Ateo: a, partícula negativa; theos, dios. Sin dios.
Wikipedia cita algunos datos estadísticos sobre el ateísmo (negación de la existencia de Dios) y el agnosticismo (duda sobre la existencia de Dios):
Según el Britannica Book of Year (1994) hay 1.154 millones de agnósticos y de ateos en el mundo. La World Christian Encyclopedia anuncia 1.071 millones de agnósticos y 262 millones de ateos en el año 2000. Según la obra de J. Baubérot (dir.), Religion et laïcité dans l’Europe un cuarto de la población europea sería “no religiosa”. El 5% de los europeos serían ateos convencidos. Una encuesta en 21 estados sobre un universo de 21.000 personas y publicada en diciembre de 2004 ofrece que un 25% de los europeos del oeste se dicen ateos contra un 12% en los países de Europa central y oriental. Otras encuestas arrojan el resultado de que el 49% de los checos y el 41% de los holandeses son ateos.
Sendos artículos en la misma Wikipedia hacen una distinción entre el ateísmo débil y el fuerte, siendo éste la negación absoluta de todo misticismo, mientras que el primero es apenas un descreimiento causado principalmente por problemas personales. Algo comprensible cuando el mismo Cristo —según cuenta la Biblia—, en medio de la tortura final en la cruz, le pregunta a Dios por qué lo ha abandonado.
Un ateo no solamente niega la existencia de Dios. También considera irreal toda otra forma de misticismo: el diablo, los vampiros, la fuerza. Ni siquiera los hechos que el creyente tiene como evidencias de la existencia de Dios —milagros, hechos sobrenaturales— convencen al ateo, pues alguna explicación científica tendrán, aunque no se disponga de ella por los medios técnicos actuales. Tan acendrada como tenemos nuestra creencia en todo lo mágico, es comprensible que el creyente no entienda los postulados filosóficos del ateísmo, de la misma manera como el ateo considera obvia la inexistencia de Dios.
La postulación de explicaciones racionales para sustentar el ateísmo ha llevado a la Iglesia Católica —ignoro cómo será en otras religiones— a considerarlo peligroso y a estigmatizarlo, lo que incide para que mucha gente tenga al ateo por una mala persona. Esto no necesariamente es así: un ateo puede ser una buena o mala persona, de la misma manera como hay buenas y malas personas entre quienes profesan cualquier fe.
La verdad, no creo que haya manera de contabilizar cuántos ateos existen. A veces el ateo termina aceptando la idea de la existencia de Dios, como fue el caso de Mario Briceño-Iragorry, y hay quien mantiene por siempre la nostalgia de Dios, como le ocurre al sacerdote ateo de San Manuel Bueno, mártir —la novela de Miguel de Unamuno—, que hace el bien para no tener tiempo de pensar en torno a su falta de fe, pues teme que ésta lo lleve al suicidio. Aparte, claro, de que quienes se declaran ateos a raíz de alguna tragedia personal no son realmente ateos, sólo están un poco despechados pues no entienden aquello de que “los caminos de Dios son inescrutables”.