Show business

Danny Glover y Hugo ChávezLa expresión anglosajona show business tiene en Venezuela un sentido escandaloso: la ¿industria? cinematográfica criolla, que se ha quejado históricamente de la estrechez de recursos a que la ha condenado la burocracia, se quedó sin mandíbula cuando se hizo público que Danny Glover, aquel hombre que casi vuela en pedazos sobre una poceta explosiva, recibiría una cantidad absurda para filmar una película sobre el héroe de la revolución haitiana François Dominique Toussaint-Louverture.

El natural reclamo de la Cámara Venezolana de Largometrajes (Caveprol) y la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (Anac) originó un impasse con el ministro de Cultura, Francisco Sesto, quien decidió cortar todo nexo institucional con ambos gremios. “El pensar que se le está quitando dinero al cine venezolano es una necedad”, ha dicho el hombre, sin que muchos entendamos muy bien el razonamiento: Glover apenas ha dirigido una película y una producción para la televisión, mientras que entre nosotros hay unos cuantos directores que habrían podido aprovechar mejor una inyección de recursos que ni siquiera tenía que ser tan sustanciosa (ya Román Chalbaud se encargó de demostrarnos que no es dinero lo único que necesita nuestro cine). Para muestra hay botones como los excelentes trabajos de Alberto Arvelo, que con peliculones como Una vida y dos mandados, Una casa con vista al mar, Habana, Havana y Tocar y luchar ha demostrado tener algo del toque que necesita nuestro cine. Paradójico de un gobierno que dice tener como principio el ultranacionalismo, ¿no? Así cualquiera se pone suspicaz.

Diego RísquezEn fin, son cosas que al menos yo no entiendo. Por cierto que otro director que ha hecho lo suyo, Diego Rísquez, quien con su Manuela Sáenz hasta recibió el aplauso del poder, es tan insensato como yo:

…estamos hablando de 18 millones de dólares, con los que se podrían hacer al menos 18 películas en Venezuela. Seguramente, la película de Glover en vez de tener 100 personas involucradas en el proyecto, como es una superproducción, tendrá 300; y en vez de 1.000, se van a beneficiar 3.000, pero eso es en un tiempo de cuatro meses. Nosotros cada vez que hacemos una película metemos en cada departamento aprendices, muchachos jóvenes, eso por un lado. Si me dicen que este es un caso inédito, es mentira: aquí vino a filmar Steven Spielberg, rodó una parte de Aracnofobia, han venido los españoles, vino Disney, han venido los franceses, los italianos, pero la gran diferencia es que esta gente traía capital exterior y lo gastaba en Venezuela. Qué me van a decir: ¿que es por la unión latinoamericana? Puede ser, pero ¿porque es un líder afrodescendiente? Pero si nosotros tenemos muchos héroes afrodescendientes que podríamos rescatar también: tenemos al Negro Primero, al Negro Miguel, a Josefa Camejo y pare usted de contar. Entonces yo no entiendo la actitud del ministro cuando el gremio o personas como yo estamos diciendo que no es correcto entregarle 18 millones de dólares a una sola persona.

En Venezuela salimos de un escándalo para entrar al siguiente. Señores, esto sí que es show business.

05/06/2007

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Preguntas para el Libro blanco sobre RCTV

Libro blanco sobre RCTVEl Ministerio del Poder Popular para la Cultura está difundiendo el Libro blanco sobre RCTV (PDF, 9 Mb), un abultado compendio de razones expuestas por el gobierno venezolano para no renovarle la concesión al mencionado canal. Paso en vuelo rasante por parte de tres de sus primeros párrafos:

La no renovación de la concesión otorgada a RCTV, al término de su vencimiento, es una prerrogativa legal del Gobierno, pero, además, una exigencia de la sociedad civil venezolana ante las graves faltas en materia de responsabilidad social de la empresa mediática RCTV.

