La vida exagerada de Bryce Echenique

Alfredo Bryce Echenique (foto de la revista Caretas)

En Venezuela, cuando alguien se muestra afectado por el flagelo de la explicadera —uno comete un error, mira hacia el cielo con expresión culpable y luego empieza a explicar, sin demasiada convicción, por qué hizo lo que hizo—, siempre hay quien le lance el refrán fulminante que aplica en tales casos: No aclares, que oscureces. Cada explicación con la que trates de justificar tus acciones terminará por asentar con bases más firmes, en tus interlocutores, la certeza de que no contento con meter la pata, ahora vuelves a meterla al intentar liberarte de tus responsabilidades.

En algo así pensaba mientras leía, guiado por esta nota de Gustavo Faverón, la entrevista que la revista peruana Caretas publicó ayer en la que Bryce Echenique mete la pata tratando de negar que alguna vez haya metido la pata. Las respuestas del escritor son tan alucinantes que por un momento pensé: esto tiene que ser parte de un complot del hombre del cigarro. Acusa a alguien y después dice que no puede afirmar nada al respecto. Dice que no tiene secretaria, que en su momento le echó la culpa a “la secretaria” para darse importancia. Que no recuerda si lo plagió o si lo plagiaron (o algo así). Que el plagio es “un acto de admiración, de cariño”, pero también que llamar a alguien “maricón o plagiario” es un insulto. Creo que lo más coherente que dice tiene que ver con hospitales siquiátricos y alcoholismo.

En fin. Qué cosa más rara es esta de la literatura, ¿no?


Federico Andahazi y la epidemia del plagio

Federico AndahaziTal parece que el asunto de los plagios es una especie de epidemia. Por un lado exoneran a Dan Brown y por otro acusan a Federico Andahazi. Su novela El conquistador, ganadora del premio Planeta y recién publicada por este sello editorial, ha sido señalada como un plagio de la obra teatral Los indios estaban cabreros, escrita por el dramaturgo argentino Agustín Cuzzani y estrenada en 1958 con Héctor Alterio y Juan Carlos Puppo como protagonistas. La denuncia fue presentada hace unos días en un juzgado de Buenos Aires por el hijo de Cuzzani.

Tanto El conquistador como Los indios estaban cabreros narran la historia de un líder del imperio azteca que hace el viaje de Colón a la inversa y antes de 1492. Algo así como el Welcome Colón de Virulo, aunque quizás no tan divertido. No creo que la cosa pase a mayores, si los diecinueve puntos similares que Cuzzani hijo halló en la novela de Andahazi respecto a la obra de su padre son como estos:

Cuzzani Sr: Estamos en la plaza del Mercado de una pequeña aldea de pescadores a orillas del Mar Atlántico, en las costas mexicanas del Imperio Azteca.
Andahazi: La plaza del mercado, rodeada de canales, se iba poblando a medida que llegaban las barcazas cargadas. Era aquél el corazón del Imperio Mexica.

Yo creo que acaso lo más sospechoso es que está involucrada Planeta, editorial que tiene su buen rosario de historias en este rubro. Andahazi se ha mostrado sorprendido por la denuncia, que está fundamentada en un informe encomendado por Cuzzani a una doctora en letras. Ha dicho que él ni conocía la obra teatral y que sospecha de la existencia de un “interés oscuro” en el asunto. Piensa que, en literatura, el límite de la libertad es el plagio. Y, claro, ya su abogado empezó a preparar una demanda contra Cuzzani.

De Andahazi he leído El anatomista, la obra que lo convirtió en la estrella del personal. Buena parte de la novela me recordó el aroma cientificista de El perfume, de Patrick Süskind …salvando las distancias, por supuesto. Pero hacia la mitad, cuando arranca el juicio al protagonista, parece que Andahazi se aburrió y empezó a escribir a paso redoblado.

En aquel momento el escritor también fue noticia: El anatomista ganó el premio Fortabat, pero la fundación homónima, auspiciante del galardón, se horrorizó cuando se percató de que estaba premiando a un libro sobre esa vulgaridad que algunos malhablados llaman clítoris.


Bryce, el cleptómano

Alfredo Bryce Echenique. Foto de Sophie Bassouls (1997)En menudo zaperoco anda metido Alfredo Bryce Echenique a causa de las repetidas acusaciones de plagio que le han hecho estos días. Ya en julio del año pasado, Herbert Morote había encendido la mecha con las acciones penales que inició contra el escritor por el plagio de su ensayo Pero, ¿tiene el Perú salvación?, y Bryce Echenique dijo que él no necesitaba plagiar a nadie, faltaba más.

