Vargas Llosa y el asco de Estocolmo

Mario Vargas Llosa en la biblioteca de Rinkeby

Mario Vargas Llosa fue el jueves a la biblioteca de Rinkeby, donde los chicos de la localidad le hicieron un homenaje con poemas y canciones y hasta le dedicaron un cuento, como dice este cable de EFE:

Primero, los estudiantes le dieron la bienvenida en diversos idiomas, entre ellos el español, el turco, el griego, el polaco y el somalí, y tras el desfile de un coro de niñas que, con velas encendidas, entonaban canciones navideñas en honor de Santa Lucía, un grupo de alumnos leyó un cuento en el que uno de los protagonistas se llamaba Mario.

Rinkeby es un barrio pobre de Estocolmo, una suerte de gueto al que van a parar los inmigrantes, que lo conforman en algo así como 90%. Es el barrio de los expatriados, los que salen de sus países huyendo de las guerras o de la extrema pobreza y por azares del destino llegaron un día a la fría y organizada Suecia. Incluso los cuatro suecos que viven allí son los de peor fortuna, expatriados dentro de su patria.

Ese proceso de poblamiento ha convertido a Rinkeby en un crisol de culturas e idiomas. Diecinueve lenguas conviven en esta Babel del frío. Y no es un invento de la modernidad: ya en el siglo XIV hay registros documentales de la existencia de Rinkeby (Estocolmo fue fundada a mediados del siglo XIII), aunque el desarrollo actual con edificios cuadrados, desprovistos de toda floritura arquitectónica —pero provistos, por otro lado, de centenares de antenas parabólicas con las que sus habitantes ven la televisión de los países que dejaron atrás—, fue inaugurado en 1971.

Rinkeby es el asco de Estocolmo, la ruina suburbana a la que todo sueco de bien evita entrar. Me contaba Marisol Aliaga en 2006 que los suecos, por algo parecido a la elegancia, evitan manifestar abiertamente su desprecio por los extranjeros —los extranjeros pobres, quiero decir—, a quienes llaman “cabecitas negras”. Pero Rinkeby les da tanto asco que, si te sientas en uno de esos lindos restaurantes a orillas del mar Báltico y pronuncias la palabra Rinkeby, te mirarán de arriba abajo y se alejarán como si fueras un apestado.

Así que no es difícil inferir el tamaño del esfuerzo que implica meter al ganador de un premio Nobel en la biblioteca de un sector al que ni los taxistas quieren ir —te cobran 400 coronas a ver si desistes de semejante destino. Allá fue Vargas Llosa a hablar, claro, de libros, y definió la lectura como la más entretenida ocupación, algo con lo que los chicos no estuvieron muy de acuerdo:

George, por ejemplo, ve bastante más entretenido el fútbol. Y para demostrarlo enseña una carpeta tapizada con el rostro y el nombre de Messi, que todavía no es premio Nobel. A su alrededor, hay “quórum” y, como siempre que hay “quórum” entre adolescentes independientemente de su nacionalidad, gritan. Gritan a poco que el periodista se moleste en preguntar. ¿Entre el fútbol y la literatura, con qué os quedáis? Todos como un solo hombre: “el fútbol”.

Y es que en el barrio de los pobres todos los chicos juegan fútbol. Es el idioma común, el punto de consenso que ni la ONU podría encontrar. De Rinkeby han salido destacados futbolistas como Moses Nsubuga o Martin Mutumba, descendientes de africanos como bien lo indican sus nombres. Cuando estuve allí, varios niños que pasaban su tarde jugando fútbol me rodearon pidiéndome en inglés, sueco y en otros idiomas que les tomara una foto en plan de equipo profesional. Cada uno se identificó alegremente con algún futbolista internacional.

Ahora veo la foto de arriba, en que Vargas Llosa se deja llevar del brazo por un chamo de Rinkeby, y no puedo dejar de pensar que, cuatro años más tarde, alguno de estos chicos de la foto de abajo pudo haber presenciado la visita del Nobel.

