Un vampiro en las alturas

“Un vampiro en Maracaibo”, de Norberto José OlivarHace años se dio, en un taller literario en Maracay, uno de esos episodios tan paradigmáticos que podrías escribir con ellos una cartilla para escritores pichones. Los participantes discutían acerca de la geografía como ingrediente de la literatura y citaban obras literarias cuyos personajes comían en el restaurante de la esquina o manejaban por la calle de enfrente. Entonces una chica se levantó e hizo una desafortunada declaración: Yo puedo imaginar literatura en París, en Venecia, pero no en Villa de Cura.

Recuerdo el episodio por la noticia, que acaba de llegarme pero que conocía desde ayer, de que Un vampiro en Maracaibo, de Norberto José Olivar, acaba de ganar el Premio de la Crítica a la Novela del Año 2008 convocado por Ficción Breve, por decisión unánime de los jueces Carlos Sandoval, Mariana Libertad Suárez y Arnaldo Valero. Se trata de una novela fresca, muy zuliana, que mezcla personajes que transitan por las calles de Maracaibo y sus alrededores, con una profunda reflexión sobre el mal, y muy especialmente sobre nuestra adicción al mal.

La primera noticia que tuve de Norberto José Olivar fue en abril de 2008, cuando Valmore Muñoz envió a Letralia un articulo sobre su narrativa. Es en ese artículo, finalmente publicado en mayo, donde de la mano de Valmore leí la primera noticia que tuve, también, de Un vampiro en Maracaibo:

Para este año debe aparecer bajo el sello de Alfaguara una nueva novela, cuyo nombre, al momento de escribir este texto, desconozco, pero que surge de lo más oscuro del pensamiento del escritor. Una novela en donde se debate acerca de los conceptos fundamentales y tradicionales de la fe. Una novela sobre vampiros y demonios en donde muchos valores considerados centrales en la vida cotidiana de las familias de la ciudad quedan destruidos, avasallados por la reflexión descarnada de un hombre que busca desarticular los hilos de una supuesta concepción –para él– equivocada de la vida.

Unos meses después, en octubre, le publicaríamos al mismo Valmore una temprana reseña de esta novela que, desde su publicación en agosto del año pasado, no ha hecho otra cosa que subir como la espuma. Y tiene con qué. Ya que Valmore escribió su reseña con el gran tino de contarnos de qué va sin contarnos la novela, les sugiero que lean su reseña y después salgan corriendo a comprar la novela, si no lo han hecho aún.

Yo la compré, al fin, la semana pasada. Ayer la llevaba conmigo cuando me llamó Héctor Torres y, entre otras cosas de las que hablamos, me confió que la decisión del jurado había recaído sobre esta novela. Poco después, en un autobús de Maracay a Cagua, leí unos párrafos donde aparece Valmore como personaje de la novela. Es decir: un personaje de una novela me da la primera noticia sobre esta novela y me incita a leerla. Todavía no tengo muy claras las implicaciones metaliterarias de la vaina, pero alguna debe tener.

17/09/2009

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1984: la opresión invisible

Adaptación cinematográfica de “1984”, de George Orwell, realizada por Michael Radford

En el siglo XX se masifica a nivel mundial el acceso a la información. De pronto los viejos medios impresos se ven compartiendo asientos con los novedosísimos medios audiovisuales, que a la experiencia de la transmisión de los datos aportan el valor agregado de la inmediatez y de la ubicuidad. Como si despertara de un largo sueño en el que no recordara haberse internado, la humanidad abre sus sentidos a un nuevo y luminoso mundo que hasta entonces sólo existe en los dudosos predios de la imaginación.

La percepción del hombre respecto a su entorno sufre un cambio rotundo. Si el medio impreso habla de una realidad, en el medio audiovisual la realidad habla por sí misma. De creer en la existencia de gobiernos y ciudades y personas que desgranan sus días al otro lado del mundo, el ser humano pasa a conocer de primera mano lo que ocurre en esos lugares, valiéndose para ello de medios que le dan la ilusión de encontrarse en el lugar de los acontecimientos —aunque éstos hayan ocurrido días o semanas atrás. El impacto es abrumador.