El domingo pasado, El Comercio publicó el artículo “Potencias sin poder”, firmado por el autor de La amigdalitis de Tarzán. El martes 20, apareció en el mismo diario una carta del embajador Oswaldo de Rivero donde se aclaraba que era él, y no Bryce, el autor del artículo. El diario, además de publicar la carta, quitó el nombre del escritor y lo sustituyó por el del embajador. Como debe ser. También difundió la defensa de Bryce, que le echa la culpa a su secretaria. Por eso es que yo no tengo secretaria.

El problema es que luego surgieron nuevas acusaciones. Peru21 cuenta en esta nota tres casos más en los que artículos de otros autores fueron plagiados por Bryce Echenique, y después salieron otros: en total van ocho. Para enterarse bien de la cosa basta con leer las notas que Gustavo Faverón le ha dedicado al tema: esta, esta, esta y esta. Gustavo, además de recordar que Bryce es un autor realmente prolífico, sostiene que el precedente de las acusaciones de Morote el año pasado haría presuponer que el escritor estaría ahora más pendiente de sus cosas:

…el que Bryce se viera sometido en julio pasado al escándalo de la primera acusación, hace aun más inverosímil que haya perpetrado voluntariamente los otros tres, que se produjeron entre octubre y diciembre últimos.

Por ello, hay quienes hablan de la posible contratación de escritores que hubieran hecho para Bryce el trabajo de escribir estos artículos de corto aliento, y que, en vez de cumplir su tarea, habrían simplemente tijereteado los textos de otros y se los habrían entregado a Bryce o a su secretaria como propios. No es nada inusual que ciertas personas recurran a los oficios de terceros para escribir textos circunstanciales.

Si alguien me preguntara al respecto, yo respondería que me parece bien extraño que de pronto un escritor de renombre empiece a comportarse como cleptómano, dejando un montón de plagios regados por allí. De paso, un escritor que tiene una obra que lo defiende a capa y espada. Como Cela, pues.

Bueno, reconozco que eso último fue un comentario rebosante de sarcasmo.


Di Nucci y la propiedad privada

“Bolivia Construcciones”, de Sergio di NucciYa en Letralia comenté mi opinión sobre el caso de Sergio di Nucci, el escritor argentino que ganó el año pasado el premio La Nación-Sudamericana con Bolivia Construcciones y que desde febrero se ha convertido en la espita que una vez más —la cosa es cíclica— ha liberado las pasiones en torno al tema del plagio, a raíz de que un joven lector descubriera que había copiado una parte extensa de Nada, novela de Carmen Laforet que obtuvo el primer premio Nadal por allá por los años cuarenta. Pero no tengo problema en repetirla (y simplificarla) aquí: plagio es plagio, si usted se copia la creación de otro, usted está plagiando. Esas profundidades intertextuales en que se meten ciertos críticos son, a mi manera de ver, una forma de enredar las cosas sacándole hasta la última gota al significado de los conceptos, sólo para que la realidad cuadre con sus teorías. O sea, una real zoquetada.

Mi visión es simple porque soy un escritor simple. Se me ocurre una idea, me siento y escribo. De niño me enseñaron que las ideas son mejores cuando uno las moldea con su experiencia y su perspectiva. No importa que lo que uno escriba valga tres lochas, pero tiene que ser original.

Vale la pena por ello echarle un ojo al artículo de Elsa Ducraroff, quien rebate uno por uno los puntos de quienes han defendido a Di Nucci con el cuento aquel de la intertextualidad. Me produjo especial interés la forma como se enfrenta Ducraroff a la justificación que de Di Nucci hace Daniel Link, quien dice algo así como que el concepto de plagio es una derivación de la propiedad privada, esa mácula castrante que representa con todas sus letras al capitalismo. Responde Ducraroff:

La puesta en jaque total de la propiedad privada poco tiene que ver con los planteos de Marx, que son los que originaron en la humanidad tanto revolucionarismo. Solamente desde el desconocimiento profundo o desde la mala fe se puede escribir eso. Marx no ataca cualquier propiedad privada, ataca una muy concreta: la propiedad privada de los medios de producción. Postula la necesidad de terminar con ella. ¿Y para qué? Simplísimo: para que nadie pueda apropiarse de trabajo ajeno. Repito, subrayo: para que nadie pueda apropiarse (como hace quien plagia) de trabajo ajeno.

El artículo es enorme, pero quien esté interesado en el tema no puede dejar de leerlo. Ducraroff también comenta la justificación de Jorge Panesi, para quien todos los escritores roban porque la literatura “implica la suspensión de la moral”.


