
A principios de 1998 recibí por correo electrónico una de las consultas más extrañas que me han formulado. Un señor de Caracas me preguntaba, de manera muy lacónica, cómo convertir a su hijo adolescente en un escritor famoso.
Quienes nos movemos en este medio solemos coincidir en que es incómodo que alguien nos pregunte cómo es posible convertirse en escritor. Existen decenas de fórmulas, pero todas fallan. Sabemos que el escritor es un tipo que siempre leyó mucho, pero al mismo tiempo vemos cómo gente que pasa su vida leyendo jamás escribe una línea publicable. Sabemos también que es preciso escribir en cada momento disponible, pero es frecuente toparse por ahí con manuscritos que, siendo inmensos en su longitud, lo son asimismo en la evidente dislexia de sus autores.
Así que la pregunta de este preocupado padre caraqueño involucraba una complicación. Ya es problemático decirle a alguien cómo convertirse en escritor; lo es aun más dar con la fórmula para que ese escritor sea, además, famoso. Por otro lado, pensaba en la difícil situación de aquel chico que quizás, a consecuencia de la decisión vocacional que su padre había tomado por él, se daba cabezazos con la censura paterna cada vez que se le ocurría jugar una partida de Doom, ir a discotecas o emprender lo que sea que formara parte de las actividades de un adolescente caraqueño a finales de los 90.
Por supuesto que recordé la certera recomendación de Somerset Maugham: “Déle 150 libras anuales por el lapso de cinco años y dígale que se vaya al demonio”. Todo lo que tenía que hacer era calcular la conversión monetaria y lanzarle la recta. Pero finalmente, preocupado porque tal respuesta podría inspirar más preguntas al atribulado buen hombre, y más diplomático que didáctico, le dije que no existía una vía definitiva para convertirse en un escritor famoso y le sugerí la lectura de algunos textos que sobre el aprendizaje del oficio acabábamos de publicar en Letralia. Acto seguido borré su carta y pasé a otra cosa.
Pero esa pregunta vuelve a mi cabeza cada cierto tiempo.
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La literatura es letras, escritores y lectores, pero también es un hecho social, algo que suele pasarse por alto pues se considera que todo hecho social es, por definición, un hecho superficial. Lo cierto es que no basta con escribir un libro que ganaría el premio Nobel, empezando por la obviedad de que hay que publicarlo. Es preciso entonces que una editorial se interese en él; que se arriesgue a publicarlo y distribuirlo. Pero antes quizás sea necesario que el autor tenga lo que comúnmente llamamos “un nombre”, pues es improbable que una editorial se interese en la obra de un desconocido.
El medio editorial tiene filtros naturales. Y tiene que ser así, pues si ya es abrumadora la cantidad de libros, legibles e ilegibles, que se publican, hay que imaginar cómo serían las cosas sin tales filtros. Pero algunos se dejan impresionar bastante por estos filtros. Los más afectados son los escritores jóvenes y los que por más esfuerzo no logran escribir algo que valga la pena. Unos y otros se quejan de la ausencia de oportunidades, cuando además de escribir sin freno deberían estar asistiendo a los saraos culturales y molestando a cuanto jefe de redacción se les ponga por delante.
Construir el “nombre” implica participar en concursos literarios, asistir a bautizos de libros y tertulias, hacerse asiduo de ciertos círculos, publicar textos en suplementos y revistas; sin contar con que previamente el afanoso constructor debería haber pasado toda su vida leyendo y puliendo su estilo. Además, dado que su materia prima será el lenguaje, no estaría mal que se ocupara un poco de hacer alguna reverencia a las normas ortográficas y gramaticales que más adelante, con la debida experiencia, se encargará de subvertir.
Cuando un escritor en ciernes se presenta ante un foro quejándose de la ausencia de oportunidades, no puedo evitar pensar que lo que está queriendo decir es que no se le permite ser famoso. Él quiere todos los privilegios que concede la fama: salir en la prensa, ser reconocido en los restaurantes, firmar autógrafos, tener increíbles experiencias sexuales. Él sueña con el día en que, cubierta la cara de maquillaje y entrecerrando los ojos por efecto de las luces, pueda decir ante las cámaras de un programa de televisión que la fama es algo molesto, y que añora aquella época en que era feliz e indocumentado.
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Dado que la literatura no es una carrera formal en la que, tras años de servicio o méritos profesionales, se pueda ascender hacia un rango definido, hemos adoptado ciertas convenciones basadas principalmente en calificaciones subjetivas sobre la relación entre el trabajo del sujeto, los beneficios que le produce y la incidencia que tiene sobre su entorno. Así, un escalafón de juguete, pero escalafón al fin, concede al menos la existencia de dos rangos: el escritor novel y el escritor consagrado. No hay una manera de definir con exactitud cuándo se deja de ser novel para acceder a esa categoría, la de consagrado, en la que se te rinde pleitesía y leen tus libros en la escuela. Un escritor en sus cuarenta, que haya publicado diez libros pero no goce de las mieles del éxito, ¿es novel o consagrado? Ya novel no será, pues se supone que lleva años haciendo lo que lo define como escritor. Pero tampoco es consagrado, porque nadie lo conoce.
Hay quien se acerca a los escritores consagrados como si la proximidad le permitiera agenciarse de una suerte de contagio de esa consagración. Se trata de una aplicación automedicada del viejo refrán: mira con quién andas y te diré quién eres. Como aquel Andrés de la canción de Rubén Blades, cuya familia estimulaba su pasantía como monaguillo del padre Antonio con la esperanza de que, acercando al chico a Dios, la gracia divina fuera distribuida a los otros diez miembros del clan. Anhelantes de fama, ciertos escritores esperan que, convirtiéndose en parte del clan de algún famoso que vaya a saber por qué razón conocen, la gracia divina los toque.