¿Qué porcentaje de la sociedad civil exigió que no se renovara la concesión otorgada a RCTV? ¿Realmente tiene derecho un sector de la población a exigir actos de censura, decidiendo por todo el resto de los ciudadanos? En ese caso, ¿existe la posibilidad de que otro sector de la población exija el cese de operaciones, mediante la no renovación de la concesión o mediante cualquier otro recurso, del canal del Estado, Venezolana de Televisión? Por ejemplo, yo podría argumentar que a mis hijos no les gusta la programación de este canal, tan impregnada de política y dedicada a calificar de vendidos o engañados a quienes no apoyan al gobierno, pues es sabido que VTV es Globovisión al revés. Me pregunto, ¿valdrían mis argumentos? Yendo un poco más profundo en el problema de fondo: si el gobierno decidiera atender honestamente los reclamos de cada sector de la población que manifestara su descontento con algún medio de comunicación, ¿quedaría en pie algún medio?

La concentración de poder que poseen los medios radioeléctricos en Venezuela y el monopolio que detentan en la elaboración del mensaje, no sólo han traído como consecuencia la imposición de gustos y modelos de conductas inadecuados a través de sus programas, música y publicidad, sino también han implicado su utilización para delinear preferencias en el ámbito de la política.

¿Quién determina cuán inadecuado es un modelo de conducta? En RCTV escuché por vez primera a Barry White, uno de mis cantantes preferidos. ¿Escuchar a Barry White es un modelo inadecuado de conducta? ¿Por qué? ¿Porque a los autores del Libro blanco no les gusta Barry White? Supongamos que a mí no me gustara algún tema de música de protesta que tanto difunden en VTV, ¿podría yo pedirle al gobierno que no difunda más música de protesta en VTV por considerarla generadora de “modelos inadecuados de conducta”? En cuanto a delinear preferencias en el ámbito de la política, ¿no es justamente eso lo que hace VTV constantemente?

La evidente afinidad de los medios de comunicación en Venezuela con los sectores más antidemocráticos ha provocado que desde los inicios de esta década la seguridad de la Nación y la estabilidad de la democracia hayan estado en constante riesgo. Los medios se erigieron como líderes de la oposición y asumieron una estrategia de constante tergiversación y manipulación de las políticas públicas establecidas por el gobierno bolivariano en todos los ámbitos sociales, educativos y económicos, además de imponer una estricta censura que impidió la pluralidad de opiniones.

Si los ejecutivos que dirigen un grupo económico como 1BC participan en actividades delictivas como las comentadas en este párrafo, ¿no podría el Estado abrirles juicio y sentenciarlos de acuerdo a los delitos imputados? Es probable que el Estado venezolano decidiera tomar la “vía rápida” —con argumentos variopintos que van desde el establecimiento de modelos inadecuados de conducta (como escuchar a Barry White) hasta la fantasmagórica exigencia de una sociedad civil en la que no me siento incluido, dado que ni exigí ni exigiré nunca el cierre de un medio de comunicación— por una razón simple: el Estado sabe que un procedimiento legal sería ineficaz para sus intereses.

Son sólo algunas de las preguntas que podría uno hacerse leyendo el volumen de 184 páginas. Son preguntas de respuesta borrosa, todas, pues la respuesta varía dependiendo de la perspectiva de quien intente responderlas. Y es ese justamente el punto: ya que nadie puede establecer lo que es correcto o incorrecto en materia de libertad de expresión, y como una limitación puede ser para unos un acto de justicia pero para otros una vulneración del derecho a expresarse, este derecho debe ser respetado por encima de toda otra consideración.

02/06/2007

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El país de los eufemismos

EufemismosEufemismo, dice el Drae, es una manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante. En cristiano, un eufemismo es una de las más ridículas formas de la mentira. Expresarse con eufemismos equivale a torcer la información de manera que se adecúe a nuestros intereses, bien sean éstos políticos, económicos o simplemente estéticos.

Venezuela es el país del turismo, del desayuno con arepas, de las mujeres bellas, del humor franco. Pero Venezuela es también el país de los eufemismos. Veamos algunos ejemplos.

