Anónima llama la atención sobre el artículo “Cultos: una encuesta”, que publicó hace algunos meses en su número 20 la revista La Mujer de mi Vida, y en el que se plantean tres preguntas:
- ¿Qué es ser culto hoy?
- ¿Es un valor ser culto? ¿Por qué?
- ¿Podría diferenciar entre ser culto, ser un erudito y ser un intelectual?
A manera de respuesta se publican las reflexiones de Carlos Altamirano, Miguel Brascó, Canela (Gigliola Zecchin), Germán García, Jorge Halperín, Laura Linares, Vicente Muleiro, Roberto Pettinato, Roberto Rosler, Oscar Terán y Claudio Zeiger.
Me gustaron algunas de las condiciones que el escritor y periodista Miguel Brascó prescribe para quien se precie de ser culto (y me las robo completas para esta nota):
- Sin necesariamente conocer a fondo su obra, por lo menos no quedarse en ayunas cuando alguien menciona a Wittgenstein; mantener trato cotidiano con los libros en su conjunto, tanto en el ámbito extranjero desde el romano Catulo hasta Anthony Burgess y Julian Barnes, pasando por Rabelais, Gus Flaubert y Faulkner; y en el local de los argentinos, desde Sarmiento y José Hernández hasta Borges, Mario Trejo y quienes vienen después.
- Escuchar música regularmente, y con gusto, desde los Grandes como Juan Sebastian Bach, Beethoven, Brahms, Ravel o Shostakovich, hasta Erik Satie Scriabin, Steve Reich, Gershwin, Bill Evans, Piazzolla o Ariel Ramírez.
- Distinguir a primer golpe de vista cualquier obra de Fernando Fader de otra pintada por Carlos Alonso; y no necesariamente excitarse frente a un action painting de Jackson Pollock pero sí con El Greco, Van Gogh, Picasso, Paul Klee o Pat Andrea.
- Estar en speaking terms con el idioma inglés, el francés y eso que hablan y escriben tan bien los norteamericanos. También, ya que estamos, con el castellano.
- No dejarse atrapar por Coelho, Benedetti, los best sillies y los artistas que son buenos porque dan bien en las fotos o usaron el marketing del radical chic.
- Saber aunque sea de oído qué son los quantas, las estrellas enanas, los jeroglíficos de Tutankhamon, dónde quedaba la república gay de Weimar y dónde ahora el enclave de Marruecos, quién es el arquitecto Pei, cuál es el procedimiento para entrar en la web, y por qué es famoso Carlomagno. Adiestrarse para manejar en forma amena el arte de la conversación; enterarse de lo que distingue una bebida fermentada de otra destilada, de en cuál restaurante de Buenos Aires se come un hígado a la inglesa de culinarias impecables; aprender a preferir, entre otros platos, a la brandade de morue, las ostras de San Blas, el coulibiac de Francis Mallmann, los sesos en suave bechamel y el pescado crudo; no con cerveza o Coca Cola sino con vino y los codos fuera de la mesa; vestirse con criterio propio y no por los imperativos coyunturales de la moda. Y en líneas generales no elegir nunca la vulgaridad sino las actitudes inteligentes y las conductas de buen tono. Hágame caso: intente de cualquier manera actuar y conducirse de manera culta.
Bonus track: el artículo “¿Qué es ser culto hoy? El curro de lo culto”, de Andrew Graham-Yooll, en la misma revista. Una visión bastante descarnada del asunto:
Para las tías que tuvieron que ver con mi crianza ser culto se empalmaba con tener buenas maneras en la mesa, que era lo que permitía juzgar un nivel de sabiduría. Una persona culta sabía comportarse en un círculo social elegante, sabía decir por favor y gracias, y sabía seleccionar los tenedores y cuchillos que flanqueaban el plato de menor a mayor. (…) Ahora, en muchos círculos urbanos la persona culta es medida por su capacidad de adquisición y acumulación de elementos y experiencias que han sido clasificadas comercialmente como culturales (visitas a museos, cursos de historia del arte, obtención de entradas para el recital de despedida de Joan Manuel Serrat, concurrir a la cancha de River una vez por año, poseer una computadora de escuintillones de megas, y recordar que en algún momento del verano anterior se había comenzado la lectura de un libro que estaba recomendado como importante por los críticos del suplemento Radar Libros de Página 12). (…) Quizás estemos olvidando que ser culto significa tener cierto nivel de cultura que puede variar según la modalidad social o generacional, que se ha logrado un nivel de instrucción que en sí permite acceder a un conocimiento más amplio, que refleja una medida de curiosidad por lo que se desarrolla a nuestro alrededor.
Agregado por mí: ser culto implica todo eso, pero además se debe tener suficiente estilo como para no arropar a nadie, y suficiente humildad para decir “No sé” y disponerse a aprender.
A ver, y para ustedes, ¿qué es ser culto?