El cazapremios

Manuel TerrínEste es Manuel Terrín, quizás el hombre que ha ganado más concursos literarios en el mundo. Empezó en 1970 y hasta la fecha ha ganado 1.530 (no les extrañe que la cifra sea mayor al momento en que lean esto). Empezó como escritor autodidacta, “fijándose de los ejemplos” como Jorge Manrique, y es académico de la Real Vélez de Guevara de Écija y de la Real y Pontificia de Lérida. Terrín descree de la novela como género y afirma que es imposible vivir de los concursos.

Hay veces en las que sólo te dan un trofeo o un diploma. Las cuantías grandes son para los libros, pero ya no tengo ganas de escribirlos. Cuando lo hacía, llegué a ganar algún concurso de 50.000 pesetas.

El “cazapremios”, como alguien le ha llamado alguna vez, es sin embargo un perfecto desconocido. La fama parece no importarle; de hecho, a estas alturas es probable que lo único que le interese sea acumular suficientes premios para mantener su campeonato mundial por mucho tiempo. Es justamente esa dualidad de enconado ganador y enconado desconocido lo que en su momento llamó la atención al mismísimo Juan José Millás:

Manuel Terrín ha necesitado ganar mil premios para ser un autor insignificante. De hecho, la fama de la que goza estos días no se debe a su condición de escritor, sino a la de desconocido. Ese premio al que acaba usted de presentarse podría ser su tumba.


Alias

Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Fernando del Paso y Gabriel García Márquez

Ayer, Fernando del Paso pudo meterle el dedo a la llaga del litigio que desde hace dos años llevan la familia Rulfo y la organización de la Feria de Guadalajara por el nombre del reconocimiento que ayer fue entregado como Premio FIL de Literatura. Don Fernando, quien estuvo en la inauguración de la feria gracias a un permiso especial del hospital en el que se encontraba, no pudo desaprovechar la oportunidad para agradecer el premio del que es epónimo su amigo Juan Rulfo, “y que no venga a decirme un abogadillo que no puedo, porque ya lo hice”. Y al término de su discurso lanzó el remate:

A los ocho minutos de las doce horas del día de hoy sábado 24 de noviembre de 2007, declaro, en el uso de todas mis facultades mentales y delante testigos, cientos de ellos lo pueden atestiguar, declaro que acepto de buenísima gana el XVII Premio de Literatura Iberoamericana Juan Rulfo, alias II Premio FIL de Literatura, y asumo todas las consecuencias tanto legales y periodísticas como literarias y pecuniarias de esta declaración.

Por cierto que la foto de arriba es histórica. Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Fernando del Paso y Gabriel García Márquez, durante la entrega del premio. Mutis y García Márquez son dos de los grandes amigos colombianos del autor de Noticias del Imperio, y así lo recordó en su discurso, donde contó sobre un viaje que hicieron los tres a Veracruz. En un momento especialmente memorable, cuenta Del Paso, él se levantó, alzó su copa y dijo: “Señoras y señores, quiero comunicarles a todos ustedes que soy muy feliz”.


Deudas

Andes sobre las nubes

Llevo semanas pensando cómo pagar algunas deudas. A mi regreso de Ecuador me metí de lleno en la organización del primer Encuentro de Ensayo y Narrativa de la agrupación Pie de Página, que fue todo un éxito y el augurio de sucesivas ediciones aun mejores. Luego, casi de inmediato, me fui a Colombia para participar del Festival de la Palabra de Armenia, actividad en la que me acompañaron los venezolanos Marisela Gonzalo Febres y Eloi Yagüe Jarque, además de un importante contingente de escritores latinoamericanos.

Así que primero lo primero. Pago con creces mis deudas con ustedes. Arriba, la última foto de mi viaje a Ecuador: los Andes por encima de las nubes. Para los curiosos, todas las fotos del viaje están aquí. Salud a todos.


Los dos jorges y la solución al problema de la vida efímera de las revistas literarias

Jorge Dávila Vázquez y Jorge Gómez Jiménez 

El que sale en la (algo movida) foto a mi lado es mi tocayo Jorge Dávila Vázquez, a quien he conocido durante el encuentro Kipus. Se trata de uno de los escritores más reconocidos de Ecuador, de quien me llevo a Venezuela dos poemarios y una novela. El tocayo es un intelectual de los de mejor calado: los que tienen sentido del humor, que en el caso de Jorge tiene unas tonalidades negrísimas, y siempre muy acertadas. Además es un autor que no le hace asco a Internet, y alguien cuya amistad me honra.

Como es de suponer al ser éste un encuentro de editores de revistas literarias, se ha caído una y otra vez sobre el tema de la proverbialmente efímera vida de estas publicaciones. Es un rasgo que las caracteriza, tanto si salen de una imprenta como si son meramente digitales. Rodolfo Ortiz, editor de la revista boliviana La Mariposa Mundial, decía ayer en su hermosa ponencia que el equipo de aventureros que se lanza a la edición de una revista literaria tiene que considerar como un hecho cierto y cercano la muerte de la misma.