En forma paralela, y seguramente como parte de un mismo proceso, el Estado adquiere las dimensiones que hoy conocemos, convirtiéndose en el regidor de los destinos de los ciudadanos incluso en las sociedades liberales que pregonan la escasa o nula intervención del Estado en los asuntos privados. Ha nacido la noción de sistema aplicada a las sociedades: el ciudadano es un dócil engranaje enterrado en lo más profundo de una maquinaria cuyos operarios apenas se ocupan de mover palancas, activar interruptores y, claro, desechar los engranajes que no sirven.

El efecto en la literatura no tarda en aparecer. Franz Kafka escribe sobre hombres que pasan toda su vida intentando entrar en la ley; Jack London dibuja el extremo del capitalismo en El Talón de Hierro; Yevgeni Zamiatin imagina una sociedad sin otro pronombre personal que Nosotros; Aldous Huxley plantea en Un mundo feliz una suerte de “distopía utópica” en que la clonación y otros adelantos científicos permiten hacer felices a los hombres, incluso a los descontentos.

George OrwellEs este el tiempo de Eric Arthur Blair, conocido por el mundo como George Orwell. Diez años, los transcurridos entre 1936 y 1946, dan forma a la obra de quien se revelaría como uno de los autores determinantes del siglo XX. En 1936 Orwell realiza la investigación que al año siguiente se convertirá en El camino a Wigan Pier, un reportaje sobre las condiciones de vida de los desposeídos británicos. A finales de ese año viaja a España a luchar en la guerra civil a favor de la República, y unos meses más tarde es herido en el cuello por lo que debe asilarse en Marruecos.

Recuperado, pasa buena parte de la Segunda Guerra Mundial escribiendo, para la BBC, programas propagandísticos a favor de los Aliados. En 1943 renuncia y empieza a escribir para el periódico contestatario The Observer y para la revista izquierdista Tribune. En 1945 muere su esposa, Eileen O’Shaughnessy; enfebrecido, se vuelca sobre el trabajo. El editor de The Observer, David Astor, le ofrece pasar una temporada en su finca Barnhill, en la isla escocesa de Jura, a donde parte Orwell en mayo de 1946. Allí pasará dos años sumergido en la “horrible, exhaustiva lucha” de escribir el que será su último libro y, a la sazón, su obra maestra.

Ya en 1945 Orwell es un periodista solicitado y, ahora, un novelista de éxito. Ha publicado Rebelión en la granja, su conocida metáfora sobre una revolución popular que termina convirtiéndose en Estado totalitario. Pero con El último hombre en Europa va un paso más allá: describe cómo ese Estado totalitario se internaliza en la psique del ciudadano para garantizar la aceptación, y más: la absoluta sumisión. Ya está muy enfermo; su tuberculosis ha empeorado tras pasar en la rudimentaria granja de Barnhill el peor invierno de la historia de Gran Bretaña, el de 1946-47, pero el 4 de diciembre de 1948 entrega el manuscrito al sello Secker & Warburg, con el que había publicado Rebelión en la granja. Sus editores le cambian el título a El último hombre en Europa por el más sugestivo e intrigante Mil novecientos ochenta y cuatro y la publican el 8 de junio de 1949.

Edición original de “1984”, de George Orwell, publicada por Secker & Warburg en 1949En 1984 Londres es apenas una ciudad de la Franja Aérea 1, la tercera provincia más poblada del superestado de Oceanía, compuesto por América, el Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y el continente africano bajo el río Congo. La sociedad se congrega alrededor de la adoración y el respeto al Partido y a su máximo líder, el Big Brother, el Hermano Mayor, una representación a la vez física y mítica del poder —mal traducido como Gran Hermano incluso en respetadísimas ediciones en español.