  • Es un eufemismo decir que el cese de operaciones de la televisora privada Radio Caracas Televisión responde a la finalización del lapso establecido en la última concesión obtenida por el grupo 1BC. La verdad es que Radio Caracas Televisión fue cerrada —utilizando para ello el eufemístico recurso legal de no renovar la concesión— por mantenerse en una posición adversa a la del gobierno venezolano.

  • Es un eufemismo decir que el cierre de RCTV se justifica por los sostenidos pecados de la empresa y de sus ejecutivos, encabezados por el oscuro señor Granier. La verdad es que en un estado de derecho todos esos pecados pueden ser combatidos por las vías legales sin necesidad de llegar al cierre. Incluso los actores de televisión que trabajaron en el canal, y que ahora aparecen en los medios oficiales denunciando cómo fueron maltratados por RCTV, pudieron recurrir a instancias legales en su momento. De cualquier manera, todos sabemos que muchos de quienes prefirieron bajar la cerviz y no denunciar los atropellos de RCTV, actuaron bajo la certeza de que el gobierno no los iba a ayudar (ni este gobierno ni cualquiera de los anteriores).

  • Es un eufemismo decir que RCTV representa un bastión de la libertad de expresión. La verdad es que RCTV es un gobierno en pequeño que reproduce en sus predios los mismos vicios del gobierno venezolano, incluyendo el desprecio por la libertad de expresión.

  • Es un eufemismo decir que cualquier iniciativa comunicacional emprendida a instancias del gobierno representa esa entelequia que se ha dado en llamar “la televisión que queremos”. La verdad es que, como nadie tiene derecho a indicarme cuál es la televisión que quiero (querer es un acto individual, aun en la sociedad más socialista jamás ideada), no existe una planta televisiva que cubra todas las necesidades de información, educación y entretenimiento. No existe porque no puede existir: es humanamente imposible. Por eso se ha establecido (al menos en el papel) que la libertad de expresión en un Estado moderno debe ser absoluta: porque no existen parámetros para diferenciar límites de censura.

  • Es un eufemismo decir que las agudas críticas que se le hacen al gobierno venezolano en los medios es una muestra de la “absoluta” libertad de expresión en Venezuela. La verdad es que, si bien cualquiera puede decir lo que sea, todo aquel que opine en contra de los intereses del gobierno pronto será acusado de comer niños o violar abuelas, y tarde o temprano pagará sus pecados, bien por las vías legales —como ocurrió con RCTV— o bien por las otras vías —como le ocurre a todo aquel que es defenestrado en programas como La Hojilla o en las mismas intervenciones públicas del presidente.

La verdad es agria, por ello hay que maquillarla. El eufemismo es, así, el arma más recurrida por quien le teme a la libertad y, por ello, enarbola esa presea del mal gusto que es el lenguaje políticamente correcto.

01/06/2007

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La mala patria

Vallejo, dándoselas de malditoEsta semana, mientras el trabajo se tragaba hasta el último de mis minutos, fue noticia la renuncia pública del escritor Fernando Vallejo a la nacionalidad colombiana. Justificando su decisión en la falta de apoyo de Colombia para sus actividades cinematográficas y literarias, Vallejo califica al suyo como “un país imbécil” y una “mala patria”, entre otros epítetos que ya imaginará quien le haya leído cualquier frase de más de dos líneas.

Ya que estos son asuntos subjetivos, es absurdo ponerse a discutir las razones que pudo tener Vallejo para esta su más reciente bouttade. Las razones están explicadas en su carta: la burocracia, la impunidad, el caos y todo lo demás que pueda imputársele a un país como Colombia (o como Venezuela, o como México…). Lo que nunca termina de cuadrarme, en este y otros episodios en los que está involucrado el autor de La virgen de los sicarios, es el respeto que él inspira a tanta gente.