Niños en Rinkeby

De hecho, dos de la foto de abajo se parecen mucho a los dos que resaltan a la izquierda, en la foto de arriba. Si quieren pueden abrir la foto a mayor resolución y hacer el ejercicio de intentar reconocerlos.

12/12/2010

Guardado en Siendo un escritor
Ya hay 3 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

El Extraño

El ExtrañoEl Extraño era un tipo callado, demasiado callado para mi gusto. Nunca nos dábamos cuenta de que había entrado al salón aunque lo tuviéramos al lado. Yo estaba convencido de que su sigilo no era por timidez, sino por arrogancia. En las contadas ocasiones en que le dirigimos la palabra nos respondió mirándonos directamente a los ojos, y pese a que han pasado más de dos décadas puedo recordar con claridad que no pestañeaba. Es decir: no era tímido, no. Era un arrogante, sólo eso.

Es obvio que le decíamos El Extraño por sus silenciosas maneras. Pero había algo más, como siempre. El Extraño tenía un corte de cabello perfecto, uniforme. Sus camisas parecían finas láminas acrílicas que le daban forma a su cuerpo. Sus zapatos siempre parecían nuevos. Escribía unas letras perfectas con un lapicero importado y perfecto. Sus anteojos nunca padecieron una de esas molestas manchas de sudor y grasa que dificultan la visión en los días calurosos. Además, no le bastaba con saberse la vida de Jorge Manrique, sino que recitaba las coplas a la muerte de su padre con la fluidez y la confianza de quien canta el Ávila de Ilan Chester.

Era esa época dorada en que uno podía perder el tiempo sin sentirse culpable. Salíamos de la Católica y nos íbamos a comer banana splits en el Crema Paraíso mientras filosofábamos alegremente sobre el amor, la amistad y otras vainas que ocupan la mente cuando no se ha alcanzado aún esa fatídica edad de los veinte años. Para ver una película igual nos valía meternos en el Multicine de Chacaíto que en alguna sospechosa quinta del Este en la que una no menos sospechosa organización benéfica mantenía un cineclub de esos de televisor y betamax. Uno podía estar a las 4 de la tarde copiando páginas enteras en la biblioteca y a las 5 —después de atravesar media Caracas— hacer la cola en la taquilla del Aula Magna para vacilarse a Soledad Bravo. Y, por supuesto, El Extraño nunca estuvo allí.

La verdad es que me inquietaba un poco. ¿Por qué El Extraño era tan extraño? ¿Qué odiosa vida podía llevar para ser tan arrogante? Nada sabíamos de su vida privada, y los pocos temerarios que llegaron a preguntarle algo se encontraron con evasivas más o menos tajantes, del tipo “No suelo hablar de esas cosas”. En realidad no solía hablar de casi nada, y uno podía notar su desgano cuando algún profesor le hacía una pregunta que se suponía debía responder en voz alta. Incluso cuando era obvio que conocía tan bien la respuesta que hubiera podido dar él la clase.

Una noche nos topamos en el Metro. Fue un momento incómodo, si se piensa que en aquellos años uno podía entrar al Metro en La Hoyada a las 7 de la noche y hasta había puestos desocupados. Yo iba para Chacaíto a encontrarme con una novia que tenía, a la que juré amor eterno y de la que ahora no recuerdo ni el nombre. Estaba sentado frente a mí, haciendo como que miraba para otro lado. Pero por supuesto El Extraño también tenía un impecable (y quizás hasta afectado) sentido de la cortesía, así que pronto dejó de fingir, me miró y me saludó con un ambiguo movimiento de cabeza.