Las leyes ya no existen. Bajo los principios del Ingsoc —el Socialismo Inglés—, el Estado se ha convertido en el imperio de la sumisión, taponando para ello toda oposición posible mediante la manipulación ideológica, la tecnología invasiva, la desinformación, la tortura, la represión policial e, incluso, la transferencia de facultades represivas al ciudadano, que es instruido a apreciar como un derecho el denunciar a quienes considere hayan cometido algún delito.

Para mantener a la sociedad cohesionada y dócil, el Estado propaga constantemente noticias horrendas sobre la acción perversa de sus supuestos enemigos. Los enemigos del Estado son dos. Uno de ellos es Emmanuel Goldstein, uno de los héroes originales del Partido, quien traiciona al Hermano Mayor y se involucra en actividades contrarrevolucionarias, sin duda pagado por potencias extranjeras. El pueblo se congrega regularmente para expresar su rechazo hacia Goldstein a través de la institución de los Dos Minutos de Odio, mítines sin otro líder que una enorme pantalla ante la que el pueblo abuchea y rechifla mientras aparecen imágenes del traidor:

Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crímenes contra el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían directamente de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando.

Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en algún sitio de la propia Oceanía.

(…) Pero lo extraño era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que apenas pasaba día —y cada día ocurría esto mil veces— sin que sus teorías fueran refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas, en los periódicos y en los libros… a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos a dejarse engañar por él.

El otro enemigo es un Estado con el que Oceanía sostiene una guerra desde hace muchos años. A veces es Eurasia y otras veces Estasia; cuando se está en guerra con uno se está en paz con el otro, pero nadie admite que haya habido algún cambio pues, por un lado, el ciudadano apela a la herramienta del doblepensar, que no es otra cosa que asumir como realidad cualquier cosa que el Estado exija aunque sea una absoluta patraña, y por otro, el Ministerio de la Verdad —donde trabaja Winston Smith, el protagonista de la novela— sustituye diligentemente con nueva información todo rastro documental que atestigüe la existencia de una situación anterior distinta a la actual:

El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. “El que controla el pasado”, decía el slogan del Partido, “controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”. Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban “control de la realidad”. Pero en neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar.

John Hurt como Winston Smith en “1984”, de Michael RadfordEl orden en este Estado omnipotente es impuesto por la Policía del Pensamiento, el cuerpo represivo por excelencia, cuyas abrumadoras dimensiones abarcan desde simples delatores hasta la siniestra y refinada tortura psicológica. El control que mediante este cuerpo ejerce el Estado es absoluto y anula incluso la privacidad, pues el ciudadano puede ser vigilado en todo momento —incluso durante el sueño— para garantizar que se mantenga fiel al Estado, lo que incluye la minuciosa auscultación de su mirada, de sus gestos, de su respiración.

En uno de los pasajes más terribles de la novela, Tom Parsons, vecino de Smith, es apresado, supuestamente por haber murmurado “¡Abajo el Hermano Mayor!” mientras dormía. Lo denuncia su hija, quien a los siete años ya forma parte de una competente brigada de espías. Pero Parsons está feliz, pues ha internalizado que cualquier delito contra el Estado debe ser castigado, incluso si el culpable es él mismo, incluso si la culpa es dudosa:

Me he pasado la vida trabajando tan contento, cumpliendo con mi deber lo mejor que podía y, ya ves, resulta que tenía un mal pensamiento oculto en la cabeza. ¡Y yo sin saberlo! (…). No se le puede pedir más lealtad política a una niña de siete años, ¿no te parece? No le guardo ningún rencor. La verdad es que estoy orgulloso de ella, pues lo que hizo demuestra que la he educado muy bien.

Tal proceso de internalización es común a todos los ciudadanos, hasta el punto de que los que se encuentran en situación de rebeldía deben fingir que aceptan como lo único moralmente admisible la “verdad” establecida por el Estado. La opresión existe, pero es negada; cualquier recuerdo de hechos contra la dignidad humana es conscientemente suprimido por el ciudadano. Así, la opresión adquiere su forma más perfecta: la invisibilidad. “El mejor truco del Diablo es hacernos creer que no existe”, diría Baudelaire en 1864 (y repetiría Verbal Kint en 1995).