Vamos, que Vallejo es como el loco del pueblo. Se levanta sobre un banco de la plaza y, dándoselas de maldito, nombra la progenitora de todo el que pasa ostentando como única razón su rabieta perpetua. Cuando leí El desbarrancadero me dio la impresión de estar en una calle en reparación. Taca taca taca taca, llega el momento en que el ruido se convierte en parte del ambiente y ya ni te molesta. Despotricar constantemente puede ser una buena forma de impresionar a alguna gente, quizás la misma gente dicharachera que suele tomar el control de las conversaciones para dar lecciones de moral y demostrar a viva voz su labia florida.

Percibo la renuncia de Vallejo a su colombianidad más como un acto simbólico que otra cosa. Una pataleta innecesaria por demás. Como cuando el chico malcriado se tira en el piso del supermercado, gritando y lanzando puntapiés para hacerle pasar una pena a la mamá. A mí me parece que en realidad es un tipo que ha aprendido a insultar de maneras graciosas e ingeniosas, como cuando dice que Dios existe pero no sirve para un carajo, o que en Colombia el mal persistirá mientras haya colombianos. ¿Radica allí la genialidad que le atribuyen a Vallejo?

12/05/2007

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Lengua con sexo

Ambos sexos 

En esta nota reciente, José Donayre describe un mal que por estos lares ya conocemos de sobra:

Que muchos activistas de la igualdad sexual (mal llamada “de género”, salvo que se esté hablando de cuestiones gramaticales o del taxón que agrupa a especies que comparten ciertos caracteres) cometan la burrada de hablar de “niños y niñas” o “peruanos y peruanas”, en pro de la inclusión y otros principios sociales de moda, puede ser justificable y aun comprensible; pero que la necedad en cuestión forme parte del discurso del Ministerio de Educación ya es cosa grave. ¿Acaso nadie en este poco educado ministerio o en sus burocráticas UGEL sabe referir correctamente al conjunto de sujetos con penes y seres con vaginas?

No has visto nada, José, tales hábitos del deslenguaje cunden rápidamente, quizás por la propensión de la mayoría a confundir lógica con cursilería.

05/02/2007

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Bolívar en un plagio

BolívarCarlos Bastidas Padilla es profesor en la Universidad del Cauca y en 1975 ganó el Premio Casa de las Américas con el libro de cuentos Las raíces de la ira. Hace unos días me ha escrito con justa indignación para hacerme notar que el sitio Argenpress publicó una versión mutilada y modificada de su artículo “Los Estados Unidos contra Simón Bolívar”, que originalmente apareció en la edición 136 de Letralia.

Aparentemente el material fue copiado por algún gracioso que decidió enviarlo a Argenpress, según le informaron a Bastidas Padilla los responsables de la agencia cuando exigió que el material fuera retirado. En efecto, el artículo ya no está en Argenpress, aunque tampoco se publicó una aclaración que hiciera al menos un poco de justicia al autor.

Las modificaciones son bastante graves, pues no sólo involucran mutilaciones sino además frases “completadas” por el interventor, desde el comienzo mismo del artículo: de “La historia de los pueblos es la historia de sus relaciones internacionales. Qué es si no la historia de los Estados Unidos de América: la puesta en práctica de su ‘Destino Manifiesto’ ” (en el texto original) a “Gran parte de la historia de los Estados Unidos, es la puesta en práctica de su ‘destino manifiesto’ ”.

También se queja Bastidas Padilla de que en algunos casos se llegó a alterar el sentido del texto original, especialmente en partes donde se hacía referencia a Santander. Aquí una muestra, con subrayados y corchetes míos:

Texto original: Con razón el Libertador no los invitó [a los estadounidenses] al Congreso Anfictiónico de Panamá; aunque, como le decía a Santander, “este paso nos costará pesadumbres con los albinos” (Ibarra, 23-XII-1822); pero el vicepresidente Santander —que en carta enviada a Bolívar (La Laguna, 25-III-1819) se había dolido del “ceño amenazador de Europa y de la indiferencia de los Estados Unidos” ante nuestra independencia—, siguiendo su propio criterio, y en vista de que los norteamericanos ya habían reconocido nuestro gobierno, los invitó a ese Congreso que los mismos norteamericanos descalificaron, sabotearon, y se dolieron de que no fueran ellos quienes lo presidiesen…

