VTV fomentando la ignorancia

Venezolana de TelevisiónGabriel García Márquez cumplió ayer 79 años. Por este motivo, el noticiero de Venezolana de Televisión, el canal del Estado venezolano —y no de la facción que nos gobierna, aunque muchas veces se olvide—, transmitió ayer una sucinta biografía del autor. El reportaje mostraba las portadas de los libros del Gabo en ediciones inglesas, italianas o francesas, quizás para darle al televidente una idea de la ubicuidad del autor de Cien años de soledad. Un trabajo interesante, todo hay que decirlo, pero que no dejó de ofrecer un detalle vergonzoso: la biografía terminaba con la lectura completa de la falsa despedida que desde 1999 se le atribuye al Gabo.

Con tanto buen texto garciamarquiano que pudo ofrecer al público —¿por qué no leer aquel fragmento de El otoño del patriarca?—, VTV escoge uno que no fue escrito por él. Un texto que resulta a todas luces apócrifo (y si hay alguna duda, el mismo García Márquez la ha resuelto) para cualquiera que se haya leído un par de párrafos de cualquiera de sus grandes novelas.

Un episodio lamentable, tomando en cuenta que este gobierno mediático se ha destacado en el uso de los medios de comunicación para la difusión de sus actividades, y que no pierde oportunidad de señalar las fallas de los medios privados. Si bien es ya demasiado pedirle a los medios de comunicación que fomenten la cultura, sería al menos deseable que evitaran fomentar la ignorancia.


La PUCP, ¿plagiaria?

El ABC del caféEl 8 de julio de 2004 recibimos esta carta del señor Enrique Castañeda Tuesta, en la que aseguraba que la Pontificia Universidad Católica del Perú había publicado unas Guías didácticas para la enseñanza de la caficultura que contenían material original del manual El ABC del café: cultivando calidad, de Enrique Castañeda Párraga.

Esta semana, Castañeda Tuesta volvió a contactarnos para informar sobre los progresos de sus gestiones:

El Sr. Juez del Cuadragésimo Primer Juzgado Penal de Lima abre proceso penal contra el Sr. Salomón Lerner Febres (Rector en el 2003 de la Pontificia Universidad Católica del Perú - PUCP,) por los delitos contra los Derechos de Autor, Derechos Intelectuales y Conexos, en agravio de Don Enrique Castañeda P. y Tecnología Agrícola Tropical ­ TECNATROP SRL. (Resolución # 1 del 10 de Enero del 2,006, Expediente 2-2006 del 41 Juzgado).

En este archivo PDF puede leerse la resolución del Tribunal de Propiedad Intelectual del Indecopi. Los Castañeda y su empresa Tecnatrop han publicado en su web muestras de El ABC del café. Un caso a todas luces preocupante si llegara a demostrarse que la PUCP en efecto incurrió en los delitos que los Castañeda le endilgan.


El extraño plagio de Saramago

Jose SaramagoEn una carta que está circulando por correo electrónico y ya empieza a ser publicada por algunos medios, la escritora chilena María Cristina da Fonseca acusa de plagio a José Saramago. Según Da Fonseca, su novela Los días felices en que Humocaro quería morir (Ediciones Domen, Chile; 1995) habría sido convertida por Saramago en Las intermitencias de la muerte —que está de moda por estos días, como saben mis siempre perspicaces lectores.

Dice Da Fonseca:

Al leer Las intermitencias de la muerte, dedicado a su señora y traducido por ella, tal como la publicidad lo adelantaba, encontré sobre todo en la primera parte, extrañas y muchas coincidencias entre ambas publicaciones. Esto a pesar de que mi libro sólo cuenta con 50 páginas y el suyo con 274.

La escritora agrega que entregó un ejemplar de Los días felices… a la esposa de Saramago, Pilar del Río, durante un acto en defensa de los derechos humanos, realizado en Chile. De allí, supongo, se aferra la autora chilena para lanzar la grave acusación contra el premio Nobel 1999.

Las similitudes entre una y otra novela son en realidad superficiales y, a mi juicio, insuficientes para hablar de plagio. Sin embargo, Da Fonseca las califica de “especiales coincidencias” y pide que se le aclare lo que ella llama “misterio de las letras y la industria editorial”.

