Gaby

Gaby

Hace unos cuatro años Gabriela Carolina, mi Gaby, se apareció en casa con la gran noticia: Papi, tengo novio. Tres palabritas, lo sabe todo aquel que tenga hijas, que bastaron para que la cara se me pusiera de un rojo intenso y las orejas se me incendiaran por dentro. Nos miramos durante unos segundos que transcurrieron vastos como una eternidad mítica, y al final sólo pude sonreír pues mis ojos vieron claramente en sus ojos una certeza: mi hija de dieciséis años estaba enamorada.

Ricardo resultó ser un muchacho cabal, serio y emprendedor al que no le costó mucho hacerse de mi confianza. Hablaba con el tono orgulloso del niño al que acaba de crecerle la voz, el mismo tono del niño que empieza a ser hombre sin saberlo. Gaby se iluminaba y lo iluminaba cuando estaban juntos e incluso cuando no. Ambos construyeron una relación sólida y feliz y rápidamente se convirtieron en el centro de un grupo de chicos que apenas estrenaban sus carnets universitarios.

Gaby y RicardoEl viernes 28 de mayo Ricardo y mi Gaviota murieron en un accidente de tránsito sin haber cumplido los veinte años. Lo escribo así, de un tirón, como obligan la tristeza y el dolor y la rabia, como obliga la ruda precisión de un hecho que no puede cambiarse ni atenuarse: un hecho irremediable.

Quedan conmigo, para animarme a seguir avanzando, mis otros dos hijos, Mariana y Jorge. Queda, también, el vivo recuerdo de mi Gaby, mi Gaviota, mi Gabinete, que supo afrontar su corta vida con una sonrisa enorme, saludable, y una actitud vigorosa que siempre la mantuvo alejada de la derrota. La misma actitud con la que apenas ayer venció el terror que le producía su primer día en el preescolar, cuando al ver a los demás niños cantando alrededor de la maestra, se secó las lágrimas y exclamó, sonriente: ¡Papi, pero si esto es como una fiesta!

Mi niña me deja con el recuerdo feliz de la última tarde que pasamos juntos, el jueves 27, unas horas antes de su partida. El cielo anunciaba lluvia y salimos al patio a hacer planes, pues es sabido que a los diecinueve años sólo se tienen planes. Hablamos de un viaje y de otras cosas para las que empezábamos a prepararnos. Nos abrazamos, yo miré el cielo gris y besé su frente. Su sonrisa se despidió de mí unos minutos más tarde.

Vaya para ti, mi Gaby, mi Gaviota, este tributo insuficiente a tu sonrisa, a tu alegría de siempre.

02/06/2010

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Truman Capote en Doctor Who

Toby Jones y Matt Smith en “Amy’s Choice”, capítulo 7 de la 5ª temporada de “Doctor Who”

Tengo la esperanza de que muchos de quienes llegan a estas páginas conozcan la serie británica Doctor Who. Pero si no la conocen, nunca es tarde para volverse fanáticos.

Primero lo primero. Doctor Who es una de las series televisivas de ciencia ficción más longevas y pintorescas que se han hecho jamás. Su andadura comenzó en 1963, lo que le ha ganado un lugar en el libro Guinness como la serie más antigua en su género. La serie es de la BBC y creo que en Venezuela nunca se transmitió, pero hace cinco años se inició una nueva etapa de la serie, después de un buen tiempo —más de tres lustros— de su cancelación, y la ubicua red permite desde entonces descargar los capítulos vía torrent.