Versión de Argenpress: Con razón el Libertador no los invitó al Congreso Anfictiónico de Panamá: Desde Ibarra 23. 12. 1822 y con plena conciencia le escribe a F de P Santander: “ese paso nos costará pesadumbres con los Albinos”. Pero este, desoyendo sus instrucciones y en componendas secretas con el gobierno norteamericano, los invitó al Congreso del istmo para que lo sabotearan, descalificaran y se dolieran de que no fueran ellos quienes lo presidieran…

Una nota cruel: la versión de Argenpress fue reproducida en el país natal de Bastidas Padilla por Indymedia Colombia, obviamente con las mismas modificaciones malintencionadas, así como en un montón de sitios de esos que repiten cosas cual loritos.

31/01/2007

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De por qué olvidamos al general McGregor

Gregor McGregorEl de MacGregor es uno de esos oscuros nombres que aparecían de cuando en cuando en esas sesiones de tortura que solían ser las clases de historia. Oculto bajo el manto de invisibilidad de las fechas y las batallas, el escocés Gregor McGregor reunió méritos suficientes para que, a poco de unirse a la gesta independentista, Miranda le concediera el grado de general de Brigada de Caballería. Luchó junto a Piar. Se casó con Josefa Lovera, una prima de Simón Bolívar; éste, por cierto, lo ascendería a general de División y le otorgaría la Orden de los Libertadores en 1816.

Pese a estar enterrado en el Panteón Nacional, hoy apenas se le recuerda. Aventuraré un motivo para el olvido: McGregor no sólo era un maestro masón con grados recolectados de Glasgow a Londres y un guerrero capaz de derrotar a cuanto batallón español se le pusiera en frente; McGregor era, además, un arriesgado, perseverante e ingenioso estafador.

En rigor, la participación de McGregor en la guerra contra España no abarca mucho más que un escaso lustro. Enterado de la rebelión mientras estudiaba en Edimburgo, llega a Venezuela en 1811 y lucha al lado de los patriotas, pero ya en 1817 está envuelto en la creación de Las Floridas, una república de ensueño en la isla Amelia, al noreste de Florida, que nace de un equívoco: McGregor llega a la isla el 29 de junio con apenas ochenta hombres, pero la jerarquía española supone que se trata de la avanzada de un contingente mucho mayor y se rinde sin oponer resistencia.

En su naciente república, McGregor funda una democracia que ostenta una orgullosa bandera con una cruz verde como emblema. Crea instituciones; se distingue como un gobernante justo; obtiene recursos bajo la promesa de que, liberada toda la Florida, los proveedores serían bien recompensados.

Pero comete un temprano error. Otorga patentes de corso a varios capitanes, quienes no tardan en darse cuenta de que la captura de barcos españoles, y el consecuente remate de los bienes que en ellos se transportaban, era una verdadera mina. Recaen sobre McGregor las sospechas de que no es más que un simple charlatán que desea enriquecerse mediante la piratería. Poco más de dos meses durará su gobierno; su república le sobrevivirá hasta diciembre, cuando es ocupada por fuerzas norteamericanas.

McGregor conocerá una breve tregua triunfal antes de tomar el definitivo camino del engaño. En 1819 expulsa a los españoles de Panamá. Tras un episodio posterior en Riohacha, donde se nombra a sí mismo “Inca de la Nueva Granada”, está en la isla de Margarita en 1820, cuando es designado diputado ante el Congreso Constituyente de Cúcuta, cargo que no llega a asumir pues se va a Centroamérica. Y es aquí donde comienza su verdadera historia.