Nos quedamos un rato así sentados, sin decirnos nada. En el largo minuto y medio en que el Metro recorre el trayecto entre Colegio de Ingenieros y Plaza Venezuela noté que, a través de los cristales perfectamente limpios de sus anteojos perfectos, me miraba sin pudor. No hay nada más incómodo que la mirada de un tipo que no te cae bien. Para matar el tiempo le pregunté de dónde venía y, desde luego, me respondió que acababa de salir de la biblioteca. Otros diez segundos en silencio. Le dije que iba a Chacaíto, más para comprobar que no nos bajábamos en la misma estación que porque sintiera que el dato pudiera interesarle. Sólo dijo “Ah” e hizo un gesto afirmativo casi imperceptible (aunque bien pudo ser efecto del movimiento del vagón).

Entonces me sorprendió preguntándome si era verdad que yo escribía. No podía ser menos parco que él y le respondí un “Sí” rápido y certero que cayó al piso del vagón como un yunque. Volvimos a quedarnos callados otro rato hasta que el Metro cerró sus puertas en Sabana Grande. Tenía la intención de bajarme dramáticamente en Chacaíto sin despedirme, pero más pudo la curiosidad y le pregunté si él también escribía. Creo que nunca me había dirigido una frase tan larga. “Sí, un poco”, me dijo, “aunque debo confesar que sufro de ese conocido terror a la página en blanco”.

Salí del Metro sorprendido, preguntándome varias veces: ¿una frase hecha, eso era todo lo que tenías? El Extraño podía haber admitido que a su mente enciclopédica le costaba contraer el delirio de la creación, lo cual habría resultado hasta elegante; pero no, prefirió acogerse a una plantilla, una falacia consagrada precisamente por quienes desconocen el misterio del acto creador.

Lo imaginé arañando letras una y otra vez, en la búsqueda vana del verso perfecto, del cuento redondo; lo imaginé leyendo sus garabatos, que se resistían tozudamente a adoptar las formas de la genialidad que su erudición de mnemotecnia admiraba tanto; lo imaginé desechando páginas que sabía imperfectas, páginas que no le satisfacían porque desentonaban con su perfección de escultura de hielo. Lo imaginé, finalmente, dando vueltas por la habitación, buscando una respuesta prefabricada para quien en el futuro le preguntara si escribía; arrogante como era, debió convencerse de que en el vago concepto del “terror a la página en blanco” tenía su respuesta perfecta.

Esa noche aprendí que la arrogancia suele estar casada con la ridiculez y que no es más que una impostura, un escondrijo donde sepultar los vacíos antes de que se hagan evidentes a los otros. Pero fue un aprendizaje rápido, pues a unos pasos me esperaba mi amor eterno —ese cuyo nombre ya olvidé— con sus besos francos y su nada arrogante sonrisa capaz de espantar todos los terrores del mundo.

14/11/2010

Guardado en Siendo un escritor
Ya hay 4 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

Manuscrito en una botella

Manuscrito firmado por Gabriela MistralMás de medio siglo llevaba enterrada en una plaza una botella encontrada este lunes en el pueblo de Montegrande, en Chile, y que contenía un mensaje escrito nada menos que por Gabriela Mistral en 1954, tres años antes de su muerte. La escritora escogió ese emplazamiento para enterrar el manuscrito por estar al frente de la antigua casa-escuela donde transcurrió su infancia.

Como muestra la imagen —que puede verse a mayor resolución aquí—, buena parte del manuscrito ha sido desfigurada por la humedad, por lo que la Municipalidad ha pedido ayuda para su restauración. Pero estas cosas siempre generan fascinación, pues de alguna manera es como si se abriera un agujero de gusano que permitiera entrar en contacto con la celebridad. Así, el hallazgo entraña ahora el problema de quién se lo queda:

La municipalidad del pueblo reclama ahora que la reliquia se quede en la ex escuela, que actualmente es un museo, porque “la botella es de la gente de Montegrande”, señaló el alcalde, que espera contar con el apoyo del Consejo de Monumentos Nacionales. Fuentes de este organismo dijeron hoy a Efe que no va a haber un pronunciamiento sobre el tema hasta que se determine si corresponde a su jurisdicción.

