Convertido en un evangelista del spanglish, el filólogo Ilan Stavans congrega amigos y enemigos a partes iguales. Su último acto de provocación fue anunciar que ha traducido la primera parte del Quijote, un mensaje clarísimo para quienes piensan que el spanglish es un fenómeno pasajero.
In un placete de La Mancha of wich nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase.
Tras quinientas páginas de semejante mescolanza, que a no pocos les parece cosa del demonio —vean por ejemplo los artículos reunidos en las páginas de Ricardo Soca y Francisco J. Díez—, Stavans se dispone a empezar, en 2006, la traducción de la segunda parte, a fin de publicar todo el Quijote en spanglish.
Stavans dice que empezó a hablar spanglish por envidia de sus sobrinas y para dejar de sentirse encerrado en dos prisiones, la del inglés y el español. Para muchos, su intención de “legitimar intelectual y académicamente el spanglish como fenómeno cultural” es poco menos que una afrenta contra la moral del idioma.
Lo cierto es que el idioma es una instancia que no tiene nada que ver con la moral, aunque sí con las costumbres de los hablantes. Todo idioma es un organismo vivo, y bajo ciertas circunstancias puede sufrir mutaciones. Y en el caso del spanglish me parece que sólo los puristas no se han dado cuenta de que se trata de una mutación de eso que llamamos “la lengua de Cervantes”. Y de que ya luce indetenible.