Costa de MosquitoEn algún momento de ese año, McGregor llega a Londres presentándose como cacique o príncipe de Poyais, un pretendido principado que acababa de establecer, instituciones y fuerzas armadas incluidas, en la Costa de Mosquito, Nicaragua, con 32.500 kilómetros cuadrados que le habría concedido el rey local George Frederick.

Deslumbrados por este particular cacique escocés casado con una prima de Bolívar, que no dejaba de hablar de su heroísmo al lado de los prohombres latinoamericanos, los ingleses recibieron con honores al príncipe de Poyais. Christopher Magnay, principal autoridad de Londres, le dedicó una recepción oficial a quien, por otro lado, se decía descendiente del gran Rob Roy McGregor.

Nombra embajador de Poyais al mayor William John Richardson, quien lo hospeda en su palacio de Essex. Juntos crean la Embajada de Poyais en el centro de Londres, antecesora de otras dos en Edimburgo y Glasgow, y organizan suntuosas veladas plenas de diplomáticos, militares y gobernadores. Empiezan a vender las tierras del principado al atractivo precio de 3 chelines y 3 peniques por acre. En 1822, McGregor recibiría un préstamo de 200.000 libras para ayudar al fortalecimiento de su principado.

Guía de la Costa de Mosquito¿Nadie sospechó? Probablemente sí, y por ello ese mismo año el cacique de Poyais publicó la guía de la Costa de Mosquito, que en 350 páginas describía las bellezas (y muy especialmente las riquezas) naturales de su región. Minas de oro y plata, prados preñados de fertilidad, la extraña fortuna de no ser un territorio afectado por tormentas tropicales y una capital, Saint Joseph, fundada por colonos británicos (¡quizás parientes vuestros!), tales maravillas esperaban con los brazos abiertos a quienes se atrevieran a fundar una nueva sociedad. Esto y más era descrito en ese libro, cuyo autor obviamente no podía ser el hábil McGregor, sino un tal capitán Thomas Strangeways. La única copia de esa guía de que se tiene conocimiento en la actualidad fue adquirida por el periodista David Sinclair, y fue una de sus fuentes para La tierra que nunca existió, un exhaustivo estudio sobre el que ha sido llamado el mayor fraude de la historia.

Otro indicio de que pronto surgieron las sospechas fue la partida, con cuatro meses de diferencia, de dos barcos cargados de felices neociudadanos del principado de Poyais. Supongo que en algún momento McGregor se vio obligado a cumplir sus promesas. Con gran estilo, imprimió en Escocia unos “dólares Poyais” que cambió gustoso por su equivalente en libras a los precavidos que deseaban llegar a América con moneda local. En total los dos barcos transportaron a 270 esperanzados colonos.

Costa de Mosquito, en NicaraguaEl arribo a Nicaragua fue, por supuesto, un desastre. El principado de Poyais no era más que selva virgen y unas nada ostentosas ruinas. Una tormenta hundió en la costa a uno de los barcos, y los rosados británicos empezaron a enfermar. Para abril de 1823, cuando los náufragos fueron hallados por un barco que casualmente pasaba por allí, ya habían muerto más de 180. Para colmo, George Frederick, el rey de la Mosquitia, quien sí existía —era un negro puro cuyo reinado, que duró poco más de un año, había sido impuesto por los ingleses—, comunicó a un representante de los colonos que, si bien en efecto había concedido unas tierras a McGregor, las mismas habían sido revocadas poco tiempo después cuando él pretendió asumir derechos de gobierno. Finalmente se encontró la manera de regresar a los frustrados colonos a Europa, pero sólo llegaron vivos cincuenta de ellos.

Es de suponer que, ante el arribo de los escasos sobrevivientes, McGregor se puso en guardia. Sin embargo, un hecho fortuito lo salvó de un linchamiento: muchos de los colonos coincidieron en que la culpa no era de él, sino de su “entorno”. Publicistas e inversionistas fueron culpados, en un libro, por uno de los sobrevivientes, un insensato que había perdido a dos de sus hijos en la aventura centroamericana. Otros hasta firmaron una declaración pública en favor del suertudo cacique.

