Cambiará el universo pero yo no

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad.

Borges, El Aleph.

28/06/2010

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Gaby

Gaby

Hace unos cuatro años Gabriela Carolina, mi Gaby, se apareció en casa con la gran noticia: Papi, tengo novio. Tres palabritas, lo sabe todo aquel que tenga hijas, que bastaron para que la cara se me pusiera de un rojo intenso y las orejas se me incendiaran por dentro. Nos miramos durante unos segundos que transcurrieron vastos como una eternidad mítica, y al final sólo pude sonreír pues mis ojos vieron claramente en sus ojos una certeza: mi hija de dieciséis años estaba enamorada.

Ricardo resultó ser un muchacho cabal, serio y emprendedor al que no le costó mucho hacerse de mi confianza. Hablaba con el tono orgulloso del niño al que acaba de crecerle la voz, el mismo tono del niño que empieza a ser hombre sin saberlo. Gaby se iluminaba y lo iluminaba cuando estaban juntos e incluso cuando no. Ambos construyeron una relación sólida y feliz y rápidamente se convirtieron en el centro de un grupo de chicos que apenas estrenaban sus carnets universitarios.

Gaby y RicardoEl viernes 28 de mayo Ricardo y mi Gaviota murieron en un accidente de tránsito sin haber cumplido los veinte años. Lo escribo así, de un tirón, como obligan la tristeza y el dolor y la rabia, como obliga la ruda precisión de un hecho que no puede cambiarse ni atenuarse: un hecho irremediable.

Quedan conmigo, para animarme a seguir avanzando, mis otros dos hijos, Mariana y Jorge. Queda, también, el vivo recuerdo de mi Gaby, mi Gaviota, mi Gabinete, que supo afrontar su corta vida con una sonrisa enorme, saludable, y una actitud vigorosa que siempre la mantuvo alejada de la derrota. La misma actitud con la que apenas ayer venció el terror que le producía su primer día en el preescolar, cuando al ver a los demás niños cantando alrededor de la maestra, se secó las lágrimas y exclamó, sonriente: ¡Papi, pero si esto es como una fiesta!

Mi niña me deja con el recuerdo feliz de la última tarde que pasamos juntos, el jueves 27, unas horas antes de su partida. El cielo anunciaba lluvia y salimos al patio a hacer planes, pues es sabido que a los diecinueve años sólo se tienen planes. Hablamos de un viaje y de otras cosas para las que empezábamos a prepararnos. Nos abrazamos, yo miré el cielo gris y besé su frente. Su sonrisa se despidió de mí unos minutos más tarde.

Vaya para ti, mi Gaby, mi Gaviota, este tributo insuficiente a tu sonrisa, a tu alegría de siempre.

02/06/2010

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