Pavarotti al dente

Luciano Pavarotti

Creo que no me equivoco si digo que Luciano Pavarotti era el único tenor reconocido por el gran público. Desprejuiciado, con su sonrisa espléndida y su inquebrantable buen humor contribuyó a introducir el bel canto en la estela de la cultura pop. Protagonista colosal —y por algo más que su robusta presencia— de aquellos conciertos reunidos bajo el título común de Los Tres Tenores, Pavarotti armó dúos con gente tan variopinta como Barry White, James Brown, Queen o Bono, y ni siquiera le hacía asquito a cantar con Ricky Martin. Hasta podría haber cantado con Sepultura (¿o sí llegó a hacerlo?).

Un par de tributos. El primero es el documental “Profile of a Performing Artist: Pavarotti”, de doce minutos (.wmv, 12 Mb), donde entre otras cosas interesantes salen fotos suyas de cuando era flaco, y se muestra a su padre, don Fernando Pavarotti, imitándolo en cariñoso homenaje; además de verse al tenor bromeando, cantando en bufonesco falsete, cocinando, compitiendo con un pajarito, bailando y sacando la lengua. El segundo es una colección de 34 fotografías que armé con mi cuenta en Corbis, donde se le ve con Paul McCartney, Stevie Wonder, Grace Jones, George Benson, Tracy Chapman y hasta Lady Di, dos años antes de su aparatoso arrivederci.


Juan Ramón Jiménez, fuego y amor

Juan Ramón JiménezAl otro lado del charco está causando revuelo la edición de Libros de amor, una recopilación de poemas eróticos del gran Juan Ramón Jiménez preparada por el profesor José Antonio Expósito. El caso es que esos poemas nunca antes habían pasado por una imprenta, y en ellos se descubre el lado carnal del autor de Platero y yo, que, a juzgar por lo que cuenta Expósito en esta entrevista, comprobó aquel tópico de que el amor lo cura todo:

A los 19 años, estaba obsesionado por la idea de la muerte y la neurosis aconsejó ingresarlo en el sanatorio Castel d’Andorte, cerca de Burdeos. En lugar de vivir con el resto de internos del psiquiátrico, el doctor Lalanne le permitió alojarse en su propia casa, donde vivió algunos meses. Mantuvo algunos encuentros con una ayudante de cocina, a la que llamó Francina, pero lo que verdaderamente le inquietó fue la relación que mantuvo con la esposa del doctor, Jean-Marie Roussié, diez años mayor que él.

El bueno de Juan Ramón también se enamoró, mientras estuvo en el sanatorio del Rosario, en Madrid, de varias jóvenes monjas de la orden de la Caridad de Santa Ana. Nunca se sabrá si llegó a acostarse con alguna o algunas de ellas, pero la cosa fue tan evidente que la madre superiora llegó a ordenar el traslado de una de ellas a Barcelona.

La historia termina bien. Los poemas iban a ser publicados en septiembre de 1913, pero un par de meses antes Juan Ramón conoce a la que será su esposa: Zenobia Camprubí. Elegante y reservado tras el flechazo, el poeta retira el libro y posterga su publicación. Hasta nuestros días.


La cara oculta de Gabriela Mistral

Gabriela MistralLa aparición de textos inéditos de Gabriela Mistral ha causado revuelo entre los estudiosos y lectores de la escritora. No se trata realmente de un descubrimiento: eran papeles que tenía en su poder Doris Dana, amiga, albacea y heredera de la autora, y que estaban destinados a permanecer hasta el fin de los tiempos en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, pues Chile, en su opinión, carecía de las condiciones técnicas para la conservación y estudio de tales materiales.

Dana murió en noviembre pasado y, pese a su decisión, su sobrina Doris Atkinson —una ingeniera estadounidense que sólo sabía de la Mistral que había recibido el premio Nobel— permitió al investigador Luis Vargas Saavedra acceder a los textos. Él en persona echa el cuento en esta nota publicada ayer por El Mercurio, donde adelanta que esto duplicará la obra conocida de la Mistral.

Faenamos igual que en una ceñida oficina, Elizabeth Horan, historiadora que esmera su biografía de Gabriela Mistral revisando los papeles a la busca de cartas y fotos; mi esposa, Carmen, que me asiste en el delicado trato a los manuscritos; Doris Atkinson, que se atarea en los preliminares del traslado de todo este cúmulo a Washington, y yo, que voy hallando más y más poemas inéditos para las obras completas. Si antes de venir ya tenía 80 y tantos, ahora voy llegando a los 100, y éste es sólo el tercer día de rastreo.