Pero Jorge había dado poco antes la solución definitiva a este problema: ya que la historia común de las revistas literarias pasa por un inicio entusiasta y, después de algunas ediciones, el advenimiento de un largo silencio mortuorio —generalmente sin posibilidad de resurrección—, había que publicar una única edición que en lugar del número 1 indicaría en la portada que se trataba del número 12. Según Jorge, el número en el que muere la mayoría de las revistas literarias es el 11, así que al empezar con el número 12 se evitaba pasar por el mal trago de la muerte. Con el tiempo y si ese único número de la publicación tenía éxito, los lectores, los estudiantes de literatura, los profesores y los críticos pasarían años rastreando la trayectoria de los autores involucrados, buscando en sus libros y en todo rastro público de ellos alguna señal, algún indicio de esos once números perdidos de la revista.

¿Y qué pasaría si alguien pregunta por qué la revista no circuló más allá del número 12? El avispado editor, responde el mismo Jorge, debería responder: “Para no llegar al 13, pues de todos es sabido que es un número fatídico”.

Hoy, por cierto, es nuevamente 14 de septiembre. 


En la Capilla del Hombre

La Capilla del Hombre, en Quito 

Este era uno de los sitios de Quito que más ilusión me hacía conocer, desde que recibí la invitación a participar en el encuentro Kipus. La Capilla del Hombre fue el gran proyecto con que concluyó su vida el gran artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. Es un enorme museo enclavado en una colina desde la que se ve la ciudad como desde el cielo.

Interior de la Capilla del Hombre 

En su interior, obras del artista enfocadas en la denuncia de todo lo que el hombre hace contra sus semejantes: guerras, racismo, indolencia e injusticias de toda índole. El arte de Guayasamín es rudo, áspero y comprometido, con sus rostros de facciones indígenas y sus dedos crispados de dolor. La capilla resume, en su estructura y en las obras que ofrece al visitante, el pensamiento del artista en torno a estos temas. El sitio, para decirlo en una palabra, abruma.

Mi visita a la Capilla del Hombre 


Entre el prócer y el kuraka

Bolívar, Gómez y Martínez 

El encuentro Kipus me ha dado la oportunidad de conocer a Domingo Martínez Castilla, kuraka editor de Ciberayllu. Claro que conocer es en este caso un verbo inexacto, pues Domingo y yo nos conocemos realmente hace más de diez años, cuando ambos nos estrenábamos en la publicación de nuestras revistas. En este encuentro de revistas literarias, somos los únicos representantes de un medio que aún deslumbra y produce dudas y preguntas a granel. Lo de kuraka lo explica él someramente en su ficha en Ciberayllu.

Ciberayllu fue una de las cinco revistas seleccionadas por los lectores de Letralia como las mejores del ámbito literario de habla hispana. Hablando de cosas divinas y humanas con Domingo encontramos a este prócer en los alrededores de la Universidad Andina Simón Bolívar, entre los edificios Manuela Sáenz y Mariscal Sucre. La universidad lo bajó de su proverbial caballo y lo sentó, con ropa de civil, en este banco donde cualquiera puede sentarse a conversar con él, oportunidad que no desaprovechamos.


Viaje al centro de la Tierra

Un pobre diablo en el centro de la Tierra 

Hoy empezó mi estadía de seís días en el centro de la Tierra. Vine invitado por la revista Kipus y la Universidad Andina Simón Bolívar para participar del encuentro “Kipus: el descubrimiento de las revistas andinas”, que será formalmente inaugurado mañana. Quito me recibió con unos benignos 18 grados que me hicieron prescindir de la ropa para climas fríos con que literalmente colmé la maleta, como puede verse en esta foto, a la entrada de un restaurante que he conocido esta tarde conducido por Martha Rodríguez, del equipo organizador, quien nos ha dado nuestro primer paseo quiteño, tras haber coordinado durante varias semanas las incidencias previas al viaje. Tarea para la casa: adivinar quién soy yo, quién el mono y quién el pobre diablo.

El encuentro promete jornadas interesantes. Mañana después del acto inaugural se abrirá una mesa de trabajo en la que participarán Raúl Vallejo, director de la revista anfitriona; Militza Angulo, de la revista Casa de Citas; Pablo Salgado, de Qapital, y Mario Botero, de Lingüística y Literatura.

Ya hoy he estrechado la mano de Domingo Martínez Castilla, editor de la revista Ciberayllu y mi amigo por toda una década, aunque nunca hasta hoy nos hubiéramos visto. Y mañana espero hacer lo propio con el escritor Augusto Rodríguez, editor de El Quirófano, revista que ya he tenido oportunidad de disfrutar, pues hace unos meses el correo puso en mis manos los primeros ejemplares.

Por mi parte, además de hablar de lo obvio, presentaré los primeros ejemplares recién horneados —la imprenta los entregó el viernes— de Pie de Página, una revista impresa que dirijo, cuento que les echaré en otro momento. 


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