Enterrado por la propia Mistral, el mensaje fue escrito en ocasión de la colocación de la primera piedra de un parque infantil. Hacia el centro, invencible ante el tiempo, la firma de la autora. Un hallazgo invaluable, especialmente si se piensa en el largo camino de regreso a casa que hace pocos años recorrió su legado desde Estados Unidos.

02/09/2010

Guardado en Siendo un escritor
Ya hay 4 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

Saramago x 2

José Saramago

La danza tenebrosa de la muerte se llevó por estos días a varios escritores, de los cuales sin duda alguna es José Saramago —con su Premio Nobel— el más conocido. Autor de los llamados comprometidos, Saramago solía servir de masa para las agencias de noticias, tan prolífico en fases redondas —aunque solíamos estar en desacuerdo con algunas de ellas.

Pero sucede que Saramago no fue siempre Saramago; como es natural hubo una época en que era poco feliz y poco documentado. Al ser despedido del Diario de Noticias por razones políticas, el escritor se encerró a escribir Memorial del convento y su vida cambió. Miguel Ángel Flores lo contaba ayer en La doble vida de José Saramago, que además de incluir la historia de esa transición se hace una pregunta interesante:

¿Hubiera podido trascender Saramago si sus novelas no hubieran pasado por el tamiz de la traducción al español? Dada la marginalidad de la lengua portuguesa en el mundo de la cultura, vista la escasa divulgación de un novelista tan notable como Virgilio Ferreira, me temo que la respuesta es negativa. Y este temor lo confirma el hecho de que Mario Lobo Antunes atrae cada vez más lectores desde que se le publicó en español.

06/07/2010

Guardado en Siendo un escritor
Ya hay 3 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

Quiero ser un escritor famoso

Quiero ser un escritor famoso

A principios de 1998 recibí por correo electrónico una de las consultas más extrañas que me han formulado. Un señor de Caracas me preguntaba, de manera muy lacónica, cómo convertir a su hijo adolescente en un escritor famoso.

Quienes nos movemos en este medio solemos coincidir en que es incómodo que alguien nos pregunte cómo es posible convertirse en escritor. Existen decenas de fórmulas, pero todas fallan. Sabemos que el escritor es un tipo que siempre leyó mucho, pero al mismo tiempo vemos cómo gente que pasa su vida leyendo jamás escribe una línea publicable. Sabemos también que es preciso escribir en cada momento disponible, pero es frecuente toparse por ahí con manuscritos que, siendo inmensos en su longitud, lo son asimismo en la evidente dislexia de sus autores.

Así que la pregunta de este preocupado padre caraqueño involucraba una complicación. Ya es problemático decirle a alguien cómo convertirse en escritor; lo es aun más dar con la fórmula para que ese escritor sea, además, famoso. Por otro lado, pensaba en la difícil situación de aquel chico que quizás, a consecuencia de la decisión vocacional que su padre había tomado por él, se daba cabezazos con la censura paterna cada vez que se le ocurría jugar una partida de Doom, ir a discotecas o emprender lo que sea que formara parte de las actividades de un adolescente caraqueño a finales de los 90.

Por supuesto que recordé la certera recomendación de Somerset Maugham: “Déle 150 libras anuales por el lapso de cinco años y dígale que se vaya al demonio”. Todo lo que tenía que hacer era calcular la conversión monetaria y lanzarle la recta. Pero finalmente, preocupado porque tal respuesta podría inspirar más preguntas al atribulado buen hombre, y más diplomático que didáctico, le dije que no existía una vía definitiva para convertirse en un escritor famoso y le sugerí la lectura de algunos textos que sobre el aprendizaje del oficio acabábamos de publicar en Letralia. Acto seguido borré su carta y pasé a otra cosa.

Pero esa pregunta vuelve a mi cabeza cada cierto tiempo.