John Hurt como Winston Smith y Suzanne Hamilton como Julia en “1984”, de Michael RadfordSmith tendrá ocasión de probar en carne propia los mecanismos de persuasión, persecución y tortura del Estado. El control férreo de las actividades de los ciudadanos abarca también la intimidad. El sexo está prohibido, e incluso los matrimonios se han habituado a verlo como algo repugnante. Existe una “Liga Anti-Sex”, garante de que los ciudadanos no cometan el delito de la promiscuidad. Una de sus integrantes, Julia, una especie de “rebelde sexual”, contacta a Smith y, eventualmente, se envuelven en una relación a escondidas que terminará con la detención y “reeducación”, mediante la tortura, de ambos.

Tiempo después, Smith y Julia se encuentran por casualidad en un parque. Ya nadie los vigila; el Estado sabe que la “reeducación” es definitiva. “Lo que te ocurre aquí es para siempre”, le ha dicho O’Brien, el torturador, a Smith. Julia tiene una cicatriz que va de la frente a la sien; Smith también está desfigurado y los ojos le lagrimean de forma permanente. Apenas se dan tiempo para confesarse que se traicionaron mutuamente mientras eran torturados. Se separan y nunca vuelven a verse.

En la escena final, Smith está en un restaurante, ante un tablero de ajedrez, suprimiendo en silencio cualquier recuerdo inconveniente, “falsos recuerdos”. Ante él una pantalla emite noticias sobre las gloriosas victorias del ejército contra los enemigos del Estado. La cara del Hermano Mayor parece mirarlo desde un cartel en la pared, sobre la leyenda “El Hermano Mayor te vigila”.

Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella oculta bajo el bigote negro. ¡Qué cruel e inútil incomprensión! ¡Qué tozudez la suya exilándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Hermano Mayor.

Al situar las acciones en el futuro —un futuro que para nosotros ya es pasado, claro—, 1984 se ganó en muchos ámbitos el mote de novela de anticipación. Orwell, sin embargo, siempre la definió como una sátira del control del Estado, específicamente en las sociedades comunistas. En Recordando la Guerra Civil Española, un extenso artículo publicado en 1943, Orwell cuenta lo que pudo ser uno de los detonantes de su obra maestra:

Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. Vi informar sobre grandiosas batallas cuando apenas se había producido una refriega, y silencio absoluto cuando habían caído cientos de hombres. Vi que se calificaba de cobardes y traidores a soldados que habían combatido con valentía, mientras que a otros que no habían visto disparar un fusil en su vida se los tenía por héroes de victorias inexistentes; y en Londres, vi periódicos que repetían estas mentiras e intelectuales entusiastas que articulaban superestructuras sentimentales sobre acontecimientos que jamás habían tenido lugar.

Si hoy en día sentimos un breve estremecimiento cuando comparamos con la situación actual el Estado de 1984, es porque sabemos, aunque lo neguemos de manera consciente, que el sistema nos oprime de maneras igual de perversas. El Estado omnipotente de la novela tiene su representación contemporánea y real en el conjunto de fuerzas compuesto por gobiernos, ejércitos y cuerpos policiales, medios de comunicación. Todos articulando solapadamente los mismos mecanismos invisibles de la opresión plasmada en 1984, desde la manipulación ideológica hasta la desinformación pasando por la transferencia de facultades represivas al ciudadano en la forma de fanatismos inducidos. Creemos no saberlo, incluso creemos negarlo, pero nunca como ahora son reales las tres consignas del Partido del Hermano Mayor: “La guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza”.

08/06/2009

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El Códice Argénteo

Códice ArgénteoEl Códice Argénteo, del año 520, es llamado así porque consiste en una transcripción —a mano, por supuesto— de los cuatro evangelios, con letras escritas en su mayoría con tinta de plata (y, en menor medida, de oro). Es una copia de la traducción al gótico ordenada por el obispo Ulfilas, o Wulfila, quien creó para la ocasión nada menos que el alfabeto gótico, lo que convirtió a este idioma en el más antiguo de la rama germánica con evidencia escrita.

