuela; Graciela Maturo, de Argentina; Miguel Barnet, de Cuba, y la mexicana Elena Poniatowska, ganadora de la edición anterior. El veredicto, como ya dije, será revelado mañana en la mañana, y al terminar el acto el Ministerio de Cultura de Venezuela obsequiará libros al público asistente. También mañana, a las 6 de la tarde, habrá un foro en la Biblioteca Isaac J. Pardo del Celarg, sobre la obra ganadora. La entrada a ambos eventos es gratuita.

03/06/2009

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La verdadera amenaza

Pink Floyd: The Wall

Hace un rato me llamaron para avisarme que Mili murió.

Mili y yo compartimos aulas en el liceo y después nos perdimos la pista. Nos encontramos más de diez años después, por casualidad, y después de eso nos vimos con alguna frecuencia en diversas circunstancias. Era una persona alegre y descomplicada, y una profesional estable con su propia oficina en el centro de Cagua. Una morena alta, bella y sonriente cuya amistad franca me honró, y a quien le tuve mucho cariño.

Una noche, después de visitar a su mamá, Mili emprendió en su carro el camino a su casa. Fue interceptada por dos hombres jóvenes encaramados en una moto que hicieron disparos de televisión: dos en el pecho y uno en la cabeza. Sus dos hijos, que la acompañaban, también fueron alcanzados por las balas. Más tarde, su hija menor contó que tras la masacre los hombres se acercaron y vieron el rostro ensangrentado de Mili. Entonces uno de ellos le dijo al otro: “¡Marico, nos equivocamos, esta no era!”. Y huyeron a toda velocidad.

Mili nunca recuperó el conocimiento. Pasó meses en cama, hasta hoy.

Cuando leo payasadas sobre magnicidios pienso en lo pendejos que somos y en todas las burradas que hemos hecho para llegar a este punto. Una banda de malandros que goza el poder a costa de nuestra estupidez, y una banda de malandros que no halla cómo hacer para volver a gozar el poder a costa de nuestra estupidez. Porque a eso se reduce todo: a una mala película de malandrines proyectada en un cine gigante lleno de espectadores impotentes, algunos tan ilusos que se creen protagonistas de la vaina, mientras al país lo consumen la inseguridad, los servicios inservibles, la elucubración ideológica.

Hace rato que dejé de creer en optimismos facilones sobre construir un país y toda esa paja. Hace rato que dejé de creer que este es nuestro país. Este país es de los malhechores y rufianes. Ellos son los que sonríen de medio lado cuando alguien menciona que Venezuela es “un país rico”. Sonríen porque son los únicos que lo saben a ciencia cierta, son los únicos que han podido ponerle mano a esa riqueza mientras confunden a los espectadores con pasapalos ideológicos piches y denuncias de planes de magnicidio, por un lado, y con “luchas por la libertad”, por el otro.

Para los demás, para nosotros los bolsas, quedan los apagones diarios, el agua que se va sin explicación ni lógica alguna, el abuso de los bancos, las escuelas en ruinas, las calles que se desmoronan, la inflación que galopa, los malandros que nos matan, los policías que nos matan. Y no nos damos cuenta de nada porque somos un atado de gafos fanáticos. La raza de Bolívar, los descendientes de los libertadores, los adalides de la democracia; todos placebos para gafos que, cuando nos da por demostrar nuestra valentía, es para caernos a golpes entre nosotros mismos.

Esa es la verdadera amenaza, el magnicidio personal que arrastró a Mili y nos arrastra a los venezolanos cada día. A nosotros no nos van a destruir la CIA, los medios, la Iglesia, Chávez ni la oposición. A nosotros nos vamos a destruir nosotros mismos.

02/06/2009

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