La TardisEl protagonista no se llama Doctor Who, sino simplemente The Doctor. El nombre de la serie es, claro, una alusión a lo que le preguntan cuando se presenta. “Doctor who?”, inquieren los extrañados interlocutores. El Doctor es un Señor del Tiempo, un extraterrestre perteneciente a una raza legendaria cuya principal particularidad es, por supuesto, su facultad de desplazarse a través del tiempo usando para ello la Tardis, una nave que es más grande por dentro que por fuera, y que luce como una simple cabina policial de los años 50. Una nota del fino humor británico destila en las aventuras del Doctor que tienen lugar en la Tierra, y es que la mayoría de ellas ocurre en Londres (o en algún lugar del Reino Unido), a veces con alusiones expresas a que el cine de ciencia ficción hecho en Estados Unidos suele situar en Nueva York los encuentros con extraterrestres.

Pero el Doctor tiene otra particularidad: cada cierto tiempo, su cuerpo pasa por el equivalente de la muerte, que en el caso de los Señores del Tiempo no es otra cosa que una regeneración. Cada regeneración da paso a un Doctor con distinto aspecto físico, distintas manías, distintas reacciones ante las aventuras en las que se mete, pero sigue siendo el mismo Doctor, y ya tiene 907 años de edad. Con este truco, la BBC ha podido mantener la serie durante más de cuatro décadas, pasando el papel protagónico a un actor distinto cada vez que las circunstancias, o el desarrollo mismo de la serie, lo ameritan. Así, cada actor le da su propio sabor al personaje.

Hasta el momento el Doctor ha sido interpretado por once actores, tres de ellos en la nueva etapa inaugurada en 2005: Christopher Eccleston, David Tennant y Matt Smith. De ellos, Tennant parece ser el preferido por los fanáticos de la serie. Su “muerte” ocurrió hace poco, y su regeneración sirvió para pasarle el testigo a Matt Smith, un actor cuya apariencia le da mucha fuerza a la idea de que el tipo es un extraterrestre.

Todo ese texto introductorio es para invitarlos a ver Amy’s Choice, el más reciente episodio, emitido este sábado 15. Cada cierto tiempo, Doctor Who emite eso que en el argot de las series de televisión se suele llamar un capítulo autoconclusivo. Esto no es más que un capítulo que puedes disfrutar y entender sin necesidad de que hayas seguido toda la serie. Amy’s Choice es uno de estos capítulos, como lo fueron en 2007 otros dos de mucho éxito: Blink y el especial de navidad (cada año se emite uno de estos especiales) titulado Voyage of the Damned.

Amy’s Choice es un cuento que mete en un mismo saco los viajes en el tiempo, los sueños, la definición de realidad y la oscuridad implícita en un personaje que tiene más de novecientos años y ha destruido razas enteras. No les quiero contar mucho, les daré sólo lo básico: el Doctor y sus amigos, la pareja conformada por Amy Pond y su prometido Rory, son obligados por el Señor del Sueño a escoger entre dos realidades alternas, una de las cuales es un sueño. La “elección” que le da título al episodio tiene dos desventajas: la primera es que ambas realidades parecen ser la realidad real; la segunda, que el acto de escoger una de ambas realidades se hará efectivo sólo a través de la muerte de los tres en esa realidad. Si mueren en el sueño no pasa nada; si mueren en la realidad, bueno, se mueren.

El episodio tiene el valor agregado de que el villano de la ocasión, el Señor del Sueño, es nada menos que Toby Jones, el Truman Capote de esa deliciosa Infamous que tuvo la mala suerte de salir después de la Capote que protagonizara Philip Seymour Hoffman. Jones hace una actuación magnífica, su sola presencia da la idea de que es un malo muy malo, y eso sin alardes actorales ni risas malévolas ni lamerse el dedo meñique. Sólo estando allí y diciendo su parlamento. Y cuando al final se revela quién es realmente, el episodio se vuelve oscuro y uno sólo puede aplaudir.

