La verdadera amenaza

Pink Floyd: The Wall

Hace un rato me llamaron para avisarme que Mili murió.

Mili y yo compartimos aulas en el liceo y después nos perdimos la pista. Nos encontramos más de diez años después, por casualidad, y después de eso nos vimos con alguna frecuencia en diversas circunstancias. Era una persona alegre y descomplicada, y una profesional estable con su propia oficina en el centro de Cagua. Una morena alta, bella y sonriente cuya amistad franca me honró, y a quien le tuve mucho cariño.

Una noche, después de visitar a su mamá, Mili emprendió en su carro el camino a su casa. Fue interceptada por dos hombres jóvenes encaramados en una moto que hicieron disparos de televisión: dos en el pecho y uno en la cabeza. Sus dos hijos, que la acompañaban, también fueron alcanzados por las balas. Más tarde, su hija menor contó que tras la masacre los hombres se acercaron y vieron el rostro ensangrentado de Mili. Entonces uno de ellos le dijo al otro: “¡Marico, nos equivocamos, esta no era!”. Y huyeron a toda velocidad.

Mili nunca recuperó el conocimiento. Pasó meses en cama, hasta hoy.

Cuando leo payasadas sobre magnicidios pienso en lo pendejos que somos y en todas las burradas que hemos hecho para llegar a este punto. Una banda de malandros que goza el poder a costa de nuestra estupidez, y una banda de malandros que no halla cómo hacer para volver a gozar el poder a costa de nuestra estupidez. Porque a eso se reduce todo: a una mala película de malandrines proyectada en un cine gigante lleno de espectadores impotentes, algunos tan ilusos que se creen protagonistas de la vaina, mientras al país lo consumen la inseguridad, los servicios inservibles, la elucubración ideológica.

Hace rato que dejé de creer en optimismos facilones sobre construir un país y toda esa paja. Hace rato que dejé de creer que este es nuestro país. Este país es de los malhechores y rufianes. Ellos son los que sonríen de medio lado cuando alguien menciona que Venezuela es “un país rico”. Sonríen porque son los únicos que lo saben a ciencia cierta, son los únicos que han podido ponerle mano a esa riqueza mientras confunden a los espectadores con pasapalos ideológicos piches y denuncias de planes de magnicidio, por un lado, y con “luchas por la libertad”, por el otro.

Para los demás, para nosotros los bolsas, quedan los apagones diarios, el agua que se va sin explicación ni lógica alguna, el abuso de los bancos, las escuelas en ruinas, las calles que se desmoronan, la inflación que galopa, los malandros que nos matan, los policías que nos matan. Y no nos damos cuenta de nada porque somos un atado de gafos fanáticos. La raza de Bolívar, los descendientes de los libertadores, los adalides de la democracia; todos placebos para gafos que, cuando nos da por demostrar nuestra valentía, es para caernos a golpes entre nosotros mismos.

Esa es la verdadera amenaza, el magnicidio personal que arrastró a Mili y nos arrastra a los venezolanos cada día. A nosotros no nos van a destruir la CIA, los medios, la Iglesia, Chávez ni la oposición. A nosotros nos vamos a destruir nosotros mismos.

02/06/2009

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