Doris Atkinson ha decidido, desoyendo a su recelosa tía, entregar los textos a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile para que el pueblo chileno y los lectores del mundo puedan, algún día, conocer la cara oculta de la escritora.

¿Qué había en los archivos de Doris Dana? Aquí algunos detalles:

Cinco álbumes de cuero negro, de unos 50 por 40 centímetros, que contienen fotos de Gabriela Mistral, Yin Yin, padre, madre y familia, la mayoría desconocidas. Muestran diferentes etapas, edades, lugares y permiten acompañar su periplo; verla joven y luego vieja. Las de Yin Yin también dejan seguir su evolución de niñito chico feliz a serio, amurrado, incluso sombrío.

El número de carpetas es de alrededor de 400.

La prosa está archivada con varias copias, de modo que un artículo periodístico se repite 3 o 5 veces.

Elizabeth Horan estima que ella ha escaneado 500 cartas inéditas. Yo he fotografiado 860 hojas que corresponden a 78 poemas con todas sus versiones (un poema suele evolucionar en tres versiones).

La resolución de Dana de encargarse personalmente del archivo de la Mistral la superaba, en palabras de Vargas Saavedra, quien le achaca la culpa “de que en los Estados Unidos no se la haya considerado como la magnífica escritora universal, como el genio verbal que ella es”. No es hora de recriminaciones, supongo, y así lo entenderán los hambrientos lectores de la escritora.


Woody Allen, Scarlett Johansson y los políticos de Barcelona

Scarlett Johansson

Soy enemigo de las generalizaciones, pero todos los políticos son iguales. Por estos días Woody Allen está rodando Midnight in Barcelona, lamentablemente no la Barcelona de aquí sino la de España, y los políticos andan vueltos locos buscando la manera de tomarse una foto con él. O al menos es lo que ha dicho Ángels Esteller, concejal del PP, según cuenta esta nota:

Con la película “se está dando un espectáculo sin precedentes, más propio de una ciudad provinciana que una cosmopolita, que tendría que estar acostumbrada a que cineastas y gente con talento” acudan a la ciudad.

De inmediato le saltaron encima el teniente de alcalde, Carles Martí, y el delegado de Cultura, Jordi Martí —sí, tienen el mismo apellido. Woody, mientras, estaba esta mañana grabando unas escenas en La Rambla de Barcelona.

OK, pero, ¿por qué he encabezado esta nota con una foto de Scarlett Johansson? Pues porque, aparte de que es una de las protagonistas del filme, sé que muchos por aquí preferirán ver a Scarlett que a Woody. Una ñapa, aquí abajo: Scarlett nuevamente, en Lost in translation, acostadita como la niña buena —en más de un sentido— que es.

Scarlett Johansson


Guédez en el recuerdo

Jesús Enrique Guédez

El sábado muy temprano me despertó el impertinente chillido del celular (siempre estoy por cambiarlo, siempre lo postergo). Era un parco mensaje de Homero Vivas, avisándome desde el Táchira que acababa de morir, en Barinas Chacao, Jesús Enrique Guédez, un poeta y cineasta cuyo trabajo intelectual era tan vasto como su dimensión humana.

Justamente por el tamaño del personaje me sorprendió que la prensa venezolana prestara tan poca atención a su muerte, de paso nada inesperada si es verdad, como me dicen los amigos, que tenía ya algún tiempo con graves problemas de salud. Apenas El Nacional le dedicó, ayer, este obituario documentado que fue más allá del simple “se murió fulano”. Para mi nota en Letralia tuve que zanquear al viejo Guédez por los escasos pasillos que se le han reservado en Google. Encontrar una fotografía suya —la que encabeza esta nota— fue, ni más ni menos, una odisea, pues el único sitio en Internet que tenía una, Nuestros hacedores de sueños (sobre cine venezolano) no lista a Jesús Enrique Guédez por su nombre, sino mediante un gráfico.

La historia del cine venezolano tiene en Jesús Enrique Guédez uno de sus faros más potentes. Apóstol del cine documental, hizo también lo suyo en la ficción con una película que para mí es inolvidable: El iluminado, con Asdrúbal Meléndez mejor que nunca, en un papel sombrío, perfecto para su cara de desazón perenne.

Comecandela desde siempre, Guédez fue también un gran poeta, cualidad que se entrevé por supuesto en su cine pero que obviamente es en sus textos donde se aprecia a cabalidad. Como el Chino, le escribió tanto al amor:

Naces y desapareces
en mi frágil torrente
nada extraño los vientos
y las caricias en la playa
nací sumergido o ahogado
reflotando en las espumas
en tus mágicas oscuridades,
navegas atada y sin amarras
libre y esclava
adónde van mis aguas sin ti
en este poema.