Doctor WhoDoctor Who es una serie sobre viajes en el tiempo, pero es mucho más. Desde mi punto de vista es un redondo homenaje a la creatividad, toda una obra de arte en la que la ciencia ficción es sólo un pretexto para explorar los más diversos rincones de la fantasía. Hablar más de ella sería inútil si no la ven. Trust me, como dice Di Docta. Confíen en estas líneas y corran a verla. Si realmente necesitan más información, pueden empezar por la entrada de Doctor Who en Wikipedia, y a partir de allí escoger los caminos que más les parezcan. Y si no la necesitan, pues descarguen el episodio vía torrent y los subtítulos vía SubDivX. Después me cuentan. Sé que no los defraudará. Les dejo como guinda una imagen final:

Toby Jones y Matt Smith en “Amy’s Choice”, capítulo 7 de la 5ª temporada de “Doctor Who”

17/05/2010

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Quiero ser un escritor famoso

Quiero ser un escritor famoso

A principios de 1998 recibí por correo electrónico una de las consultas más extrañas que me han formulado. Un señor de Caracas me preguntaba, de manera muy lacónica, cómo convertir a su hijo adolescente en un escritor famoso.

Quienes nos movemos en este medio solemos coincidir en que es incómodo que alguien nos pregunte cómo es posible convertirse en escritor. Existen decenas de fórmulas, pero todas fallan. Sabemos que el escritor es un tipo que siempre leyó mucho, pero al mismo tiempo vemos cómo gente que pasa su vida leyendo jamás escribe una línea publicable. Sabemos también que es preciso escribir en cada momento disponible, pero es frecuente toparse por ahí con manuscritos que, siendo inmensos en su longitud, lo son asimismo en la evidente dislexia de sus autores.

Así que la pregunta de este preocupado padre caraqueño involucraba una complicación. Ya es problemático decirle a alguien cómo convertirse en escritor; lo es aun más dar con la fórmula para que ese escritor sea, además, famoso. Por otro lado, pensaba en la difícil situación de aquel chico que quizás, a consecuencia de la decisión vocacional que su padre había tomado por él, se daba cabezazos con la censura paterna cada vez que se le ocurría jugar una partida de Doom, ir a discotecas o emprender lo que sea que formara parte de las actividades de un adolescente caraqueño a finales de los 90.

Por supuesto que recordé la certera recomendación de Somerset Maugham: “Déle 150 libras anuales por el lapso de cinco años y dígale que se vaya al demonio”. Todo lo que tenía que hacer era calcular la conversión monetaria y lanzarle la recta. Pero finalmente, preocupado porque tal respuesta podría inspirar más preguntas al atribulado buen hombre, y más diplomático que didáctico, le dije que no existía una vía definitiva para convertirse en un escritor famoso y le sugerí la lectura de algunos textos que sobre el aprendizaje del oficio acabábamos de publicar en Letralia. Acto seguido borré su carta y pasé a otra cosa.

Pero esa pregunta vuelve a mi cabeza cada cierto tiempo.

*

La literatura es letras, escritores y lectores, pero también es un hecho social, algo que suele pasarse por alto pues se considera que todo hecho social es, por definición, un hecho superficial. Lo cierto es que no basta con escribir un libro que ganaría el premio Nobel, empezando por la obviedad de que hay que publicarlo. Es preciso entonces que una editorial se interese en él; que se arriesgue a publicarlo y distribuirlo. Pero antes quizás sea necesario que el autor tenga lo que comúnmente llamamos “un nombre”, pues es improbable que una editorial se interese en la obra de un desconocido.

El medio editorial tiene filtros naturales. Y tiene que ser así, pues si ya es abrumadora la cantidad de libros, legibles e ilegibles, que se publican, hay que imaginar cómo serían las cosas sin tales filtros. Pero algunos se dejan impresionar bastante por estos filtros. Los más afectados son los escritores jóvenes y los que por más esfuerzo no logran escribir algo que valga la pena. Unos y otros se quejan de la ausencia de oportunidades, cuando además de escribir sin freno deberían estar asistiendo a los saraos culturales y molestando a cuanto jefe de redacción se les ponga por delante.