La carta ofrece una docena de frases en las que Da Fonseca quiere ver su novela reproducida en palabras de Saramago; como quiera que la mayoría contiene errores tipográficos, o de puntuación, que hacen algo confusa su lectura, pongo aquí sólo tres para que ustedes luego revisen la carta completa:

  • La frase inicial de Las intermitencias: “Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme”, recuerda la frase de Humocaro: “Pasó largo tiempo y de pronto percibimos que nadie fallecía en Humocaro… ¡La muerte se había muerto entre nosotros!”.
  • Mientras en mi libro: La defunción de la muerte ocasionó grandes festejos. Alguien tuvo incluso, la ocurrencia de desplegar a la entrada del pueblo una pancarta gigantesca que con orgullo proclamaba: “¡En Humocaro se vive para siempre!”, “¡Bienvenidos a la vida eterna!” (pág. 16). Así no tuvieron los medios de comunicación en Las intermitencias otra solución que “unirse a la marea de alta alegría colectiva que se extendía de norte a sur, refrescando las mentes temerosas y arrastrando lejos de la vista la larga sombra de tánatos. Con el paso de los días, y viendo que realmente no moría nadie, los pesimistas y… Poco a poco al principio, después en masa, se unieron al mare mágnum de los ciudadanos que aprovechan todas las ocasiones pata salir a la calle y proclamar, y gritar, que, ahora sí, la vida es bella”. Pág. 29.
  • “Y Humocaro descubrió que no podía vivir sin expirar… Fallecer era un imperativo vital e impostergable y rogábamos a Dios de corazón que nos devolviera la muerte” (Pág. 21). Las intermitencias: la iglesia católica… promete organizar “una campaña de oraciones para rogar a Dios que providencie el regreso de la muerte” (Pág. 47).

Y, bueno… no sé ustedes, pero a mí se me hace imprescindible un arduo esfuerzo de imaginación para concordar con Da Fonseca en que Las intermitencias de la muerte es un plagio de su novela hecho por Saramago.


La recurrente despedida del Gabo

La recurrente despedida del Gabo

No sé ustedes, pero a mí me parece que un medio respetado como Venezuela Analítica no debería dar crédito de buenas a primeras a cualquier tontería que les llegue por correo electrónico. En su actualización de hoy, el sitio de Emilio Figueredo y compañía anuncia en su sección de arte y cultura, como se ve arriba, la despedida de Gabriel García Márquez. Y uno podría ser incauto —eso tampoco es un pecado—, pero cualquiera que haya leído dos o tres páginas del Gabo se daría cuenta de que la famosa despedida es un embuste de cuarenta leguas, de la misma calaña del gigantesco desafuero que atribuye el poema “Instantes” a Jorge Luis Borges —el tema le ha propinado unos cuantos dolores de cabeza a María Kodama—, y que en su momento fuera tema de un documentadísimo estudio por parte de Iván Almeida. Incluyo a Borges en esta nota con la tenue esperanza de que esto sea leído por los analíticos, no sea que en su próxima actualización anuncien “Instantes” como un hallazgo literario.


¿Qué habría pasado si..?

En el ámbito de la creación, uno de los géneros más interesantes es la ucronía, que consiste básicamente en construir una narración histórica con datos falsos a partir de la alteración, mediante la ficción, de uno o más hechos normalmente tenidos como reales.

Emparejada con la ciencia ficción y la literatura fantástica, la ucronía característica narra una Historia alternativa que se bifurca de la Historia en un punto específico. Se cambia el bando victorioso en una guerra, se asesina a un líder o se libera a un prisionero y toda la Historia se convierte en algo distinto a lo que aparece actualmente en los libros.

La literatura anglosajona es especialmente prolífica en el género, como explicaba Enric Quílez en Cyberdark. Entre los muy diversos experimentos ucrónicos que existen se encuentran Páginas perdidas, de Paul Di Filippo —una colección de diez ucronías que involucran a personajes como Franz Kafka, Henry Miller o Anna Frank—, y Pavana, de Keith Roberts —la sociedad contemporánea es un entorno retrógrado dominado por la Iglesia Católica, bajo la influencia del asesinato de la reina Isabel de Inglaterra en 1588.

En castellano ha habido también quien se ha internado en semejantes profundidades. El mismísimo Jorge Luis Borges lo hace en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde plantea la premisa fundamental de la ucronía:

Hacia 1942 arreciaron los hechos. Recuerdo con singular nitidez uno de los primeros y me parece que algo sentí de su carácter premonitorio. Ocurrió en un departamento de la calle Laprida, frente a un claro y alto balcón que miraba el ocaso. La princesa de Faucigny Lucinge había recibido de Poitiers su vajilla de plata. Del vasto fondo de un cajón rubricado de sellos internacionales iban saliendo finas cosas inmóviles: platería de Utrecht y de París con dura fauna heráldica, un samovar. Entre ellas —con un perceptible y tenue temblor de pájaro dormido— latía misteriosamente una brújula. La princesa no la reconoció. La aguja azul anhelaba el norte magnético; la caja de metal era cóncava; las letras de la esfera correspondían a uno de los alfabetos de Tlön. Tal fue la primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real.