Epitafio

Jorge Luis Borges y Harold Alvarado Tenorio, en IslandiaAl papá de Héctor Abad Faciolince lo mataron el 25 de agosto de 1987. En uno de los bolsillos de su camisa encontraron este soneto de Borges, llamado “Epitafio”:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

El año pasado, Abad Faciolince publicó su libro testimonial El olvido que seremos, en el que rinde homenaje a su padre. Durante la presentación del libro en la Feria de Guadalajara, el escritor conoce a Ricardo Sabanes, editor de Borges en Argentina, y le habla del soneto borgiano que, dicho sea de paso, él no pudo hallar en las obras completas del autor de Ficciones. Sabanes promete consultar el asunto con María Kodama, pero pasa el tiempo y no hay respuesta.

Entonces Abad Faciolince recuerda cierto episodio. En 1972, Harold Alvarado Tenorio había publicado Pensamientos de un hombre llegado el invierno, libro que entre sus varias bondades incluía la de haber sido prologado por Borges. El caso es que Borges, como descubriría poco tiempo después un periodista argentino, no recordaba haber escrito el prólogo en cuestión:

Los pareceres y el estilo del prólogo concuerdan con lo que yo hubiera podido escribir. Asimismo las autoridades que alega el texto corresponden a mis preferencias. También es raro que mi memoria haya dejado caer un hombre tan singular como Harold Alvarado Tenorio, pero a los 73 años el olvido es harto accesible. Pienso que el “Prólogo” es una afortunada parodia, que debo agradecer.

El prólogo, como revelaría más tarde Alvarado Tenorio en su artículo “De cómo escribí un prólogo de Borges” —fragmentos del cual publicó Juan Granados en su blog, de donde he tomado la foto de Alvarado Tenorio al lado de Borges—, era apócrifo y además, como había vislumbrado el Viejo, bastante afortunado:

Pensamientos de un hombre llegado el invierno se hizo en Cali en 1972, y fue promocionado con el prólogo apócrifo de Borges, aun cuando nunca hizo parte del cuerpo del libro. Los editores, a sabiendas que era falso, hicieron unas hojas sueltas con él y fue tanto su éxito, que el día de la presentación se vendieron 70 prólogos y apenas 12 libros.

Así, Abad Faciolince decide llamar a Alvarado Tenorio, con quien lo une una vieja amistad:

Decidí hablar con Harold a como diera lugar y al fin logré conseguir su teléfono con Ignacio Ramírez, el director de Cronopios. Hablé con él y, para mi dolor, confirmó mis sospechas: “Ese poema lo escribí yo”. Después añadió: “Lo escribí hace más de diez años y lo publiqué por primera vez en el Nº 2 de la revista Número, en octubre de 1993. Como tenía unas fallas de métrica, William Ospina me lo corrigió”.

¿Cómo llegó un poema publicado por vez primera en 1993 al bolsillo de un hombre asesinado en 1987? La historia completa —a la que llegué por un correo de Luis Fernando Castrillón— fue publicada en enero pasado por la revista Cromos, e incluye un intento de explicación por parte de William Ospina, conocedor de la obra de Borges que en 1993 fue consultado por los editores de Número para proceder a la publicación de un conjunto de sonetos en el que se encontraba “Epitafio”. Sonetos que, por supuesto, habían llegado a ellos de manos de Alvarado Tenorio, junto con un artículo en el que contaba cómo los había “obtenido” él.

Cromos también incluye la ácida versión de Alvarado Tenorio:

Pienso que esa es una vaina para vender libros que Héctor Abad se ha inventado porque no creo que el papá haya visto eso por algún lado, eso es imposible. Él encuentra la línea, puso la línea en el poema y quién sabe por qué ha pensado que yo puedo decir algo o que me voy a burlar de él. Yo también tengo fama de eso, que cojo a la gente en un truco y le acomodo una vaina infame y me burlo de ellos. Para mí que es un recurso de Héctor porque no tengo evidencias de que publicaran eso. Todas las pruebas son de que se publicó después. No tengo un papel en el que me muestren que las sacaron antes.

En cualquier caso, la historia es deliciosa. Para los curiosos, en la web de Número está el poema “Memento”, en el que Abad Faciolince relata el episodio del hallazgo del soneto.