Título de tierras del principado de PoyaisPero McGregor no podía darse el lujo de confiar en su suerte, así que huyó apenas pudo. En octubre de 1823 llegó a París y, contra todo pronóstico, empezó a reorganizar su tramoya. Para 1825 tenía bastante adelantado el proyecto de enviar colonos franceses a Poyais, que mediante una constitución dejó de ser un principado y fue refundada como una república. Con el apoyo de su amigo londinense Gustavus Butler Hippisley y de la francesa Compagnie de la Nouvelle Neustrie, el banco de Thomas Jenkins & Company le otorgó a McGregor un préstamo de 230.000 libras.

A finales de ese año el barco estaba listo para partir, pero las autoridades francesas sospecharon al leer el nombre de ese país desconocido que aparecía declarado en los pasaportes de los colonos, y no dudaron en confiscar la nave. Menos inocentes que sus predecesores británicos, los franceses exigieron una investigación y Hippisley fue arrestado junto con Thomas Irving, secretario del cacique. A McGregor le dio tiempo de huir, pero fue arrestado dos meses más tarde. Lehuby, uno de los directivos de la compañía, fue extraditado por Bélgica a mediados de 1826.

McGregor y sus secuaces tuvieron dos juicios. En el primero, hasta su abogado defensor terminó declarando como testigo de la Fiscalía. La extradición de Lehuby marcó el final de ese juicio, para suerte de McGregor, quien contrató a otro abogado que logró la liberación de todo el grupo, exceptuando a Lehuby. De cualquier manera, éste sólo pagó un año por el delito de “falsas promesas”. El cacique regresó a Londres y allí fue encarcelado una vez más, pero no pasó más de una semana tras las rejas.

Título de tierras del principado de PoyaisPor loco que parezca, el mismo banco que le había prestado antes de que fuera llevado a juicio le dio un nuevo crédito, esta vez por la extraordinaria suma de 800.000 libras, aunque en bonos a veinte años. Y, bien fuera vendiendo bonos o tierras, McGregor logró subsistir de su pretendido cacicazgo, o principado, o república, hasta 1837, fecha en que aparece registrado su último intento por hacer negocios en nombre de Poyais, o del Territorio de Mosquitia, como también lo llamaría.

Es de suponer, después de tan agitada historia, que a McGregor se le estaba haciendo difícil exprimir más su suerte. Por otro lado, el truco de Poyais empezó a ser utilizado por otros timadores, algunos tan creíbles como Robert Charles Frederick, hermano menor y heredero del efímero rey George Frederick. La existencia de más de un “consulado de Poyais” empezó a hacerse problemática cuando, merced a la confluencia de las leyes del mercado, cada uno intentó ofrecer más baratas las tierras de la inexistente república centroamericana.

Entonces McGregor hizo su movimiento final: regresó a Venezuela. Aquí le esperaban los viejos amigos de armas de su época gloriosa, ahora en el poder y, por supuesto, dispuestos a ayudar al hermano en dificultades. En 1839, el cacique de Poyais recobró su rango y volvió a ser el muy británico general de División Gregor McGregor. Recibió la nacionalidad venezolana y, en pago por sus méritos —al fin y al cabo fue uno de los héroes de la Independencia—, recibió los sueldos que dejó de cobrar cuando partió, en 1820. Escribió una autobiografía y se dedicó al cultivo del gusano de seda. Septuagenario y ciego, murió en Caracas el 3 de diciembre de 1845.

De ahí el olvido. Un héroe independentista ha de ser eso y nada más. Ha de ser digno de las estatuas y las escuelas con su nombre y la entrada en el Panteón. Sus cinco años como guerrero, como prohombre, le valieron a McGregor un lugar honroso en la historia, pero sus veinte como estafador le impusieron el discreto silencio, el manto de invisibilidad de las fechas y las batallas.

09/01/2007

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