La historia del Códice la cuenta mi amigo Leonardo Rossiello en la edición de febrero de Hontanar, la revista que en formato PDF dirige Michael Gamarra desde Australia:

Después de la Reforma y de la Contrarreforma (esto es, luego del famoso Concilio de Trento), las potencias católicas y las protestantes entraron en un conflicto que desembocó al fin en la llamada Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que enfrentó principalmente a Francia con los Habsburgo y en la que intervino la por entonces potencia Suecia, en 1630 y hasta 1635. Los temibles ejércitos suecos llegaron hasta Praga y la ocuparon, dato interesante si se tiene en cuenta que, casual y curiosamente, la Biblia de Plata terminó desde entonces alojada en la biblioteca de la reina Cristina de Suecia. Pero las peripecias no terminan ahí. Resulta que esta señora, pertinaz discípula de Descartes, se hizo católica y abdicó, y desde entonces no se supo qué sucedió con el Codex Argenteus hasta que el librero de los países bajos Isaac Vossius se lo vendió al canciller sueco Magnus Gabriel de la Gardie. Se supone que el lomo del libro tenía originalmente perlas y gemas, pero durante su vida herética algún benefactor de la humanidad consideró que era mejor que la Biblia de Plata luciera más sobria, por lo que la despojó de aquellos inútiles adornos.

El Códice, que por siglos ha despertado avaricias de todo tipo, llegando a desmembrarlo hasta perderse casi la mitad de sus páginas, es expuesto desde entonces, de forma permanente, en la Universidad de Uppsala, donde Leo da clases.

27/02/2009

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Mangas de Shakespeare

Romeo y Julieta

SelfMadeHero es una editorial británica que se ha especializado en hacer versiones en manga de grandes clásicos de la literatura, una manera creativa de promover la lectura entre los jóvenes. La imagen de arriba corresponde a Romeo y Julieta, que previsiblemente fue el primero de los títulos, lanzado en marzo de 2007 junto con Hamlet. La historia de amores contrariados está ambientada en el Tokio actual, y la del príncipe que ve gente muerta en una ciberutopía del futuro.

Shakespeare ha sido el autor que le ha dado más dividendos a la editorial, que con su serie Manga Shakespeare ya lleva nueve obras y ha recibido varios reconocimientos. Pero también está Eye Classics, lanzada este año y en la que han publicado clásicos de otros autores como El cuervo, de Edgar Allan Poe (titulada Nunca más en la serie); El proceso, de Franz Kafka, y El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, y se anuncian para los próximos meses El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, y Crimen y castigo, de Fédor Dostoievsky. La mayoría de los títulos se puede conseguir en Amazon.

24/08/2008

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Montejo a la intemperie

“Conversación con la intemperie”, antología de poesía venezolana por Gustavo GuerreroUna triste casualidad ha querido que el poeta Montejo muriera un día antes de la presentación del último libro en el que se recogen poemas suyos. Conversación con la intemperie fue presentado en la Feria de Madrid la noche del 6 de junio por Gustavo Guerrero (en la foto), por cierto reciente ganador del premio Anagrama de ensayo.

Montejo, uno de los autores incluidos en la antología, además colaboró estrechamente con Guerrero en la selección de cien textos de José Antonio Ramos Sucre, Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Guillermo Sucre. Todo un mapa del siglo XX poético en Venezuela cuya presentación le sirvió a Guerrero, de paso, para guerrear:

Montejo siempre dijo que la poesía venezolana es una buena muestra de que en Venezuela, a diferencia de lo que ocurre hoy con los políticos que están en el Gobierno, se sabe utilizar también la palabra y la lengua castellana con gran dignidad.

A veces me pregunto por qué los escritores pensamos tanto en los políticos y éstos por lo general ni se enteran. En fin. Conversación con la intemperie fue publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores y los 25 euros y medio de la etiqueta son una minucia cuando se pone uno a imaginar cómo serán esas 660 páginas.