Borges vaticina que en un siglo serán descubiertos “los cien tomos de la Segunda Enciclopedia de Tlön” y que este hecho sellará la sentencia de muerte al inglés, el francés y el español: el mundo será Tlön. Para extender el vértigo del paralelismo, hay una completa relación sobre el cuento, sobre su realidad y su ficción, en esta entrada de Wikipedia.

En algunos casos la ucronía es tan seductora que conduce a algunos de sus lectores a olvidar que se trata de una obra de ficción. Lo vemos actualmente en la paranoia especulativa que rodea a El código Da Vinci, que ha llevado a Dan Brown a repetir hasta la saciedad que su novela sólo es eso, una novela. Naturalmente, los fanáticos opinan que Brown teme por su vida y que por ello no revela la veracidad de su código.

La ucronía ha conseguido terreno fértil en el cine, por supuesto. Y le ha salido hasta un hermano gemelo: el documental falso. Aquí podría extenderme mucho más, pero prefiero recomendarles la lectura de esta magnífica reseña que sobre Zelig, la película de Woody Allen, hace El Misionero.

(Sabido es que existe también quien se comporta de manera ucrónica en su vida diaria. Esos entes que convencen a los incautos de su maravilloso pasado, de sus brillantes facultades, de su novamás currículo. De alguna manera, cuando contamos lo que nos ocurrió ayer a la salida del cine, cuando hablamos de nuestro gran amor, en general cuando narramos ese hecho ficticio que es nuestra vida, estamos haciendo ucronía).


La despedida de García Márquez

La despedida apócrifa de García MárquezHace años, cuando solía portarme mejor que ahora, respondía a quienes me enviaban el apócrifo Instantes (que, ya lo he dicho, y lo han dicho otros mejor que yo, no es de Borges), con una cortesía quizás desmedida. Tenía un mensaje predefinido en mi programa de correo que tras un par de golpes de ratón era enviado a quien me enviaba la carta. El mensaje explicaba que Instantes no es de Borges y razonaba la cosa como para que no quedara duda.

Pero bueno, hay tanto texto apócrifo por ahí que luego de un crash en mi disco duro decidí dejar eso así. Ahora sólo escribo sobre eso en Letralia y, oh novedad, en mi bitácora.

El caso es que esta mañana me llegó una copia más de la famosa despedida de García Márquez. Cada tanto alguna de mis atentas amistades me honra regalándome esas palabras que seguramente juzgará tan sentidas, tan importantes, contimás cuando provienen de un escritor reconocido con el Nobel y siempre en la palestra de la polémica por escribir sobre viejos pederastas y ser amigo de Fidel.

Ahora se han puesto sofisticados, hasta envían la famosa “despedida de García Márquez” en lujoso empastado de PowerPoint. Todo muy solemne como amerita la supuesta carta abierta de un escritor que está muriendo y decide despedirse de sus amados lectores.

No digo más. Sólo aclarar que esa despedida no es de García Márquez y que él mismo dijo, cuando ese texto se convirtió en cadena por Internet, que lo que podría matarlo no es el cáncer linfático que quizás ya se curó, sino el hecho de que la gente crea que él ha escrito semejante bodrio. La explicación completa sobre este caso está aquí.


Instantes, el poema más famoso de Borges

Es paradójico que el poema más conocido de Jorge Luis Borges sea “Instantes”, que no fue escrito por Jorge Luis Borges. Está tan acendrada la creencia en este ejemplo de literatura apócrifa, que —hace algunos años— Jaime Bayly entrevistó a María Kodama y se atrevió a contradecirla cuando ella reveló los detalles de la falsa autoría. Leámoslo por enésima vez:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

El poema no se parece a nada de lo realmente escrito por Borges. Sin embargo, la profusa difusión que se le ha dado a la especie de que Borges lo escribiera, ha hecho que la gente crea como cierta esta suerte de leyenda urbana de la literatura de habla hispana.

En aquella entrevista baylyana, la Kodama reveló que la autora de “Instantes” es realmente Nadine Stair, pero un completo estudio de Iván Almeida, además de estar amenamente escrito, ofrece una conclusión sobre un nombre adicional: Ron Herold. Según Almeida, “Instantes”, además de haber sido atribuido erróneamente a Borges, lo ha sido también respecto a la señora Stair.


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