…como a sus convicciones políticas:

Escribe en los periódicos y se acuesta
Todos los días creyendo que es libre
Y los que los leen pobres ignorantes
Sonámbulos callejeros
Igual que los perros o los indios
Que vienen hambrientos del monte

Pero él escribe en los periódicos
Porque sabe escribir de la vida
O de cosas que le suceden a la vida
Por ejemplo cuánto le costó
A un hombre poderoso ser feliz
Cómo pagan los desempleados
Su ignorancia, cómo llora el niño
Que quedó solo en el hospital
Y ve morir a su lado a otros niños
Cómo los campesinos abandonan ciegos
El “paraíso” del campo para mendigar
En las aceras de las ciudades de los que
Trabajan para que los demás coman
Cómo el delincuente no es persona

Escribe de todo en los periódicos
Y después se duerme feliz
Porque él se cree libre y a sus lectores ignorantes.

Desmintiendo aquella conseja de que loro viejo no aprende a hablar, Guédez se metió un día en Predicado y dejó allí casi medio centenar de textos, entre poemas y breves prosas, como esta:

“El zodíaco se volvió loco, padre, se están cayendo del cielo las estrellas”. “No hija, son bombas”. Después no pudieron oírse más, murieron.

Un franco testimonio de un artista que se conformaba, en vida y seguramente también en la muerte, con el sereno homenaje de la amistad y el respeto de los suyos.


Panero contra la cordura

Leopoldo María PaneroRecluido desde hace años en el Psiquiátrico de Mondragón, primero, y en la Unidad Psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria, después —y hasta el sol de hoy—, el poeta Leopoldo María Panero se goza el tributo de sus lectores, no pocos de los cuales le consideran el mayor poeta vivo de España. Hace algún tiempo Rolando Gabrielli le dedicó esta nota en la que da cuenta de la dimensión extraordinaria de este hombre que se ha debatido con la prisión, la heroína, la soledad, la esquizofrenia y, claro, la poesía. Hoy El País publica este intento de entrevista en el que Panero, que está en Madrid asistiendo a la Feria del Libro, se resiste a sostener una conversación convencional y, en lugar de ello, habla de la Coca-Cola Light, canta el tema de Desperado y alza el puño recordando sus tiempos de transgresor comunista en la España de Franco. Ah, y ofrece contar chistes de locos.

Está vigente, no sé desde hace cuánto, la promesa de una página oficial de Panero, en cuya portada —lo único que por el momento puede verse— aparece el poeta sonriendo tras las rejas. Mientras tanto, uno puede leer algunos de sus fumes en una colección bien sustanciosa que publica el densísimo portal A media voz.


La vida es sueño

Jan GrzebskiRip van Winkle estaba obstinado de sus problemas y salió a cazar. En las montañas lo alcanzó un extraño personaje que cargaba consigo un barril de licor, y se dispuso a ayudarle. Llegaron a un anfiteatro de piedra donde otras personas, no menos extrañas que el hombre del barril, jugaban a los bolos con expresión de absoluta seriedad. Allí se embriagó el despistado de Rip y se quedó dormido, despertando veinte años después para regresar a su pueblo, que ahora le era completamente desconocido.

Algo parecido, aunque se trata de una historia no tan pintoresca, le ocurrió a este señor polaco llamado Jan Grzebski. Hace diecinueve años se dio un golpe en la cabeza y cayó en coma. Los médicos, quienes poco después le diagnosticaron además un cáncer en el cerebro, no le dieron mucha esperanza a Gertruda Grzebska, la esposa del durmiente. Hastiada del pesimismo de los galenos y de los amigos que le preguntaban cuándo le aplicaría la eutanasia, un buen día se lo llevó a casa para cuidarlo con un esmero que no declinó en todo este tiempo.

Finalmente, Jan despertó. Lo que ha visto desde entonces no deja de maravillarlo: ha caído el comunismo, la gente habla con extraños adminículos que además toman fotos y se conectan a una tele multitudinaria que llaman Internet, cualquiera puede comprar lo que quiera donde quiera. Ahora Jan vive en un futuro insospechado donde la mejor parte, dice con su sonrisa tímida, es la presencia de once nietos, nacidos todos durante su largo sueño.

Para los curiosos: “Rip van Winkle”, de Washington Irving.


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