*

La literatura es letras, escritores y lectores, pero también es un hecho social, algo que suele pasarse por alto pues se considera que todo hecho social es, por definición, un hecho superficial. Lo cierto es que no basta con escribir un libro que ganaría el premio Nobel, empezando por la obviedad de que hay que publicarlo. Es preciso entonces que una editorial se interese en él; que se arriesgue a publicarlo y distribuirlo. Pero antes quizás sea necesario que el autor tenga lo que comúnmente llamamos “un nombre”, pues es improbable que una editorial se interese en la obra de un desconocido.

El medio editorial tiene filtros naturales. Y tiene que ser así, pues si ya es abrumadora la cantidad de libros, legibles e ilegibles, que se publican, hay que imaginar cómo serían las cosas sin tales filtros. Pero algunos se dejan impresionar bastante por estos filtros. Los más afectados son los escritores jóvenes y los que por más esfuerzo no logran escribir algo que valga la pena. Unos y otros se quejan de la ausencia de oportunidades, cuando además de escribir sin freno deberían estar asistiendo a los saraos culturales y molestando a cuanto jefe de redacción se les ponga por delante.

Construir el “nombre” implica participar en concursos literarios, asistir a bautizos de libros y tertulias, hacerse asiduo de ciertos círculos, publicar textos en suplementos y revistas; sin contar con que previamente el afanoso constructor debería haber pasado toda su vida leyendo y puliendo su estilo. Además, dado que su materia prima será el lenguaje, no estaría mal que se ocupara un poco de hacer alguna reverencia a las normas ortográficas y gramaticales que más adelante, con la debida experiencia, se encargará de subvertir.

Cuando un escritor en ciernes se presenta ante un foro quejándose de la ausencia de oportunidades, no puedo evitar pensar que lo que está queriendo decir es que no se le permite ser famoso. Él quiere todos los privilegios que concede la fama: salir en la prensa, ser reconocido en los restaurantes, firmar autógrafos, tener increíbles experiencias sexuales. Él sueña con el día en que, cubierta la cara de maquillaje y entrecerrando los ojos por efecto de las luces, pueda decir ante las cámaras de un programa de televisión que la fama es algo molesto, y que añora aquella época en que era feliz e indocumentado.

*

Dado que la literatura no es una carrera formal en la que, tras años de servicio o méritos profesionales, se pueda ascender hacia un rango definido, hemos adoptado ciertas convenciones basadas principalmente en calificaciones subjetivas sobre la relación entre el trabajo del sujeto, los beneficios que le produce y la incidencia que tiene sobre su entorno. Así, un escalafón de juguete, pero escalafón al fin, concede al menos la existencia de dos rangos: el escritor novel y el escritor consagrado. No hay una manera de definir con exactitud cuándo se deja de ser novel para acceder a esa categoría, la de consagrado, en la que se te rinde pleitesía y leen tus libros en la escuela. Un escritor en sus cuarenta, que haya publicado diez libros pero no goce de las mieles del éxito, ¿es novel o consagrado? Ya novel no será, pues se supone que lleva años haciendo lo que lo define como escritor. Pero tampoco es consagrado, porque nadie lo conoce.

Hay quien se acerca a los escritores consagrados como si la proximidad le permitiera agenciarse de una suerte de contagio de esa consagración. Se trata de una aplicación automedicada del viejo refrán: mira con quién andas y te diré quién eres. Como aquel Andrés de la canción de Rubén Blades, cuya familia estimulaba su pasantía como monaguillo del padre Antonio con la esperanza de que, acercando al chico a Dios, la gracia divina fuera distribuida a los otros diez miembros del clan. Anhelantes de fama, ciertos escritores esperan que, convirtiéndose en parte del clan de algún famoso que vaya a saber por qué razón conocen, la gracia divina los toque.