Construir el “nombre” implica participar en concursos literarios, asistir a bautizos de libros y tertulias, hacerse asiduo de ciertos círculos, publicar textos en suplementos y revistas; sin contar con que previamente el afanoso constructor debería haber pasado toda su vida leyendo y puliendo su estilo. Además, dado que su materia prima será el lenguaje, no estaría mal que se ocupara un poco de hacer alguna reverencia a las normas ortográficas y gramaticales que más adelante, con la debida experiencia, se encargará de subvertir.

Cuando un escritor en ciernes se presenta ante un foro quejándose de la ausencia de oportunidades, no puedo evitar pensar que lo que está queriendo decir es que no se le permite ser famoso. Él quiere todos los privilegios que concede la fama: salir en la prensa, ser reconocido en los restaurantes, firmar autógrafos, tener increíbles experiencias sexuales. Él sueña con el día en que, cubierta la cara de maquillaje y entrecerrando los ojos por efecto de las luces, pueda decir ante las cámaras de un programa de televisión que la fama es algo molesto, y que añora aquella época en que era feliz e indocumentado.

*

Dado que la literatura no es una carrera formal en la que, tras años de servicio o méritos profesionales, se pueda ascender hacia un rango definido, hemos adoptado ciertas convenciones basadas principalmente en calificaciones subjetivas sobre la relación entre el trabajo del sujeto, los beneficios que le produce y la incidencia que tiene sobre su entorno. Así, un escalafón de juguete, pero escalafón al fin, concede al menos la existencia de dos rangos: el escritor novel y el escritor consagrado. No hay una manera de definir con exactitud cuándo se deja de ser novel para acceder a esa categoría, la de consagrado, en la que se te rinde pleitesía y leen tus libros en la escuela. Un escritor en sus cuarenta, que haya publicado diez libros pero no goce de las mieles del éxito, ¿es novel o consagrado? Ya novel no será, pues se supone que lleva años haciendo lo que lo define como escritor. Pero tampoco es consagrado, porque nadie lo conoce.

Hay quien se acerca a los escritores consagrados como si la proximidad le permitiera agenciarse de una suerte de contagio de esa consagración. Se trata de una aplicación automedicada del viejo refrán: mira con quién andas y te diré quién eres. Como aquel Andrés de la canción de Rubén Blades, cuya familia estimulaba su pasantía como monaguillo del padre Antonio con la esperanza de que, acercando al chico a Dios, la gracia divina fuera distribuida a los otros diez miembros del clan. Anhelantes de fama, ciertos escritores esperan que, convirtiéndose en parte del clan de algún famoso que vaya a saber por qué razón conocen, la gracia divina los toque.

Conscientes quizás de lo difícil que les será alcanzar la fama, optan por divulgar cuán cerca han estado de ella. Esto es particularmente molesto cuando sobreviene la muerte de un escritor famoso. Los diarios se llenan entonces de reseñas que exaltan la memoria del occiso y, entre esas reseñas, agazapada en su patética minusvalía, se encuentra la del aspirante a famoso, que narra cómo una vez estrechó esa mano y transcribe alguna conversación ocasional, de la que el desprevenido lector inferirá cuánto le debe el autor fallecido, literariamente o no, al aspirante.

Esto, por supuesto, no se limita al tenebroso ámbito de los poetas muertos. Entre los vivos es común que se aproveche la fama del vecino incluyendo, en cuanta alocución se presenta, una mención a uno de esos contactos cercanos. El aspirante a famoso no pierde oportunidad para soltar la anécdota sobre el día en que conoció al famoso en una fiesta en la que, puede uno suponer, había otras setenta personas esperando para estrechar la misma mano. Estos son los que empiezan cualquier reseña con la expresión “Estaba yo con mi amigo el famoso escritor…”.