Galería hispanoamericana del plagio literario

La GiocondaEl Plagio Literario es un nutridísimo portal que escarba meticulosamente sobre este tema, en el marco de la literatura hispanoamericana. Además de ofrecer varias definiciones del plagio, describir cómo se ha desarrollado el fenómeno en la historia y recopilar diversas posturas en torno al tema, hay unas cuantas historias de plagios y plagiarios que incluyen nombres de la talla de Gonzalo de Berceo, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Villegas y, más recientes, Camilo José Cela, Pablo Neruda, Carlos Fuentes, Manuel Vázquez Montalbán, Gabriel García Márquez y Lucía Etxebarría, entre muchos otros.


La verdadera muerte de Alfonsina Storni

Monumento a Alfonsina Storni en la playa La Perla, en Mar del Plata

El Centro Virtual Cervantes inauguró hace poco esta exposición sobre la poeta argentina Alfonsina Storni, en la que se puede leer su biografía, algunos artículos y una selección de sus poemas. Una oportunidad de lujo para conocer la obra de una mujer que se destacó por su postura respecto a los prejuicios sociales —que avivaba por su situación de madre soltera—, por su vida literaria manifiesta en su poesía y en su amistad con los grandes autores de la época —Gabriela Mistral, Oliverio Girondo, Horacio Quiroga— y, sobre todo, por el mito que rodea a su muerte.

Alfonsina, así a secas como la recordamos, es una de las leyendas de la literatura hispanoamericana que con más fuerza retumban en la memoria del colectivo, a donde llegó de la mano de la canción de Ariel Ramírez y Félix Luna que le ha dado la vuelta al mundo en la voz de Mercedes Sosa. La misma canción que, en una licencia poética, habla de una Alfonsina que le dice a su interlocutor —en la canción una nodriza, pero podría ser cualquiera— que, “si llama él” no se le diga nunca que ella está. “Di que me he ido”, completan Ramírez y Luna su idea poética de la despedida de Alfonsina.

¿Cómo murió Alfonsina Storni? La canción misma habla de una mujer que sufre y que decide marcharse “vestida de mar”, y el mito ha establecido que la autora de El dulce daño caminó aguas adentro hasta ahogarse, víctima de una depresión amorosa. Una muerte más poética, imposible. Pero lo cierto es que no fue así como ocurrió: ni caminó aguas adentro ni se suicidó por mal de amores.

En la exposición del Centro Virtual Cervantes está este artículo de Guzmán Urrero Peña que aclara el asunto. La depresión de Alfonsina sí era real, pero su motivo era el cáncer que tres años antes le había arrebatado un seno durante una operación quirúrgica. Y su muerte en el mar también fue real pero, en lugar de caminar aguas adentro, Alfonsina se lanzó desde el espigón —un macizo saliente en la costa— de la playa La Perla, en Mar del Plata, y su cuerpo fue hallado a la mañana siguiente por dos obreros que pasaban. En el lugar se ha erigido el monumento de la foto que encabeza esta nota, al que cada 25 de octubre se acercan cientos de personas a honrar la memoria de Alfonsina.

Al respecto reflexiona Urrero Peña:

Hay mucho secreto en el suicidio de un poeta. El lector busca ingredientes extraordinarios en ese hormigueo penoso que empuja al creador más allá del abismo. Por esta senda, triunfa el cliché romántico. Es inevitable, por consiguiente, relacionar la desolación marina de Storni con los motivos literarios que desgrana su biógrafa, Josefina Delgado: la naturaleza, “potente y que despierta todos los instintos”, que “se funde con la mujer y le dice que tiene un cuerpo y que debe oírlo”.

Aun otro mito rodea a Alfonsina y es su postura feminista, manipulada a lo largo de los años, algunas veces por desconocimiento y otras por el puro interés de sumar nombres mayúsculos a las causas propias. Lo comenta Alberto Acereda en este trabajo:

…las críticas del feminismo radical (y el adjetivo es importante) no cesan en su intento de dar una falsa idea de erudición presentando la obra de Storni (y lo mismo de cuantas poetas salgan a su paso) dentro de un galimatías crítico-teórico plagado de pura demagogia. (…) Pero basta leer la poesía de Alfonsina Storni para comprobar el mito falseado del feminismo más burdo. En la Storni está el yo de mujer, el sentimiento encarnado de la hembra que aboga por la igualdad con el varón pero que confiesa también, sin escrúpulos, la necesidad del hombre como compañero.

¿Qué importancia tiene saber la verdad, o las verdades, sobre Alfonsina Storni? Seguramente ninguna. Solemos preferir los mitos porque en ellos podemos moldear nuestra imagen del mundo, arrancarle esa costra de roñosa realidad que lo reviste.


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