Conscientes quizás de lo difícil que les será alcanzar la fama, optan por divulgar cuán cerca han estado de ella. Esto es particularmente molesto cuando sobreviene la muerte de un escritor famoso. Los diarios se llenan entonces de reseñas que exaltan la memoria del occiso y, entre esas reseñas, agazapada en su patética minusvalía, se encuentra la del aspirante a famoso, que narra cómo una vez estrechó esa mano y transcribe alguna conversación ocasional, de la que el desprevenido lector inferirá cuánto le debe el autor fallecido, literariamente o no, al aspirante.

Esto, por supuesto, no se limita al tenebroso ámbito de los poetas muertos. Entre los vivos es común que se aproveche la fama del vecino incluyendo, en cuanta alocución se presenta, una mención a uno de esos contactos cercanos. El aspirante a famoso no pierde oportunidad para soltar la anécdota sobre el día en que conoció al famoso en una fiesta en la que, puede uno suponer, había otras setenta personas esperando para estrechar la misma mano. Estos son los que empiezan cualquier reseña con la expresión “Estaba yo con mi amigo el famoso escritor…”.

En inglés esta práctica es denominada namedropping: dejar caer nombres. Para que todos sepan cuán cerca estoy de la fama, dejo caer —jugando a ser humilde, modesto— los nombres de los famosos con los que suelo codearme. No es otra cosa que un engaño mediante el cual el aspirante pretende convencernos de que, por ósmosis, es propietario de una parte de la fama de aquellos a quienes ha tocado.

Con todo, este tipo de engaño no es tan grave. Algunos cándidos ni siquiera lo hacen de manera consciente, y por lo general el reconocimiento que consiguen por esta vía tarde o temprano se desvanecerá sin mayores consecuencias. De peor calaña son aquellos que falsean datos para convencer a sus semejantes de que están ascendiendo al pináculo de la fama tan rápido como la espuma. La práctica es común en los pueblos de provincia, donde de pronto un escritor reaparece tras semanas de viaje y cuenta a sus coterráneos las mil aventuras que vivió en alguna capital mientras era adorado por los dioses de la crítica. Quizás hasta disponga de un recorte de prensa o, si ha tenido verdadera suerte, un galardón de algún otro pueblo de provincia. Algunos son bastante arriesgados: falsifican entrevistas en medios reconocidos, se dicen ganadores de premios que jamás han existido y hasta envuelven a séquitos enteros de incautos en utópicos proyectos editoriales en los que sólo saldrá beneficiado el farsante que los promueve.

En estas imitaciones de la fama juega un papel preponderante el asunto de la imagen. Un escritor es alguien que escribe y tiene una personalidad; quienes no pueden escribir pero aspiran a la fama literaria asumen que ha de encarnarse la personalidad, ya que la literatura les es esquiva. Vestirse, hablar y sonreír como un escritor es, para ellos, más importante que ese requisito difícil, y muchas veces inalcanzable, que es escribir.

Es curioso cómo el estereotipo del escritor contemporáneo se dispara de uno a otro lado de la escala moral de acuerdo a la perspectiva del observador. Entre escritores priva la visión de que el escritor estereotípico es un personaje amoral, o inmoral —que para el caso viene a ser la misma cosa—, con acendrada afición por la bebida, insaciable sexualidad y, en fin, una personalidad difícil; tales características son atribuibles, supongo, a los patrones difundidos por el cine. Para otros —y en esta categoría encajan especialmente quienes no escriben ni leen—, el escritor es un ser pleno de castidad y virtud, es la reserva moral de la sociedad. Dependiendo del sector al cual pertenezca, nuestro aspirante asumirá la postura que crea más adecuada.

Todos estos son caminos dictados por la impaciencia. Quienes llevan la peor parte son quienes conforman el contingente de los honestos principiantes, escritores en ciernes que sólo desean ver sus nombres impresos en el menor tiempo posible y harán lo que sea para lograrlo. Son ellos quienes engrosan las arcas de editores fraudulentos que los enamoran con antologías cooperativas, concursos literarios que cobran aranceles de participación y otras estratagemas para libar y comer a costa de los impacientes. Alguien debería decirle a estos chicos que todo sistema que nos permita publicar sin esfuerzo es incapaz de brindarnos perspectivas objetivas de la calidad literaria de nuestros textos y, por ende, es también incapaz de ayudarnos a alcanzar la fama.