Conscientes quizás de lo difícil que les será alcanzar la fama, optan por divulgar cuán cerca han estado de ella. Esto es particularmente molesto cuando sobreviene la muerte de un escritor famoso. Los diarios se llenan entonces de reseñas que exaltan la memoria del occiso y, entre esas reseñas, agazapada en su patética minusvalía, se encuentra la del aspirante a famoso, que narra cómo una vez estrechó esa mano y transcribe alguna conversación ocasional, de la que el desprevenido lector inferirá cuánto le debe el autor fallecido, literariamente o no, al aspirante.
Esto, por supuesto, no se limita al tenebroso ámbito de los poetas muertos. Entre los vivos es común que se aproveche la fama del vecino incluyendo, en cuanta alocución se presenta, una mención a uno de esos contactos cercanos. El aspirante a famoso no pierde oportunidad para soltar la anécdota sobre el día en que conoció al famoso en una fiesta en la que, puede uno suponer, había otras setenta personas esperando para estrechar la misma mano. Estos son los que empiezan cualquier reseña con la expresión “Estaba yo con mi amigo el famoso escritor…”.
En inglés esta práctica es denominada namedropping: dejar caer nombres. Para que todos sepan cuán cerca estoy de la fama, dejo caer —jugando a ser humilde, modesto— los nombres de los famosos con los que suelo codearme. No es otra cosa que un engaño mediante el cual el aspirante pretende convencernos de que, por ósmosis, es propietario de una parte de la fama de aquellos a quienes ha tocado.
Con todo, este tipo de engaño no es tan grave. Algunos cándidos ni siquiera lo hacen de manera consciente, y por lo general el reconocimiento que consiguen por esta vía tarde o temprano se desvanecerá sin mayores consecuencias. De peor calaña son aquellos que falsean datos para convencer a sus semejantes de que están ascendiendo al pináculo de la fama tan rápido como la espuma. La práctica es común en los pueblos de provincia, donde de pronto un escritor reaparece tras semanas de viaje y cuenta a sus coterráneos las mil aventuras que vivió en alguna capital mientras era adorado por los dioses de la crítica. Quizás hasta disponga de un recorte de prensa o, si ha tenido verdadera suerte, un galardón de algún otro pueblo de provincia. Algunos son bastante arriesgados: falsifican entrevistas en medios reconocidos, se dicen ganadores de premios que jamás han existido y hasta envuelven a séquitos enteros de incautos en utópicos proyectos editoriales en los que sólo saldrá beneficiado el farsante que los promueve.
En estas imitaciones de la fama juega un papel preponderante el asunto de la imagen. Un escritor es alguien que escribe y tiene una personalidad; quienes no pueden escribir pero aspiran a la fama literaria asumen que ha de encarnarse la personalidad, ya que la literatura les es esquiva. Vestirse, hablar y sonreír como un escritor es, para ellos, más importante que ese requisito difícil, y muchas veces inalcanzable, que es escribir.
Es curioso cómo el estereotipo del escritor contemporáneo se dispara de uno a otro lado de la escala moral de acuerdo a la perspectiva del observador. Entre escritores priva la visión de que el escritor estereotípico es un personaje amoral, o inmoral —que para el caso viene a ser la misma cosa—, con acendrada afición por la bebida, insaciable sexualidad y, en fin, una personalidad difícil; tales características son atribuibles, supongo, a los patrones difundidos por el cine. Para otros —y en esta categoría encajan especialmente quienes no escriben ni leen—, el escritor es un ser pleno de castidad y virtud, es la reserva moral de la sociedad. Dependiendo del sector al cual pertenezca, nuestro aspirante asumirá la postura que crea más adecuada.
Todos estos son caminos dictados por la impaciencia. Quienes llevan la peor parte son quienes conforman el contingente de los honestos principiantes, escritores en ciernes que sólo desean ver sus nombres impresos en el menor tiempo posible y harán lo que sea para lograrlo. Son ellos quienes engrosan las arcas de editores fraudulentos que los enamoran con antologías cooperativas, concursos literarios que cobran aranceles de participación y otras estratagemas para libar y comer a costa de los impacientes. Alguien debería decirle a estos chicos que todo sistema que nos permita publicar sin esfuerzo es incapaz de brindarnos perspectivas objetivas de la calidad literaria de nuestros textos y, por ende, es también incapaz de ayudarnos a alcanzar la fama.
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Y todos estos son, por supuesto, caminos equivocados para el ascenso a la fama. Salvo casos excepcionales, la fama se consigue tras años de paciente esfuerzo, de escribir textos muy deficientes y encontrar en la lectura diaria y el ejercicio incansable las claves para corregir los defectos y construir una obra que merezca la atención de los lectores.
La fama es un objetivo legítimo. No hay por qué criticar a quien, pudiendo dedicarse a actividades más lucrativas, invierte su tiempo en giros y metáforas y espera, como compensación, algún reconocimiento por su obra. Pero no debe perderse de vista que la fama debe contar con un respaldo sólido en la calidad de lo que se escribe: las letras bien dispuestas, ese y no otro debe ser el objetivo final de un escritor.
(Este texto fue publicado el 23 de abril, con motivo del Día del Libro, en ArteLiteral, la revista que con tino y elegancia edita mi amigo Carlos Yusti desde los confines surorientales de Venezuela).