En inglés esta práctica es denominada namedropping: dejar caer nombres. Para que todos sepan cuán cerca estoy de la fama, dejo caer —jugando a ser humilde, modesto— los nombres de los famosos con los que suelo codearme. No es otra cosa que un engaño mediante el cual el aspirante pretende convencernos de que, por ósmosis, es propietario de una parte de la fama de aquellos a quienes ha tocado.

Con todo, este tipo de engaño no es tan grave. Algunos cándidos ni siquiera lo hacen de manera consciente, y por lo general el reconocimiento que consiguen por esta vía tarde o temprano se desvanecerá sin mayores consecuencias. De peor calaña son aquellos que falsean datos para convencer a sus semejantes de que están ascendiendo al pináculo de la fama tan rápido como la espuma. La práctica es común en los pueblos de provincia, donde de pronto un escritor reaparece tras semanas de viaje y cuenta a sus coterráneos las mil aventuras que vivió en alguna capital mientras era adorado por los dioses de la crítica. Quizás hasta disponga de un recorte de prensa o, si ha tenido verdadera suerte, un galardón de algún otro pueblo de provincia. Algunos son bastante arriesgados: falsifican entrevistas en medios reconocidos, se dicen ganadores de premios que jamás han existido y hasta envuelven a séquitos enteros de incautos en utópicos proyectos editoriales en los que sólo saldrá beneficiado el farsante que los promueve.

En estas imitaciones de la fama juega un papel preponderante el asunto de la imagen. Un escritor es alguien que escribe y tiene una personalidad; quienes no pueden escribir pero aspiran a la fama literaria asumen que ha de encarnarse la personalidad, ya que la literatura les es esquiva. Vestirse, hablar y sonreír como un escritor es, para ellos, más importante que ese requisito difícil, y muchas veces inalcanzable, que es escribir.

Es curioso cómo el estereotipo del escritor contemporáneo se dispara de uno a otro lado de la escala moral de acuerdo a la perspectiva del observador. Entre escritores priva la visión de que el escritor estereotípico es un personaje amoral, o inmoral —que para el caso viene a ser la misma cosa—, con acendrada afición por la bebida, insaciable sexualidad y, en fin, una personalidad difícil; tales características son atribuibles, supongo, a los patrones difundidos por el cine. Para otros —y en esta categoría encajan especialmente quienes no escriben ni leen—, el escritor es un ser pleno de castidad y virtud, es la reserva moral de la sociedad. Dependiendo del sector al cual pertenezca, nuestro aspirante asumirá la postura que crea más adecuada.

Todos estos son caminos dictados por la impaciencia. Quienes llevan la peor parte son quienes conforman el contingente de los honestos principiantes, escritores en ciernes que sólo desean ver sus nombres impresos en el menor tiempo posible y harán lo que sea para lograrlo. Son ellos quienes engrosan las arcas de editores fraudulentos que los enamoran con antologías cooperativas, concursos literarios que cobran aranceles de participación y otras estratagemas para libar y comer a costa de los impacientes. Alguien debería decirle a estos chicos que todo sistema que nos permita publicar sin esfuerzo es incapaz de brindarnos perspectivas objetivas de la calidad literaria de nuestros textos y, por ende, es también incapaz de ayudarnos a alcanzar la fama.

*

Y todos estos son, por supuesto, caminos equivocados para el ascenso a la fama. Salvo casos excepcionales, la fama se consigue tras años de paciente esfuerzo, de escribir textos muy deficientes y encontrar en la lectura diaria y el ejercicio incansable las claves para corregir los defectos y construir una obra que merezca la atención de los lectores.

La fama es un objetivo legítimo. No hay por qué criticar a quien, pudiendo dedicarse a actividades más lucrativas, invierte su tiempo en giros y metáforas y espera, como compensación, algún reconocimiento por su obra. Pero no debe perderse de vista que la fama debe contar con un respaldo sólido en la calidad de lo que se escribe: las letras bien dispuestas, ese y no otro debe ser el objetivo final de un escritor.

