García Márquez por los ojos

Es inevitable que, al traducirse un libro a otro lenguaje, el público compare la obra derivada con la original, y generalmente aquella sale perdiendo. La forma como una idea llega por primera vez hasta sus destinatarios suele ser determinante para que se afirme en ellos un concepto inamovible de lo que esa idea debe ser.
El párrafo anterior es algo que, palabras más, palabras menos, leeremos mucho por estos días. El estreno de El amor en los tiempos del cólera tiene alborotados a los lectores del Gabo y algunos han salido decepcionados, como Óscar Collazos, quien ha dicho nada menos:
La película no es mala; es, sencillamente, una versión intrascendental y plana de la más trascendental novela de García Márquez. Es intrascendental, incluso si el espectador se olvida de la novela y ve el filme como la historia de un amor contrariado que revive al final, en clave de ópera, 51 años después del primer estallido de pasión.
Cinéfilo al fin, esperaré a verla y seguramente entraré con entusiasmo al cine aunque me lleve mi tortazo. Incluso recordaré (y no me importará) que detesté las pocas adaptaciones que he visto de obras del Gabo: El coronel no tiene quien le escriba, La viuda de Montiel y la versión teatral que Rajatabla hizo, también, de El coronel, que hace todos los años del mundo vi y lamenté ver, creo que en el Teresa Carreño.
Me intriga, ahora, esta edición especial de Cien años de soledad que acaba de publicar en Cuba el sello Arte y Literatura, y en la que el artista Roberto Fabelo interpreta la historia de Macondo y le da imagen a sus personajes. Pocas ilustraciones del libro, aparte de la portada que acompaña este párrafo y alguna otra, se han colado hacia Internet, así que no nos queda de otra que esperar que alguien nos lleve a conocer el hielo.
El libro, que se vende por veinte pesos cubanos, contiene catorce pinturas de Fabelo, artista que ganó el Premio Nacional de Artes Plásticas de Cuba en 2004. Con las obras se armó una exposición que acompañó a la presentación del libro a finales de diciembre.
Les dejo como colofón un cuento que viene a cuento por el asunto aquel de las adaptaciones cinematográficas. Lo echa Gonzalo Fragui en su reciente y delicioso Poeterías:
Cuenta Bryce Echenique que un día hacía una fiesta en su casa de París. Uno de los invitados habituales era el escritor Juan Rulfo. Por su timidez, Rulfo siempre quería pasar inadvertido, pero no podía. Para colmo de males una funcionaria trepadora se le pegó esa noche como un chicle. Rulfo no sabía qué hacer para quitársela de encima. Consultó entonces a Bryce.
—A la próxima pregunta respóndale con una pesadez —fue la recomendación de Bryce.
Así hizo.
La señora se le acercó de nuevo y con cara de culta preguntó al maestro mexicano que si ya se había leído El capital, de Carlos Marx. Y ahí fue que llegó la oportunidad esperada por Rulfo.
—No, pero vi la película —fue la respuesta del escritor.
La señora no se le volvió a acercar durante toda la noche.

Sé que mucha gente estará de acuerdo conmigo si afirmo que las conversaciones más fumadas, más elevadas y que más nos hacen creernos unos genios, se tienen en la adolescencia. De esa época rescato siempre la tesis de un amigo —hoy anónimo a causa de los baches en mi memoria— de que la mejor ciencia ficción es la que le da prioridad al aspecto artístico por encima del técnico.
En los locos años 20, tres jóvenes artistas convergen en Madrid y fijan las bases tempranas del arte que conmoverá a Europa y al mundo en las décadas siguientes. Los unirá y los enfrentará, al mismo tiempo, una profunda amistad y… en el momento menos pensado hará acto de presencia el amor.
Buñuel fue el primero en llegar y rápidamente se hace notar. Lo cuenta Francisco Arias Solís
La película —que está aún en proceso de filmación— explota, pues, tan cinematográfico affaire. Demasiado tiempo había pasado sin que se le ocurriera a alguien. La verdad es que hace años se le había ocurrido a Philippa Goslett, guionista y coproductora, quien ya en 2001 contaba 



Ha pasado casi un año
Cuando 