10/06/2008

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Día del Libro con Samuel Eduardo Qüenza

Samuel Eduardo Qüenza

Continuando con el cuento de la semana movida, esta mañana regresé a Cagua y apenas me dio tiempo de responder un par de correos antes de irme a Maracay a presentar el libro Testigo del siglo 20, de mi amigo y maestro Samuel Eduardo Qüenza. Para los que no estén enterados, Samuel ha formado a generaciones de docentes en su larga trayectoria, y es un especialista en la producción de materiales educativos impresos. Pero además de eso fue el creador, en 1988, de la Peña Literaria Cahuakao, que es algo así como la abuela de Letralia y una de las experiencias más enriquecedoras que me ha tocado vivir.

La presentación se hizo en la Biblioteca Agustín Codazzi, que es el centro de operaciones en el que estamos celebrando esta Semana del Libro. Mañana a las 5:30 de la tarde presentaremos el documental Lorca, el mar deja de moverse, de Emilio Ruiz Barrachina, y al terminar la proyección habrá una charla de Carmen Campos, poeta y novelista que hablará sobre Lorca y sobre la muerte en la poesía. El viernes a la misma hora tendremos la presentación de dos libros de mi amigo Víctor Montoya, el escritor boliviano radicado en Suecia que inauguró meses atrás la colección Crónica de Editorial Letralia con su libro Retratos. Las actividades terminan el sábado en la mañana con la presentación de los nuevos títulos de la Imprenta Regional del estado Aragua, publicados bajo la batuta de Amanda Reverón y gracias al trabajo de Héctor Bello y Ángel Pérez, expertos en eso de quedarse hasta la madrugada con tal de tener listos sus libros.

Con Samuel y su equipo estamos preparando un taller de narrativa que dictaré próximamente en Cagua. Será un taller gratuito y estará orientado de forma especial a chicos que deseen iniciarse en el cuento. Pronto pondré aquí detalles de la actividad, que incluirá un anuncio especial.

Al terminar la presentación de esta noche los asistentes se llevaron, de obsequio, ejemplares del libro firmados por Samuel. Bueno, no sólo firmados: Samuel tuvo la delicadeza de escribirle a cada uno una dedicatoria. En la foto de aquí abajo, en la que salgo atravesadísimo, aparecen las escritoras Rosana Hernández Pasquier y Julia Elena Rial, las chicas de la izquierda, y a la derecha Samuel entregándole su libro dedicado al artista plástico Édgar Mata.

Samuel Eduardo Qüenza

Y ahora, para los curiosos, el texto que preparé para presentar el libro de Samuel:

Un día cualquiera de 1941 llegó al internado de Barrancas el camión de la gasolina. El camionero se bajó y se dispuso a descargar los tambores con que surtía al internado mientras dos niños, desde un rincón, lo miraban señalándolo. Para cuando pudo darse cuenta, los niños estaban ante él con la intención de hablarle.

Once años antes, el ahora camionero se había enterado de que su novia, la maestra de Sabaneta, estaba esperando un hijo suyo, y su reacción fue negarse a celebrar el matrimonio al que se había comprometido. A más de seis décadas de distancia, uno de esos niños, el hijo natural que había convencido a su madre de inscribirlo en el internado bajo la corazonada de que allí obtendría información sobre su padre, a quien no conocía, ha resumido el episodio con una frase lapidaria: “José Miguel Valera me dio su bendición, un abrazo y un fuerte”.

A medio camino entre la autobiografía y la crónica histórica, el libro que hoy presentamos, Testigo del siglo 20, es la senda por la que Samuel Eduardo Qüenza ha vuelto sobre sus pasos para recrear el devenir de un país siempre convulso, siempre esperanzado y no pocas veces engañado, desde la perspectiva de un hijo natural, un rebelde, un socialista, un poeta y un maestro de escuela, que hablan todos a una.