(Este texto fue publicado el 23 de abril, con motivo del Día del Libro, en ArteLiteral, la revista que con tino y elegancia edita mi amigo Carlos Yusti desde los confines surorientales de Venezuela).

29/04/2010

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Fahrenheit 451 y el retrofuturo de Ray Bradbury

“Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, ilustrada por Tim Hamilton

El País publicó hoy este adelanto de la versión gráfica de Fahrenheit 451 realizada por Tim Hamilton y con introducción del mismísimo Ray Bradbury, quien califica de “rejuvenecimiento” el trabajo hecho por el reconocido ilustrador y aprovecha para invitar al lector a hacer de “sobrecubierta” de algún buen libro:

Me gustaría sugerir que todo aquel o aquella que lea esta introducción se tome un tiempo para escoger el libro que más le gustaría memorizar y proteger de cualquier censor o “bombero”. Y no sólo escogerlo, sino dar las razones de por qué querría memorizarlo y de cuál es el valor por el que debería recitarse y recordarse en el futuro.

No vale responder Fahrenheit 451.

La adaptación luce muy bien en las escasas seis páginas que contiene el PDF. Además parece que Bradbury —quien ya ha visto varias de sus obras traducidas a otros lenguajes artísticos— se sintió complacido con el trabajo de Hamilton, o por lo menos así lo cuenta él en esta entrevista del blog NYC Graphic:

“Entiendo que su salud no es la mejor”, dice Tim del autor. “Está en una silla de ruedas, pero su mente aún está allí, y tiene gente que le ayuda con proyectos como éste. Pero él me aprobó como artista, y aprobó también mis bocetos, el guión y los dibujos… No objetó casi nada. Lo único que pidió fue que la novela gráfica no pareciera el futuro de 2009. Quería que fuera el futuro de la década de los 50. Siento que se trata de una fábula que puede narrarse en cualquier época y estuve de acuerdo en que no pareciera algún futuro lejano. Tiene el perro robot, que es un elemento muy futurista, pero aparte de eso parece una época no identificable”.

Por cierto, no sé qué piensen ustedes, pero a mí no me gustó nada la versión cinematográfica de este libro, realizada en 1966 por François Truffaut. Me pareció plana y artificiosa, la sentí desprovista de ese aire socarronamente macabro que tiene la novela. Casi medio siglo después parece que volverán a intentarlo y el director que afronta el proyecto —cuyo estreno está anunciado para 2012— es Frank Darabont, un tipo que ha sabido hacer buena llave con Stephen King y ya ha realizado, en líneas generales con buenos resultados, varias de sus historias. La más reciente fue The Mist, que originó todo tipo de reacciones, pero también tiene en sus alforjas The Shawshank Redemption y The Green Mile, en mi opinión dos filmes enormes.

Aunque se ha tropezado con unas cuantas dificultades, Darabont sigue empeñado en hacer su Fahrenheit. Esperemos que tanto esfuerzo derive en una versión fílmica de estatura acorde al libro en el que se basa.

12/04/2010

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Los escritores de Venezuela son muy pillos

Con mal pie ha arrancado el Premio Municipal Stefania Mosca, con el que se supone que se honra la memoria de quien fuera una de las autoras más destacadas de Venezuela. Organizado por la Alcaldía del Municipio Libertador —el mayor de los cinco en que se divide la ciudad de Caracas—, el neonato galardón fue presentado ayer en la sede de Fundarte por el presidente de esta institución, Freddy Ñáñez, y el presidente del jurado, Enrique Hernández D’Jesús.

Digo con mal pie por la pata metida por Hernández. La nota de Últimas Noticias lo cuenta así:

El jurado de esta edición del concurso será presidido por el escritor Enrique Hernández D’Jesús. El resto de los integrantes, sin embargo, no se dio a conocer en la rueda de prensa ofrecida aer en la sede de Fundarte, porque “no podemos decir cuántas personas van a estar en el jurado, porque los escritores son muy pillos en el país. Si se divulgan los nombres van a querer comprarlos”, comentó Hernández.