*

Y todos estos son, por supuesto, caminos equivocados para el ascenso a la fama. Salvo casos excepcionales, la fama se consigue tras años de paciente esfuerzo, de escribir textos muy deficientes y encontrar en la lectura diaria y el ejercicio incansable las claves para corregir los defectos y construir una obra que merezca la atención de los lectores.

La fama es un objetivo legítimo. No hay por qué criticar a quien, pudiendo dedicarse a actividades más lucrativas, invierte su tiempo en giros y metáforas y espera, como compensación, algún reconocimiento por su obra. Pero no debe perderse de vista que la fama debe contar con un respaldo sólido en la calidad de lo que se escribe: las letras bien dispuestas, ese y no otro debe ser el objetivo final de un escritor.

(Este texto fue publicado el 23 de abril, con motivo del Día del Libro, en ArteLiteral, la revista que con tino y elegancia edita mi amigo Carlos Yusti desde los confines surorientales de Venezuela).

29/04/2010

Guardado en Siendo un escritor
Ya hay 11 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

Cuento necronómico

Ciertas patologías

Necronomicón es la revista de terror, fantasía y ciencia ficción que edita Jorge De Abreu. No es ninguna advenediza: sus orígenes se remontan a la versión impresa, que apareció en 1993, cuando la palabra “Internet” era apenas un rumor del que uno leía en PC Magazine y revistas similares.

Esta semana apareció el número 20, un especial con doce historias cortas de terror escritas por trece autores venezolanos —una de las historias fue escrita por dos autores. El tocayo me ha honrado publicando allí mi relato “Ciertas patologías”, que para mayor honra incluye la ilustración de William Trabacilo con la que encabezo este post. Y miren, además, cómo ha presentado Jorge mi pequeña historia:

En esta ocasión, Jorge nos ofrece la oportunidad de ver la probable génesis de un nuevo mito urbano. La zoantropía verdadera puede ser algo más que dolor y muerte… También cuentan los aspectos más elevados de la vida: la amistad, el amor y a veces también el sexo desenfrenado.

En esta edición estoy con Ermanno Fiorucci, Susana Sussmann, William A. Trabacilo —sí, el mismísimo ilustrador—, Juan Carlos Aguilar, Víctor Pineda, Ronald R. Delgado C, Vladimir Vásquez, Julio Nicolás Camacho, Luis González Pico, Siria Useche, Alejando Sosa y Gabriel Caicedo. A leer, pues.

17/03/2010

Guardado en Siendo un escritor
Ya hay 3 notas acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 

En una edición de La Mancha

“Cundinamarca” en La Mancha

La Mancha es una revista digital que desde las Hispanias impulsan Juan Carlos Méndez Guédez, su tocayo Juan Carlos Chirinos, Nicolás Melini y Ernesto Pérez Zúñiga. Publica de todo, pero principalmente narrativa. En sus páginas puede uno toparse con firmas como las de Alfredo Bryce Echenique, Fernando Iwasaki, José Balza o Ricardo Menéndez Salmón.

Allá fue a parar mi cuento “Cundinamarca”, que aparece flanqueado por textos de Ignacio del Valle, Anelio Rodríguez Concepción, José Luis Torres Vitolas, Méndez Guédez (con un excelente y enigmático y desgarrador relato) y Chirinos (con un juego extraño y risueño). “Cundinamarca” no se parece en nada a “Alarmas”, del que les hablé ayer, o quizás sí: vayan, lean y juzguen.

08/03/2010

Guardado en Siendo un escritor
Ya hay una nota acerca de esta nota. ¿Quieres agregar otra?
 
•  Siguientes »»