El hijo natural no deja de recordar la sentencia orteguiana que define al individuo como la suma de su personalidad y sus circunstancias. Lo dice Samuel de esta manera: “Fue necesario, en mi caso, que la circunstancia de ser hijo natural unida a otras cuyo efecto en el ser humano que soy es innegable, modelaran mi personalidad”. Una circunstancia que lo apartaría para siempre del seminario al que lo había destinado su devota abuela, cuando uno de los sacerdotes que pasaban a caballo por el pueblo le advirtiera: “Misia Clemencia, recuerde usted que un hijo natural no puede ser admitido en el seminario”.

El rebelde es el mismo muchacho de 28 años al que la historia le jugara una mala y una buena pasada. La mala fue que la dictadura de Marcos Pérez Jiménez lo encarcelara por sus actividades orientadas a la conquista de la democracia entonces secuestrada por la bota militar. La buena fue que la detención se produjera el 20 de enero de 1958, por lo que tres días después Samuel, junto con el país todo, recuperaba su libertad.

El socialista es el hombre que tempranamente detectara los primeros indicios de la podredumbre en los partidos políticos que, en la primera mitad del siglo XX, nacieron directa o indirectamente de la mano de Rafael Caldera y Rómulo Betancourt; es, también, el visionario que se opusiera a la vía de la violencia que tomara la izquierda, devenida movimiento guerrillero sin fortuna, cuando se hizo obvio el fraude que representaba el Pacto de Punto Fijo; es, igualmente, el hombre que no sólo manifiesta su esperanza de que el momento actual conlleve para Venezuela el cambio definitivo hacia el progreso, sino que además actúa desde su puesto de docente para contribuir a ello.

El poeta es quien en sus lecturas infantiles y juveniles vio pasar ante sus ojos los versos de Elías Calixto Pompa, el sabio Rufino José Cuervo, el príncipe Rubén Darío y el Premio Nacional de Literatura Alberto Arvelo Torrealba, entre otros; el mismo que una noche de 1988 me contara cómo había sido toda una experiencia leer El hombre mediocre, de José Ingenieros, dos veces en su vida, en su juventud y en su madurez, y comprobar el efecto de esa lectura en ambos momentos; el mismo al que Fernando Caro Molina le escribiera: “Creo no exagerar al decirle que es usted un poeta de límpida voz e imágenes nuevas; es hoy lo que podría llamarse la expresión insustituible de un tiempo en tinieblas”.

El maestro de escuela es el reconocido especialista en producción de materiales impresos para el sector educativo, que comandara equipos de trabajo no sólo para El Mácaro, institución que le debe buena parte de sus logros, sino también para la OEA, la Unesco y otros organismos internacionales; es el guerrero silencioso que desde la tribuna de la docencia ha encauzado a un ejército de educadores que hoy tienen en él no sólo a un guía, sino también a un amigo.

Narrado con la intensidad de una novela de aventuras, pero con la convicción de que las nuevas generaciones deben conocer la historia para forjar sabiamente el futuro, Testigo del siglo 20 es el retrato que Samuel nos entrega del tiempo que le ha tocado vivir, con la sincera humildad que es uno de sus más caros valores. Un testimonio de excepción provisto por uno de nuestros más solventes intelectuales, que temprano descubrió que la vida es fértil sólo si se la abona con el trabajo constante, y no con la estridencia ni el oropel.

23/04/2008

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Alberto Barrera Tyszka ya se lee en chino

“La enfermedad”, de Alberto Barrera Tyszka

Esta es la portada de la edición china de La enfermedad, de Alberto Barrera Tyszka, publicada por la Editorial de Literatura Popular de China en virtud de que la novela fuera una de las ganadoras del concurso anual convocado por el sello oriental. El libro, también ganador del Herralde 2006, fue presentado este lunes en el Hotel de los Chinos de Ultramar, de Pekín, junto con The Emperor’s children, de la estadounidense Claire Messud, Ourancia, del francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, Melnitz, del suizo Charles Lewinsky, Sanika, del ruso Ch. Buliliepin y Pasiones griegas, del chileno Roberto Ampuero, con quien Alberto comparte honores en el área de novela latinoamericana. Ahora sí podemos decir que a Alberto lo conocen aquí y en Pekín.

29/01/2008

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