Uno puede inferir cualquier cosa de esta declaración. Por ejemplo, que en Venezuela abundan escritores pillos como los que aprovechan cargos en el Ministerio de la Cultura u otras instancias para publicar los desafueros que nadie les publicaría fuera de sus fueros. O que en Venezuela el ejercicio de la literatura es tan productivo que los escritores están en la capacidad económica de comprar un jurado —supongo que en este rubro aplican sólo los escritores enchufados al gobierno. Incluso, podría uno inferir algún mensaje subliminal de parte del presidente del jurado al ser el único juez visible. En el imperio de la desconfianza la única manera de acertar es pensar lo peor.

Como no tengo acceso al sitio de pago del diario, aquí les dejo la nota escaneada. Nótese, en el último párrafo, el toque de sensato sarcasmo con que cierra el periodista:

Stefania Mosca

10/04/2010

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Cuento necronómico

Ciertas patologías

Necronomicón es la revista de terror, fantasía y ciencia ficción que edita Jorge De Abreu. No es ninguna advenediza: sus orígenes se remontan a la versión impresa, que apareció en 1993, cuando la palabra “Internet” era apenas un rumor del que uno leía en PC Magazine y revistas similares.

Esta semana apareció el número 20, un especial con doce historias cortas de terror escritas por trece autores venezolanos —una de las historias fue escrita por dos autores. El tocayo me ha honrado publicando allí mi relato “Ciertas patologías”, que para mayor honra incluye la ilustración de William Trabacilo con la que encabezo este post. Y miren, además, cómo ha presentado Jorge mi pequeña historia:

En esta ocasión, Jorge nos ofrece la oportunidad de ver la probable génesis de un nuevo mito urbano. La zoantropía verdadera puede ser algo más que dolor y muerte… También cuentan los aspectos más elevados de la vida: la amistad, el amor y a veces también el sexo desenfrenado.

En esta edición estoy con Ermanno Fiorucci, Susana Sussmann, William A. Trabacilo —sí, el mismísimo ilustrador—, Juan Carlos Aguilar, Víctor Pineda, Ronald R. Delgado C, Vladimir Vásquez, Julio Nicolás Camacho, Luis González Pico, Siria Useche, Alejando Sosa y Gabriel Caicedo. A leer, pues.

17/03/2010

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Borges contemplativo

“La contemplacion”, de Edgar Borges

Me cuenta Edgar Borges, desde España, que ya la semana que viene llega a las librerías su nueva novela, La contemplación. Conozco algunos aspectos de la novela que Edgar me ha comentado en los últimos meses, y hasta tuve el gusto de diseñarle la cubierta sobre un cuadro de Salvador Moreno Valencia. Aparte del reciente premio Albert Camus —que, en su primera edición, recayó sobre este libro—, la cosa viene con el respaldo gigantesco de unas palabras de Enrique Vila-Matas, un extracto de las cuales está en la contraportada.

La contemplación cuenta el viaje de alguien que pretende recuperar a su pareja sin antes enfrentar un problema pendiente con su cuerpo enemigo, con su existencia extranjera. Para tal intento, toma un tren con destino a la calle 11. En su viaje descubre transeúntes que se repiten, un mago que se burla, ciudades uniformes y una niebla que avanza. No le será fácil bajar del tren sin enfrentar su pasado, la simulación, la soledad arrebatada. La calle 11 podría ser sólo la dirección de su crisis interna. Ella podría ser él y viceversa.

La editorial que publica La contemplación es Grup Lobher, que, como recordarán, es la misma con la que Letralia coeditó a mediados del año pasado, en digital y papel, el relato ¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe?, de Edgar; Borges, digo; no el otro.

11/03/2010

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